Empezaron con una máquina de coser prestada: hoy llevan sus accesorios sustentables a todo el país y el mundo
Desde San Martín de los Andes, el proyecto gana terreno con una propuesta que busca generar conciencia sobre el consumo responsable y el cuidado del ambiente.
En la cordillera neuquina, una máquina de coser que estaba a punto de terminar en la basura se cruzó con una necesidad y, entre creatividad e ingenio, dio lugar a una primera idea. Así, algo que comenzó como una solución improvisada para un viaje terminó convirtiéndose en un emprendimiento sustentable.
Detrás de esta iniciativa están Ermes Recabal y Mercedes Calderón, una pareja de San Martín de los Andes que hace aproximadamente cinco años comenzó a experimentar con una antigua máquina de coser que pertenecía a la abuela de Mercedes. Sin conocimientos previos en costura, se animaron a probar y crearon sus primeros productos para uso personal.
La iniciativa surgió a partir de una idea concreta: ambos se iban de viaje de mochileros a El Bolsón y necesitaban una riñonera. Aquella primera creación fue el comienzo de un camino que escaló hasta transformarse en una forma de vida y de trabajo.
Los inicios del emprendimiento
Con la primera experiencia de la riñonera en marcha, el proyecto se encontró con otra de las pasiones de la pareja: la escalada. La actividad, muy presente en la zona cordillerana, les permitió detectar una necesidad concreta entre quienes la practican.
En aquel momento, conseguir determinados accesorios no era sencillo en San Martín de los Andes. Algunas opciones implicaban encargarlos o incluso viajar hasta Chile para conseguirlos. Frente a ese escenario, comenzaron a fabricar sus propias magnesieras, unas pequeñas bolsas que los escaladores llevan en la cintura o sujetas al arnés para guardar el magnesio que utilizan durante la actividad.
Con el paso del tiempo, la propuesta fue creciendo y sumando nuevas alternativas. Hoy, además de aquellos productos que marcaron los primeros pasos de Zig Zag, el emprendimiento ofrece una variedad de accesorios como gorras, gorros, bolsos y otros artículos pensados para acompañar distintas actividades y estilos de vida.
Sustentabilidad como forma de vida
Antes de Zig Zag, el compromiso con el cuidado del ambiente ya formaba parte de la vida cotidiana de sus creadores. En su casa separaban residuos, hacían compost y buscaban reducir el consumo de plástico a través de distintas decisiones.
Esa filosofía también la aplican en el taller. Al comenzar a trabajar con textiles, Mercedes y Ermes se encontraron con una problemática que los llevó a mirar hacia los propios placares y preguntarse qué sucedía con todas aquellas prendas que quedaban olvidadas y ya no se utilizaban.
A partir de esa reflexión, comenzaron a incorporar textiles reutilizados como materia prima de los accesorios que producían. Así, una prenda que ya había cumplido su función original podía transformarse en un nuevo objeto y volver a circular, en lugar de terminar descartada. “Queríamos mostrar que se puede ofrecer un producto de calidad a partir de materiales en desuso”, explicó Mercedes.
Esa misma lógica se traslada a la manera en que organizan la producción. En lugar de fabricar grandes cantidades para luego buscar dónde venderlas, trabajan de acuerdo con la demanda y producen a medida que los pedidos van surgiendo, evitando generar un excedente innecesario.
“No producimos mucho, producimos a medida que van saliendo para no generar tampoco una problemática de la cual nosotros estamos levantando la bandera”, señaló Ermes.
Apostar por algo propio
El crecimiento de Zig Zag fue progresivo y fue tomando cada vez más fuerza hasta convertirse en la principal fuente de trabajo de sus creadores. Sin embargo, el camino para apostar por el proyecto no fue igual para ambos.
Mientras Ermes decidió dejar rápidamente su trabajo fijo para dedicarse de lleno a Zig Zag, Mercedes necesitó más tiempo para animarse a dar el mismo paso. La incertidumbre económica y las responsabilidades que implicaba apostar todo a un proyecto propio hicieron que, al principio, mantuviera su empleo mientras evaluaba cómo evolucionaba la propuesta.
Afortunadamente, el emprendimiento logró consolidarse y ambos pudieron dedicarse de lleno a él. Actualmente, además de sus fundadores, el equipo de trabajo está integrado por Ángeles, Victoria y Melina, quienes participan de las distintas tareas que hacen posible el funcionamiento cotidiano de la marca.
A la par de este crecimiento, también comenzaron a abrir las puertas del taller a personas interesadas en profundizar sus conocimientos de costura. A través de ciclos de voluntariado, quienes ya cuentan con una base pueden conocer desde adentro cómo funciona el espacio, trabajar con moldes y distintas máquinas y aprender a identificar qué materiales tienen las características necesarias para poder ser reutilizados.
Para Mercedes y Ermes, esa posibilidad representa también una manera de compartir los conocimientos que fueron adquiriendo y contribuir a que otras personas puedan continuar replicando una forma de producción más consciente. “Esa persona que está aprendiendo bajo lo que nosotros fuimos formando, el día de mañana quizás hace lo mismo que nosotros y está haciendo también un bien común para la sociedad”, confió Ermes.
La red que hace crecer Zig Zag
La comercialización de los productos se realiza principalmente a través de internet y las redes sociales, aunque el boca a boca ocupa un lugar central en el crecimiento de la marca. En lugar de apostar fuertemente por la publicidad o por campañas con influencers, Zig Zag fue encontrando otras formas de llegar a nuevos públicos.
Una de ellas es a través de aquellos a quienes Mercedes y Ermes reconocen como embajadores de la marca: personas que conocieron el proyecto, se sintieron identificadas con su filosofía y decidieron llevar sus productos a otros lugares. Algunos comenzaron a hacerlo de manera espontánea, incorporando los artículos de Zig Zag a los espacios donde ya desarrollaban sus propias actividades vinculadas al movimiento, la naturaleza y la vida al aire libre.
Uno de esos casos es el de una mujer de Neuquén que, además de dedicarse a actividades como el trekking, las caminatas y el pilates, comenzó a promover los accesorios de la marca entre las personas que participaban de sus propuestas. Poco a poco, esa red se fue ampliando y hoy Zig Zag cuenta con embajadores y revendedores en distintos puntos del país y también en el exterior.
La marca llegó así a lugares como Neuquén, Bariloche, Junín de los Andes, Córdoba, Buenos Aires y distintas ciudades de otros países, entre ellas España, Austria y Chile.
Para sus creadores, esta forma de expansión también representa una manera de crecer sin perder de vista los valores que dieron origen al proyecto. Cada persona que se suma a la red no solo acerca los productos a nuevos lugares, sino que también comparte, desde su propio espacio, una mirada vinculada al cuidado del ambiente y a una forma de consumo sustentable.
Cuidado ambiental fuera del taller
Hace aproximadamente dos años Zig Zag amplió su mirada y llevó su compromiso ambiental más allá de los productos que fabrican a través de jornadas de limpieza en espacios naturales, convocando a voluntarios que quisieran sumarse.
La primera experiencia se realizó en el Mirador Arrayán, en San Martín de los Andes. Esperaban que fueran pocas personas, pero finalmente se encontraron con un grupo de entre 15 y 18 voluntarios. A partir de aquella jornada comenzaron a darle forma a una propuesta que fue creciendo con cada encuentro.
Las convocatorias llegaron a reunir entre 20 y 30 personas y también se crearon grupos de WhatsApp en distintas ciudades para continuar organizando acciones. En San Martín de los Andes, la comunidad llegó a reunir alrededor de 100 integrantes, mientras que en Bariloche se formó un grupo de unas 80 personas.
La idea es que las acciones puedan continuar incluso sin la presencia de los fundadores de Zig Zag. Por eso, quienes participan pueden proponer nuevos lugares para limpiar, convocar a otros vecinos y organizar encuentros por su cuenta. “Nosotros tiramos la primera piedra formando los grupos. Ellos hacen la tarea solos”, aseguró Ermes.
A medida que la propuesta fue creciendo, las limpiezas también incorporaron nuevas actividades. Profesores de yoga se sumaron para realizar ejercicios de movilidad y entrada en calor antes de comenzar, mientras que distintos comercios comenzaron a aportar premios para los voluntarios.
Así, cada encuentro terminó convirtiéndose en una experiencia colectiva que combina el cuidado del ambiente, la actividad al aire libre y la posibilidad de generar nuevos vínculos. Las jornadas duran aproximadamente dos horas y, aunque los espacios vuelven a acumular residuos, aseguran que el cambio es notorio.
Un proyecto que busca dejar una huella
Cinco años después de aquel primer prototipo, Mercedes y Ermes reconocen que nunca imaginaron hasta dónde podía llegar Zig Zag. Lo que comenzó como una necesidad personal se terminó convirtiendo en una fuente de trabajo y una comunidad que comparte una misma mirada sobre el cuidado del ambiente.
“Nosotros somos vecinos comunes y corrientes de San Martín de los Andes que nos gusta muchísimo la naturaleza y vivimos y tratamos de hacer algo con respecto al cuidado del medio ambiente”, resumen.
Mientras continúan desarrollando nuevos productos, recuperando materiales, compartiendo sus conocimientos y convocando a más personas a participar de las acciones ambientales, Zig Zag se enfoca en dejar una huella que vaya más allá de cada objeto que sale de su taller: demostrar que otras formas de producir, consumir y relacionarse con el ambiente también son posibles cuando las pequeñas decisiones se convierten en acciones colectivas.
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