Con su compañero inseparable, recorrió miles de kilómetros por Argentina e incluso atravesó las fronteras de Brasil y Paraguay.
Lo que comenzó como una inquietud por conectar con la naturaleza terminó convirtiéndose en un viaje transformador. Con su bicicleta cargada y su perro como compañero inseparable, Martín decidió lanzarse a recorrer el país, sumando kilómetros, historias y aprendizajes en cada destino.
Nacido en Cutral Co y amante de los deportes, Martín Chandia decidió estudiar el Profesorado de Educación Física en Cipolletti. Sin embargo, durante la carrera hubo una experiencia que marcó un antes y un después en su vida.
En 2016, una materia le abrió los ojos a un mundo que hasta entonces no había imaginado. Se trataba de “Vida en la Naturaleza”, una asignatura en la que los alumnos viajaron a Villa Pehuenia para aprender sobre acampe y supervivencia al aire libre.
“Me abrió la cabeza. Yo siempre digo que fue clave; si no estudiaba eso, quizás nunca hubiera hecho lo que hago hoy”, confiesa Martín, convencido de que aquel primer acercamiento con la naturaleza fue el punto de partida de su espíritu aventurero.
Como parte de la experiencia de la materia, los estudiantes debían adquirir su propio equipamiento —carpa, bolsa de dormir y mochila—. A partir de esa preparación, Martín se propuso dar un paso más y animarse a su primer salida como mochilero.
Así fue que, en el verano siguiente, a comienzos de 2017, emprendió su primera aventura hacia la Ruta de los Siete Lagos, uniendo San Martín de los Andes con Villa La Angostura solo con su mochila al hombro. Fue una experiencia bisagra.
“En esa ruta es muy frecuente cruzarse con viajeros en bicicleta. Me llamó mucho la atención. Volví y me quedó esa imagen en la cabeza. Empecé a investigar de qué se trataba y descubrí un mundo gigante”, cuenta.
A partir de entonces comenzó a seguir a cicloviajeros, muchos de ellos europeos, que compartían sus recorridos y experiencias en redes sociales. “Me incentivaron mucho a meterme en ese mundo”, asegura. Sin saberlo, aquel sería el primer indicio de lo que años después se convertiría en su propio estilo de vida.
La idea terminó de tomar forma al año siguiente. Martín ya tenía una bicicleta y parte del equipo, así que decidió probar qué se sentía viajar pedaleando. En 2018 concretó su primer viaje en bici: partió desde Junín de los Andes rumbo a Pucón, en Chile, atravesando el paso Mamuil Malal. Fue su bautismo como cicloviajero y la experiencia superó todas sus expectativas.
Si viajar como mochilero le había resultado transformador, hacerlo en bicicleta lo fue aún más. La sensación de avanzar a su propio ritmo y de vincularse de otra manera con el paisaje terminó por conquistarlo. Desde entonces, cada verano se convirtió en una nueva oportunidad para salir a la ruta y lo que empezó como una prueba pronto se transformó en una pasión difícil de soltar.
Como todavía estaba cursando el profesorado, aprovechaba los recesos—el único momento del año en que disponía de tiempo suficiente— para lanzarse a la ruta. El resto del año se preparaba físicamente, investigaba caminos y planificaba posibles recorridos. Comenzó con trayectos cortos, sumando experiencia y confianza arriba de la bicicleta.
La cuarentena alteró sus planes. En 2020 dejó de cursar y, tras un período de incertidumbre, en 2021 empezó a proyectar algo distinto: un viaje más largo, con una meta concreta. Con la pandemia todavía reciente pero con las restricciones más flexibles, en agosto de ese año tomó la decisión.
El objetivo era llegar a las Cataratas del Iguazú, un destino que desde hacía tiempo figuraba en su lista de pendientes. Juntó algo de dinero, terminó de organizar el equipo y partió desde Cutral Co dispuesto a cruzar el país pedaleando.
Lo que comenzó con un punto fijo en el mapa terminó extendiéndose durante seis meses. Recorrió gran parte de la Argentina y, tras alcanzar su objetivo en el norte, emprendió el regreso hacia la Patagonia. Pasó nuevamente por su ciudad y continuó rumbo a El Bolsón y el Parque Nacional Los Alerces, dando por finalizada la travesía.
Esa fue su primera salida larga y también el inicio del proyecto “Sueño en Cleta”, que nació como una forma de compartir el recorrido, sobre todo con su familia, amigos y otras personas interesadas en el cicloturismo. Lejos de un objetivo comercial, la cuenta funciona como una bitácora: siempre le gustó sacar fotos y registrar momentos, por eso en cada travesía fue sumando imágenes y algunos videos que retratan paisajes y escenas cotidianas de la ruta.
En promedio, Martín pedalea entre 60 y 80 kilómetros por día. Aunque suele fijarse un objetivo concreto, no siempre logra cumplirlo. Para él, lo importante no es la distancia sino avanzar y encontrar un lugar donde descansar. Cuando no llega a un pueblo o ciudad, arma la carpa en medio del campo y continúa al día siguiente.
La organización económica también forma parte del recorrido. Antes de salir junta algo de dinero y, durante el viaje, complementa vendiendo artesanías: pulseras de macramé hechas por él, llaveros y calcomanías. Lo suficiente para cubrir la comida diaria y algunos gastos básicos.
En el camino, descubrió que a pesar de viajar sin compañía, nunca se está completamente solo. La solidaridad aparece de distintas maneras: personas que ofrecen un lugar para dormir, una ducha, un plato de comida o simplemente una charla. Con los años fue construyendo amistades en distintos puntos del país, una red que también se convirtió en parte esencial de la experiencia.
Durante su primer viaje largo, Martín tenía a su fiel amigo esperándolo en casa: Moro, su perro, a quien vio nacer y crecer durante 13 años. Mientras él pedaleaba rumbo a Iguazú, su compañero de cuatro patas se quedaba en Cutral Co, al cuidado de su mamá.
En esos meses le enviaban fotos que lo conmovían y Moro permanecía esperando su regreso todos los días en la ventana o junto a la puerta. Cuando volvió, se dio cuenta de lo triste que estaba. La escena fue suficiente para tomar una decisión que cambiaría sus próximos viajes: si iba a seguir recorriendo el país, no lo volvería a dejar atrás.
El proceso de adaptación fue gradual, comenzó a sacarlo a pasear por la ciudad en un canasto para que se acostumbrara. Luego llegaron los trayectos cortos y, finalmente, la ruta compartida.
Viajar con Moro implicó replantear todo: los tiempos, las distancias y hasta los destinos, ya que no en todos los lugares aceptan mascotas. Hay más paradas, más cuidados y otro ritmo. Pero también, asegura, una compañía que transforma la experiencia. Con el tiempo aprendieron a adaptarse mutuamente y el viaje se volvió de los dos.
En el último recorrido —el más largo que realizó, durante gran parte del año pasado— decidió llevarlo también por una razón impostergable: su edad. Martín sabe que no puede anticipar cuánto tiempo más lo acompañará y, por eso, eligió compartir con él cada kilómetro y cada momento posible junto a su amigo peludo.
En 2023, Martín decidió retomar la universidad en San Luis y se propuso que cuando terminara, saldría a hacer un viaje por todo el país. Se recibió en diciembre y en enero ya estaba pedaleando junto a Moro.
Primero decidió recorrer su propia provincia. Atravesó Neuquén desde Villa La Angostura hasta la laguna Varvarco, en el extremo norte, donde la cordillera marca el límite con Mendoza y Chile. Volvió a Cutral Co a mediados de febrero, descansó un mes y en marzo salió otra vez, esta vez sin fecha clara de regreso y con el norte argentino como meta.
El recorrido lo llevó por Río Negro, La Pampa, Mendoza, San Luis y Córdoba. Pero en Altas Cumbres, a mediados de mayo, el frío le cambió los planes. “No la estaba pasando mal, pero tampoco la estaba disfrutando”, cuenta. Entonces giró el manubrio hacia el este en busca de temperaturas más amables.
Santa Fe fue la puerta de entrada al litoral. Después vinieron Chaco, Corrientes y Misiones. Allí apareció una espina que tenía clavada desde 2021: cruzar a Brasil. En su viaje anterior no se había animado por las restricciones y la incertidumbre de la pandemia. Esta vez decidió probar.
No hablaba portugués, pero se hacía entender. Cruzó Río Grande do Sul hasta llegar al mar y desde allí comenzó a subir por la costa hasta Camboriú. Cuando sintió que, si seguía no volvía más, decidió emprender el regreso. “Brasil es enorme”, dice entre risas.
Pero todavía le faltaba cumplir el objetivo inicial: el norte argentino. Desde Foz do Iguaçu, en la triple frontera, eligió no bajar por Misiones para no desviarse demasiado al sur. En cambio, atravesó Paraguay y volvió a entrar a Argentina por Formosa.
Desde allí encaró hacia Salta y Jujuy. Tilcara fue el punto más al norte que alcanzó. Recién entonces, con el mapa casi completo bajo sus ruedas, empezó a descender: Catamarca, Tucumán, La Rioja y finalmente San Luis. Finalmente, pudo llegar a su ciudad natal en diciembre, justo a tiempo para brindar en las fiestas con su familia.
Hoy, a sus 36 años, Martín decidió establecerse nuevamente en Cutral Co y ejercer su profesión como profesor de Educación Física. Después de un año entero en movimiento, reconoce que volver a la rutina no es sencillo. “Cuando te acostumbrás a estar viajando, si estás mucho en un lugar te dan ganas de irte”, admite. La vida nómade se volvió parte de su día a día en los últimos años, y adaptarse otra vez a la ciudad representa un desafío tan grande como cualquiera de sus travesías.
Sin embargo, no piensa abandonar la bicicleta. El proyecto Sueño en Cleta continúa, aunque con otra forma. Ya cumplió el objetivo del viaje largo, ese que lo llevó a salir desde su ciudad y regresar después de cruzar provincias y fronteras. Ahora quiere hacer recorridos más cortos: elegir una provincia y explorarla en profundidad.
Entre sus nuevos planes aparece una idea que lo entusiasma especialmente: formar un grupo de cicloviajeros en Cutral Co. Primero, salir a rodar por la zona; después, proyectar travesías compartidas para que más personas puedan vivir la experiencia. “Hay mucha gente que lo ve como algo lindo, pero no se anima”, explica. Su intención es acompañar, enseñar y mostrarle al resto las posibilidades del turismo en bicicleta.
Si algo le dejaron estos años sobre ruedas es la certeza de que la bicicleta es mucho más que un medio de transporte. “En la bici encontré muchas de las cosas que me gustan: hacer actividad física, estar en movimiento y conectar con la naturaleza con todos los sentidos”, dice. Escuchar las aves, sentir el viento en la cara, percibir los aromas del campo o el silencio de la ruta son experiencias que —asegura— no se viven igual desde un auto.
Después de miles de kilómetros, fronteras cruzadas y mapas recorridos, Martín volvió a casa. Pero el viaje no terminó: simplemente cambió de ritmo.