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El comercio del bajo que ve crecer a Neuquén hace más de 100 años y hoy propone un viaje en el tiempo

En Sarmiento 42 funciona uno de los comercios más antiguos que siguen abiertos en la ciudad. Por sus mostradores pasaron abuelos, hijos y nietos de neuquinos.

No hay largas filas de percheros repletos de ropa para que cada uno busque solo. En Tienda Eddi la ropa sigue cuidadosamente doblada sobre los estantes y son los vendedores quienes la acercan una por una, preguntan qué está buscando el cliente, sugieren un talle, recomiendan una tela o una combinación. Es una manera de vender que casi desapareció, pero que en este tradicional local de la calle Sarmiento continúa siendo parte de su identidad.

"Acá los recibimos con un abrazo o con un beso. Ya no son solamente clientes, muchos son amigos", resumió Sergio, el encargado que trabaja allí desde hace más de tres décadas. Contó que hay familias de Neuquén, El Chañar, Zapala, Chos Malal, Catriel y otras localidades que vuelven desde hace años. A algunos les manda un mensaje avisándoles que llegó el jean que estaban esperando. A otros simplemente les escribe para preguntar cómo están.

Esa forma de atender explica, quizá mejor que cualquier fecha, por qué Tienda Eddi sigue ocupando un lugar especial en la memoria de la ciudad. Porque por esa puerta no pasaron solamente compradores. Pasaron generaciones enteras de neuquinos que fueron vestidos por el mismo comercio: primero los abuelos, después sus hijos y hoy también los nietos.

Sergio ingresó a trabajar a Tienda Eddi con 15 años.

Sergio ingresó a trabajar a Tienda Eddi con 15 años.

Quien entra buscando un pulóver, un jean o una campera difícilmente imagine que está caminando por uno de los comercios más antiguos que permanecen abiertos en Neuquén. El movimiento cotidiano hace pensar en una tienda como tantas otras. Pero alcanza con levantar la vista o desviarse unos metros hacia un rincón del local para descubrir que allí el tiempo parece haberse detenido.

Una vieja caja registradora. El sombrero que usaba uno de sus dueños hace más de medio siglo. Fotografías de una ciudad irreconocible. El documento de identidad del abuelo de la familia. Una licencia comercial con el número 21. Objetos que no fueron colocados para decorar, sino para contar una historia que comenzó cuando Neuquén apenas empezaba a crecer.

Esa historia no tiene un acta de nacimiento precisa. Gabriel Cravchik, uno de los actuales responsables de la tienda ubicada en Sarmiento 42, lo aclaró desde el principio.

"No hay un registro formal del inicio. Lo que tenemos son testimonios familiares y cartas", contó a LM Neuquén.

Gabriel Cravchik, uno de los actuales dueños de Tienda Eddi, junto al encargado.

Gabriel Cravchik, uno de los actuales dueños de Tienda Eddi, junto al encargado.

Según esa reconstrucción, el primer capítulo comenzó alrededor de 1911, cuando su tío abuelo, Moisés Cravchik, llegó desde Polonia después de pasar por Buenos Aires y Bahía Blanca. En aquel Neuquén de calles de tierra abrió un comercio de ramos generales.

Pocos años después decidió radicarse en Zapala. Antes de irse vendió el negocio a un hombre llamado Jacobo Eddi. Y aunque décadas más tarde el comercio volvió a manos de la familia Cravchik, el nombre nunca cambió.

"Muchos creen que Eddi es nuestro apellido, pero no. Se llama así por la persona que le compró el negocio a mi tío abuelo cuando él se fue a Zapala", explicó Gabriel.

La historia dio otro giro varios años más tarde. Pedro Cravchik, abuelo de Gabriel, llegó desde Polonia en 1928. Primero trabajó junto a su tío en los comercios familiares que funcionaban en Zapala y luego se instaló en Neuquén.

Consiguió empleo en otra tienda de la ciudad hasta que, alrededor de 1936, Jacobo Eddi buscaba un encargado para el negocio de Sarmiento y lo convocó. Dos años más tarde decidió retirarse. Primero se asoció con Pedro y luego terminó vendiéndole el comercio.

"Mi abuelo terminó comprando el mismo comercio que originalmente había abierto su tío", resumió Gabriel. Desde entonces, la historia de la familia Cravchik quedó definitivamente ligada a la de Tienda Eddi.

El comerciante que nunca dejó el mostrador

Gabriel nunca llegó a conocer a su abuelo. Falleció con apenas 60 años, mucho antes de que él naciera. Sin embargo, creció escuchando historias sobre aquel hombre al que todos describían como un comerciante nato.

"A cualquiera que entrara le vendía cualquier cosa", contó entre risas, repitiendo una anécdota que escuchó durante toda su vida.

Esa pasión por el comercio, aseguró, la heredó su padre, Aldo Cravchik. Contador de profesión, profesor universitario y protagonista de distintos emprendimientos en la ciudad, jamás dejó que la tienda pasara a un segundo plano. Trabajó allí hasta la última semana de su vida. "Después quedó internado y a los cinco días falleció", recordó Gabriel.

Murió en marzo del año pasado, a los 82 años. Sus hijos habían intentado convencerlo de bajar un poco el ritmo, de delegar responsabilidades y comenzar a preparar el recambio. Nunca aceptó.

"Él quería que alguno de nosotros siguiera con el negocio, pero al mismo tiempo le costaba muchísimo cambiar su manera de hacer las cosas. Era muy personalista. Todo pasaba por él", contó.

Durante décadas fue quien decidió qué comprar, cómo vender, cómo atender y hasta cómo acomodar la mercadería. Para Gabriel, esa manera de trabajar tenía mucho que ver con la personalidad de su abuelo. "Los dos eran muy comerciantes", resumió.

Una herencia que ninguno esperaba

Hasta hace poco, ninguno de los tres hijos imaginaba que terminaría administrando el negocio familiar. Gabriel es licenciado en Computación. Esteban es ingeniero. Pablo vive desde hace años en Buenos Aires y desarrolla allí su carrera profesional.

En épocas de mucho movimiento ayudaban a atender clientes, reponer mercadería o incorporar mejoras tecnológicas. Pero el manejo cotidiano siempre quedaba en manos de Aldo. Su muerte cambió por completo ese esquema. "Ahora somos los tres", dijo Gabriel.

Cada uno encontró un rol diferente. Pablo ve a proveedores en Buenos Aires. Gabriel está al frente del funcionamiento diario del local. Entre los tres comenzaron una renovación que busca equilibrar dos objetivos: actualizar el negocio sin borrar su identidad.

"No queremos hacer una transformación de 180 grados. Queremos modernizar algunas cosas, pero sin perder la esencia", explicaron.

Por eso el local conserva esa imagen que muchos neuquinos recuerdan desde hace décadas: los estantes llenos de ropa prolijamente doblada, la atención personalizada y vendedores que conocen el stock casi de memoria.

En una época en la que gran parte de las compras de indumentaria pasan por internet o por grandes cadenas comerciales, Tienda Eddi sigue apostando por otro modelo.

"Acá preferimos mostrar la ropa", explicó el encargado. Los vendedores conocen los talles, las telas, las marcas y las combinaciones. No esperan que el cliente recorra solo el salón.

"Hay gente que busca justamente ese asesoramiento", afirmó. Ese modo de atender, aseguró, es una de las razones por las que todavía llegan familias enteras. Hay clientes que conocieron a su abuelo. Otros compraban con Aldo. Hoy vuelven acompañados por sus hijos o sus nietos.

Su hermano Pablo conserva imágenes de aquella Neuquén que también crecieron junto al negocio. Recordó cuando frente al local todavía había arena, mucho antes de que existiera el Parque Central. También las grandes nevadas de los años ochenta, cuando la gente armaba muñecos de nieve justo enfrente de la tienda.

Y recordó otra época, cuando los neuquinos hacían fila para entrar al local.

"Había estantes completos llenos de rollos de tela. Se vendía muchísimo por metro. También lanas, agujas para tejer. Todo eso prácticamente desapareció", contó.

Con el paso de los años el comercio fue cambiando, adaptándose a los hábitos de consumo. Hoy predominan las prendas de vestir, pero la esencia sigue siendo la misma.

Un encargado que también hizo historia

Si alguien puede hablar de la evolución de Tienda Eddi como si fuera parte de la familia, ese es Sergio. Llegó hace más de 30 años. Desde hace 15 es el encargado del negocio.

Habla del local con un sentido de pertenencia que emociona. "La amamos. Todos los que trabajamos acá sentimos este lugar como propio", aseguró.

Cuando recordó a Aldo no habló de un jefe. "Fue como un padre para mí. Siempre enseñándome", dijo. Todavía hoy muchos clientes entran preguntando por él.

Pero también siguen preguntando por quienes trabajan detrás del mostrador.

"Hay clientes de Catriel, Zapala, Chos Malal, El Chañar. A veces les mando un mensaje para avisarles que llegó un modelo nuevo de jean. O simplemente para preguntar cómo están", contó.

Para él, esa cercanía explicó buena parte de la vigencia del comercio. "No es necesario venderles siempre. A veces alcanza con saber cómo están", destacó.

Un rincón donde vive la memoria

Hace algunos meses, los hermanos decidieron crear un pequeño espacio dedicado a la historia del negocio.

No nació como un museo ni como una atracción para los clientes. Fue una manera de mantener presentes a quienes construyeron la tienda durante más de un siglo.

Allí descansan la vieja caja registradora, fotografías familiares, documentos, publicidades antiguas y la licencia comercial número 21, una de las primeras que tuvo la ciudad.

También está el sombrero del abuelo, su pasaje de regreso a Europa, el Documento Nacional de Identidad que utilizó al instalarse en Neuquén y un ejemplar de un diario del aniversario de la ciudad donde aparece una publicidad del negocio. Cada objeto cuenta una historia.

Las fotos muestran una Neuquén irreconocible, con calles de tierra y el puente carretero todavía en construcción. También aparecen empleados que dedicaron toda una vida al comercio y familias que hicieron de la tienda parte de su propia historia.

Mientras los clientes siguen entrando para buscar una campera, un pantalón o un regalo, ese rincón recuerda que detrás de cada prenda vendida hubo generaciones enteras sosteniendo el mismo mostrador.

Más de un siglo después de aquel pequeño negocio del que apenas quedan cartas y recuerdos familiares, Tienda Eddi sigue levantando la persiana cada mañana sobre la calle Sarmiento.

Ya no vende comida para caballos, ni telas por metro, ni lanas como en otras épocas. La ciudad tampoco se parece a aquella Neuquén de calles de tierra que conocieron los primeros Cravchik cuando llegaron desde Polonia.

Lo que permanece es algo mucho más difícil de conservar que un edificio o un nombre comercial: una manera de atender, de conocer a cada cliente por su nombre, de recibirlo con un abrazo y de tomarse el tiempo para mostrarle una prenda detrás del mostrador.

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