Tras dos décadas de liderazgo en la calle Laínez y un récord de 9.000 clientes, "Mi ser íntimo" dice adiós. La fundadora repasa su historia, desde Entre Ríos hasta la Patagonia.
Nació en San Salvador, Entre Ríos, un pueblo que con el correr de los años se ganó el mote de la Capital del Arroz. Sin embargo, Mirtha Susana Cazachcoff prácticamente no guarda registros de su ciudad natal: su padre decidió tomar nuevos rumbos para instalar su propio comercio en Buenos Aires. Corría la década del 50 cuando aquel negocio familiar se convirtió tanto en su hogar de crianza como en su primer contacto con el pulso del trabajo.
Hoy, a sus 71 años, Mirtha recuerda pedazos de cada capítulo de su vida con la nitidez del presente. Y en ese viaje memorioso, Neuquén ocupa un lugar gigante. En estas tierras patagónicas, a donde arribó en 2005, logró una proeza comercial: montar y liderar el primer gran negocio de venta de lencería al por mayor de la zona, "Mi ser íntimo".
"Solo había uno muy chico", rememora sobre aquellos inicios. Las puertas abrieron en 2005 sobre la calle Laínez, un punto estratégico que se transformó en un desfile constante de miles de neuquinas. Por allí pasaron 9.000 clientes, incluidos comerciantes que viajaban desde distintos rincones de la provincia para abastecerse. "Se me caían las lágrimas", confiesa al recordarlo.
Pero la realidad actual es otra, bien distinta y dolorosa. La crisis económica hizo estragos y aquel templo del comercio mayorista, que supo vivir épocas de abundancia, se prepara para bajar la persiana definitivamente.
Desde el inicio de este mes, "Mi ser íntimo" comenzó a decir adiós a la clásica esquina de Laínez y Alcorta. Sobre su fachada, carteles directos anuncian el final de una era: “Liquidación por cierre”.
Mirtha es la menor de cuatro hermanos y tenía solo seis meses cuando su familia se radicó en Buenos Aires. “Mi papá puso un tipo de supermercado que en esa época no se usaba. A los cuatro años ya estaba trabajando”, cuenta.
“Mi papá salía a repartir mercadería a locales chiquititos. Estoy hablando de los años 50, cuando había calles de piedra y barro. Nos quedábamos solas con mi madre en el negocio: ella me cantaba los precios y yo los registraba”, agrega.
Luego comenzó el camino de cualquier joven: hizo el primario y el secundario. “Cuando todos se iban de vacaciones, yo me iba a trabajar a los negocios de San Miguel”. Sin embargo, una vez finalizado el ciclo medio, ingresó a trabajar en Siemens, el grupo de empresas alemán que opera en el país desde hace más de un siglo.
“Gracias a Dios fue una de las mejores cosas que me pasó en la vida. Trabajaba en la parte comercial de todas las centrales telefónicas del país; me encargaba de hacer las refinanciaciones a empresas. Estuve 16 años en Siemens, en la calle Bolívar 177, a metros de la Casa de Gobierno”, detalla.
Mirtha también supo tener una casa de comidas: “Cocinaba yo, me gustaba mucho”. Después cambió de rubro para dedicarse al transporte escolar: “Tenía una casa quinta en Tortuguitas. En esa zona había muchos chicos que no sabían cómo llegar al colegio, y así comencé”.
A los 21 años, "La Rusa" —como la llaman cariñosamente en su círculo íntimo— tuvo a su primera hija, Natalia. Producto de su segundo matrimonio nació su varón. “Fueron dos mandatos”, dice entre risas, y bromea: “Ella va a cumplir 50 y yo 71, aunque me siento muy bien. Mi hijo tiene 32”.
Mirtha confiesa que llegó a Neuquén por amor, pero no a una pareja, sino a su hija. La pareja de Natalia trabajaba en Prefectura y fue trasladada a esta ciudad. En uno de sus viajes de visita, al verla entusiasmada, le aconsejó que alquilara su casa en Buenos Aires y probara suerte en el sur.
“Llegué en febrero de 2005. Al principio me costó; el entrerriano es muy dado, pero el neuquino es como el clima: al principio hay un poco de desconfianza. Después lo entendí. Cuando actuás bien de corazón, la gente se da cuenta”, explica.
La entrerriana asegura que estaba sin trabajo cuando comenzó a vivir su nueva vida en Neuquén, pero apostando a lo grande logró convencer a un excompañero de Siemens para dar vida a su proyecto: “Me prestó el dinero y pude devolverle hasta el último centavo”.
La edificación de Laínez 328 sería el nuevo punto de partida. “Cumplí los 50 años acá y necesitaba hacer algo. Siempre fui una persona activa y, mirando un poco el mercado, dije: ‘Acá hace falta un mayorista de ropa interior’”.
“Había un local chico, pero no le dejaba ganancia a las revendedoras. Me fui a Buenos Aires y comencé a traer directo de fábrica: empecé con Marcela Koury y Loris. Después vinieron Sigry, Natubel... llegué a tener 28 marcas. Con el tiempo, los proveedores me llamaban porque cumplía con los pagos, y yo cuidaba a mis clientas: no le vendía directo de fábrica a otra persona de la misma zona”, detalla.
Mirtha recuerda emocionada el día de la inauguración: “Llegué media hora antes y ya había cola afuera. Dos meses antes había hecho mucha publicidad en los diarios. Fue una emoción enorme. De ahí en más, nunca me faltó gente”.
Cazachkoff y su hija atendían al público en los inicios, pero la demanda creció y el negocio requirió más personal. “Llegué a tener seis empleadas fijas, y me quedé con tres hasta hoy. A veces viene a dar una mano mi nieta de 23 años, más ahora con la liquidación”, señala.
Una de las que sigue firme en el mostrador es Soledad, quien la acompaña desde hace 15 años.
La dueña de Mi ser íntimo sostiene que la apertura de su local permitió que muchas mujeres generaran sus propios ingresos y se animaran a salir a la calle a vender puerta a puerta.
“Viste que Dios atiende en Buenos Aires, bueno... acá la venta por internet todavía no había explotado. Las amas de casa se dieron cuenta de que podían comprar linda mercadería a buen precio y revenderla”, afirma. El entusiasmo hizo que la cartera de clientes escalara hasta los 9.000: “Llegaba a recibir camiones con decenas de cajas de Lody o Cocot & Dufour. Tenía el depósito explotado”.
En el mundo textil, cada década marca tendencia. Para Mirtha, la lencería no fue solo un producto de venta, sino un espacio de complicidad entre mujeres.
“No era solo comercio, era ese diálogo sobre para qué querés la ropa interior: para todos los días, para un momento íntimo o para sentirte más seductora y cómoda. Y después, obvio, al marido o a la pareja siempre hay que comprarle un calzoncillo”, acota risueña.
Sobre la evolución de las prendas, recuerda el furor de la tanga y el colaless a fines de los 80 en las bikinis, una tendencia que luego se trasladó con fuerza a la lencería diaria. "Los dos modelos se siguen vendiendo muy bien; para muchas mujeres son sinónimo de comodidad".
Ante la irrupción del comercio electrónico y los pagos digitales a principios de los 2000, Mirtha asegura que su modelo no se vio alterado. Las neuquinas preferían ir al local.
“Muchas tenían miedo de las estafas o de comprar algo online y no poder cambiarlo. Acá sabían que si una prenda no andaba, se cambiaba. Solo usábamos WhatsApp para los pedidos porque nunca encontré a alguien que me instale un sistema de carrito de compras que funcionara bien para nuestra operatoria, y cuando me lo ofrecieron, ya era tarde”, repasa.
En la esquina de Laínez y Alcorta, por las mañanas sigue siendo una postal habitual ver fila para ingresar al local en busca de una última oportunidad.
“Vienen clientas de hace años y me preguntan por qué cierro. A todo el mundo le digo que me jubilo”, confiesa. Sin embargo, detrás de la sonrisa hay bronca acumulada: “Son 20 años, pero ni en pandemia estuvimos tan mal. La caída se profundizó en esta gestión de gobierno. Durante la pandemia podía pagarles a mis seis empleadas y cumplir con todo. Después, la estocada final la dio la obra de la Avenida Mosconi. No pasa nadie por la vereda, nos mató a todos los comerciantes de la zona. No puedo seguir poniendo plata de mi bolsillo”.
“Ya estoy grande, pasé por varias, como la crisis de 1976 con Martínez de Hoz. La industria textil viene cayendo hace un año y medio. Los fabricantes mismos me mandan mensajes diciéndome que prefieren que sus prendas las tenga yo antes de que queden encerradas en un galpón”, añade.
El próximo 12 de octubre, La Rusa celebrará sus 71 años con un desbordante caudal de energía. En estas últimas horas, sigue atendiendo el mostrador con el mismo ímpetu del primer día. Su próximo paso será regresar a Buenos Aires, donde transcurrió gran parte de su vida.
“Mi vida continuará con la venta de mi casa y mi camioneta. Es iniciar una nueva vida a estrenar”, asegura.
“A mí Neuquén me dio todo en lo comercial. Vine sin trabajo, sin nada, y levanté este negocio. Esto no me hubiera pasado en Buenos Aires. Neuquén me dio mi casa, mi auto, viajes y paisajes hermosos”, agradece a modo de despedida.
“Descansaré un poco hasta tener nuevas ideas. Solo Dios sabe qué va a pasar por mi mente, que siempre está abierta a todo”, concluye Mirtha Cazachcoff, la mujer que el próximo 31 de agosto bajará las persianas de un pedazo grande de la historia comercial del Bajo neuquino.