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La Mañana violencia de género

Escapó de la violencia al norte neuquino: ahora volvió y montó una singular peluquería

Hace diez años Roxana encontró un nuevo comienzo. De regreso en la región, impulsa proyectos culturales y promueve redes de contención para mujeres.

Diez años atrás, cuando Roxana se fue de Neuquén junto a su hija de apenas tres años rumbo al norte de la provincia, dejó atrás su casa, su familia, sus amistades y todo lo que conocía. Huyó con poco equipaje, llena de incertidumbre, pero con la certeza de que ni ella ni su hija podían seguir viviendo en la violencia.

Hoy, con 48 años, Roxana Sandoval mira hacia atrás convencida de que aquella decisión de dejar Neuquén le salvó la vida. Es difícil definirla, incluso para ella misma. A lo largo de los años se reinventó una y otra vez, impulsada por la necesidad, la inquietud y la convicción de que es posible volver a empezar. Gestora cultural, narradora, recreóloga, peluquera y activista, encontró en el arte no solo un refugio personal, sino también una herramienta para transformar comunidades.

Tras pasar casi ocho años en el norte neuquino, en 2023 decidió volver. Lo hizo para seguir impulsando proyectos culturales y acciones de prevención y concientización sobre las violencias, esta vez nuevamente cerca de su familia.

Huir para sobrevivir

Durante años, Roxana fue víctima de la violencia de género ejercida por el padre de su hija. Como ocurre en muchas historias similares, el miedo, el aislamiento y la desesperación fueron creciendo con el tiempo, hasta que entendió que quedarse ya no solo ponía en riesgo su vida, sino también la de su hija.

Antes de marcharse vivía en China Muerta. Allí se sumaba otro problema: las constantes disputas por los terrenos, una situación que, según explica, era habitual en la zona. El predio donde vivía tampoco escapaba a esa realidad. Entre los intentos de usurpación, las amenazas y la violencia que atravesaba, sintió que era hora de irse.

La oportunidad apareció en Huinganco, donde le ofrecieron desarrollar un proyecto en la biblioteca del pueblo. Sin conocer a nadie y con una hija pequeña, decidió aceptar el desafío. "Me fui con dos meses de alquiler y dos meses de trabajo y, a partir de ahí, tenía que ver qué hacía", recuerda. Lo que en principio iba a ser una estadía breve se extendió durante casi ocho años.

Los primeros meses no fueron sencillos. Durante el primer año vivió prácticamente escondida y solo su madre sabía dónde estaba. Lejos de su familia y de sus amistades, también tuvo que adaptarse a una comunidad pequeña, donde al principio sintió el peso de los prejuicios por ser una mujer que criaba sola a su hija.

Con el tiempo, esa realidad cambió por completo. "La gente me empezó a adoptar a mí y a mi hija", recuerda. Aquella comunidad que al principio le resultaba ajena terminó convirtiéndose en su hogar.

El arte como refugio

Así, Huinganco dejó de ser únicamente el lugar donde había encontrado refugio para convertirse en el sitio donde reconstruyó su vida. A través del arte comenzó a tejer nuevos vínculos y a desarrollar proyectos que, con los años, la llevarían a recorrer prácticamente todo el norte neuquino.

Primero llegaron los talleres de teatro, títeres y recreación. Después, el trabajo con personas con discapacidad y las propuestas culturales en escuelas e instituciones de localidades como Las Ovejas, Andacollo, Manzano Amargo y otros pueblos de la región. Poco a poco, esos talleres dejaron de ser solo un trabajo y se convirtieron en una manera de recorrer el norte neuquino, conocer sus comunidades y entender las enormes desigualdades que existían en el acceso a la cultura.

La pandemia obligó a frenar varios de esos proyectos, pero no sus ganas de seguir creando. Entonces encontró otra forma de mantener vivo ese movimiento: impulsó un canal cultural y programas de radio para difundir artistas, músicos y hacedores de la región, con el objetivo de darles visibilidad cuando los escenarios permanecían cerrados.

Para Roxana, el arte nunca fue solamente una profesión. "Fue mi salvación", resume y asegura que una función puede cambiarle el día —o incluso la vida— a una persona y que el acceso a la cultura también es un derecho.

El regreso a Neuquén

Hace aproximadamente tres años, Roxana sintió que era momento de volver. No estaba del todo preparada para dejar atrás la vida que había construido, pero la incertidumbre económica y las ganas de reencontrarse con la familia y los afectos que había dejado al irse fueron más fuertes. Así decidió regresar al Alto Valle.

El regreso no significó empezar desde cero, sino traer consigo todo lo aprendido. La experiencia de trabajar en comunidades pequeñas, gestionar proyectos culturales y construir redes de manera autogestiva se convirtió en la base de una nueva etapa, otra vez vinculada al arte y al trabajo comunitario.

De vuelta en la región, fue una de las impulsoras de la reactivación de la Feria del Mangrullo, en China Muerta. Allí promovió actividades culturales, muestras de arte, recitales y espacios de encuentro para emprendedores, vecinos y artistas, con la intención de que la feria fuera mucho más que un espacio de venta. Desde hace algunas semanas ya no forma parte del proyecto y hoy está enfocada en nuevos desafíos.

Uno de ellos es su peluquería a domicilio, "La Vichota Itinerante", una propuesta que busca ir mucho más allá de un corte de pelo. La iniciativa combina estética, bienestar y espacios de escucha entre mujeres, para que esos encuentros pueden convertirse en lugares de contención y acompañamiento.

Además, recientemente se incorporó como gestora cultural en la Casa Integral para Mujeres y Diversidades de Plottier. Allí trabaja en la organización de intervenciones artísticas y actividades comunitarias para visibilizar las violencias y generar espacios de reflexión y encuentro. Convencida de que el arte también puede denunciar y acompañar, busca que cada propuesta invite a la comunidad a involucrarse y no mirar hacia otro lado.

Contar para que otras puedan salir

No hay parte de esta historia que resulte sencilla de contar. Para Roxana, volver sobre aquellos años implica revivir momentos de profundo dolor, pero también reafirmar la importancia de seguir hablando de una realidad que muchas veces permanece en silencio.

Durante años atravesó todas las etapas del círculo de la violencia, incluso teniendo información, estudios y amigos que la apoyaban. El miedo, la vergüenza y el aislamiento hicieron que, poco a poco, dejara de contar lo que le estaba pasando. Por eso insiste en que salir de una situación así nunca depende únicamente de quien la atraviesa.

"Yo pude tomar las decisiones indicadas para salir del lugar en el que estaba, pero siempre es necesaria una comunidad, una red", sostiene. En ese sentido, invita a estar atentos a los cambios en las personas cercanas: cuando alguien deja de llamar, deja de compartir encuentros o empieza a aislarse. "Poder acompañar sin juicio y de manera incondicional es muy importante, porque eso es algo que nos puede salvar la vida a muchas", reflexiona.

"Todos los días agradezco estar viva. Mi hija y yo estamos vivas, estamos bien y tenemos una red de contención enorme y muy amorosa. Y eso también es un montón, porque no todas las personas la tienen", afirma.

Por eso, cuando habla de lo que vivió, no lo hace por ella, lo hace pensando en otras mujeres. "Es por las que no se animan, por las que están en esa situación y no pueden salir. Y, lamentablemente, por todas las que ya no están y no pueden hablar. Nosotras no tenemos su voz, pero tenemos la nuestra y podemos decir algo".

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