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Limpia casas, es corredora de maratones y ahora sueña con subir el volcán Lanín

Amalia Figueroa tiene 69 años y estuvo a punto de quedar en silla de ruedas. Ahora la vida de esta corredora transcurre entre su trabajo como empleada doméstica y entrenar para subir el volcán Lanín.

A los 69 años, Amalia Figueroa está cerca de concretar un sueño que, acaso, tuvo su origen cuando a los 30 una médica le advirtió que por la falta de calcio en los huesos la artrosis había comenzado a atacar sus rodillas y que si no hacía actividad física podía terminar en una silla de ruedas. Por estos días, junto a otras cuatro mujeres, intensifica su preparación para llegar a la cumbre del Volcán Lanín, a 3776 metros sobre el nivel del mar.

“Cuando tenía 30 años, sufría mucho dolor de rodillas, había aumentado de peso, pesaba 80 kilos, fui a consultar a una médica quien me dijo que si no trataba de adelgazar, si no hacía actividad física podía dejar de caminar y moverme solo en silla de ruedas”, cuenta la mujer en el comedor de su casa en el barrio Villa Ceferino.

Ese oscuro diagnóstico la hizo reaccionar y al día siguiente decidió ponerse en marcha para cambiar su presente. Salió de su casa bien temprano y se fue a caminar por la barda antes de ir a trabajar como empleada doméstica haciendo tareas de limpieza en una vivienda familiar. “Me fui a la barda a caminar, di una vuelta primero, me caía pero de inmediato me levantaba. Me decía: ‘Yo puedo. Tengo que salir”, recuerda la mujer nacida en El Maitén, provincia de Chubut.

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A los 30 años una médica me dijo que tenía artrosis en las rodillas y si no trataba de adelgazar, si no hacía actividad física podía dejar de caminar y moverme solo en silla de ruedas”, relata Amalia Figueroa. Foto: Omar Novoa.

Esa fuerza de voluntad, de enfrentar la adversidad y las ganas enormes de salir adelante se reflejan en los muebles de la vivienda que desborda de trofeos y medallas conseguidas en gran cantidad de corridas y maratones en las que participó en distintas localidades de Neuquén como así también en otras provincias. Porque Amalia, además de criar a sus tres hijos (Roberto, hoy con 48 años; Sandra, de 45, y Debora de 37), de ser abuela de 10 nietos, de cuidar niños y limpiar casas de familia, se convirtió en una destacada corredora de carreras de calle y de aventura.

“Me levantaba a las 5 de la mañana, me iba a caminar a la barda o a otros lugares de la ciudad, después hacía ejercicios sola mirando la televisión, me iba a trabajar a alguna casa de familia, y como se me fueron calmando los dolores en las rodillas comencé a ir a un gimnasio. Tenía como profesora a Daniela Carrasco que corría y un día le dije ‘En la próxima carrera invitame”, relata. La profe Carrasco tomó el pedido de su alumna y la convocó a una corrida que se realizó el 9 de julio de 2001. Su primera experiencia en una corrida fue con todo éxito porque consiguió llegar primera a la meta. “Desde ese momento no me paró nada y comencé a correr todos los fines de semana, a partir de todas las corridas provinciales, nacionales”, dice entre risas. Confiesa que la actividad física y la forma de alimentarse no solo le cambió su vida sino también la de los integrantes de su familia.

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Su primera experiencia en una corrida fue con éxito porque consiguió llegar primera a la meta. “Desde ese momento no me paró nada y me anoté en todas las carreras de calle y de montaña", cuenta Amalia que en diciembre cumplirá 70 años.

“Mi esposo e hijos me vieron mejor porque hubo un cambio en mi vida, ellos me habían visto mal y sufrían, y me apoyaron siempre”, asegura. Cuenta que cuando llegó a su casa con el primer trofeo ganado en una corrida, su hija más chica le preguntó: “Mamá, ¿de dónde te choreaste eso?”.

El apoyo de su marido, Hugo Eusebio, fue fundamental. Al mencionarlo recuerda que se conocieron en un baile en El Maitén donde se casaron y en el año 1980 llegaron a Neuquén buscando un futuro mejor, con sus pequeños hijos, Roberto de 3 años y Sandra de apenas tres meses. “Nos vinimos porque allá no teníamos trabajo. Hugo que era albañil consiguió buenos trabajos mientras yo salía a limpiar casas y a cuidar niños. Comenzamos alquilando en el barrio La Sirena y en 1982 nos vinimos para esta casa. Siempre trabajamos, a los nenes que eran chicos los dejábamos solitos, y así salimos adelante”. Sus ojos recorren los trofeos y medallas, y el recuerdo la retrotrae a aquellos domingos cuando llegaba de correr `y Hugo la esperaba con un delicioso asado. “Para mi marido, yo era su campeona, les contaba a todos que yo corría, me hacía propaganda por todos lados”, cuenta emocionada. Amalia perdió a su compañero hace más de cuatro años y a esa ausencia se le sumó después la de su hermana. Situaciones de la vida que la pusieron a prueba una vez más. “La pasé mal, quedarme sola y seguir adelante. Correr fue como mi cable a tierra, es mi forma de vida, aunque en tiempos de pandemia también la pasé mal, no podía salir a trabajar ni a correr, así que corría alrededor de la mesa de casa”, explica.

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Encuentro cumbre

El transcurrir de la vida de Amalia siempre tuvo como consigna superarse, como cuando sufrió una gran depresión después del nacimiento de su tercera hija. Así como de las corridas de calle pasó a las de montaña, ahora su objetivo es hacer cumbre en el Lanín. Hace seis meses comenzó un entrenamiento especial para lograrlo. “Salgo a caminar, a trotar, a correr unos 10 kilómetros, a veces 15, subo 20 veces la barda que está detrás del cementerio de El Progreso, voy a un gimnasio de la calle Combate de San Lorenzo que me queda cerca de casa y además sigo trabajando, limpiando casas”, describe su rutina diaria que también comparte con sus otras compañeras que se unieron para esta aventura. Pero esta vez para Amalia tiene un condimento especial porque buscará hacer cumbre junto a su hija Debora que es instructora de educación física. “Mi hija se sumó a esta actividad hace unos años y hemos compartido algunas corridas como trekking en Las Ovejas”, señala. El quinteto de mujeres que buscarán hacer cumbre se completa con Natalia Artezana, Claudia Vázquez y Cristina Ganem.

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“Salgo a caminar, a trotar, a correr unos 10 kilómetros, a veces 15, subo 20 veces la barda que está detrás del cementerio de El Progreso, voy a un gimnasio que me queda cerca de casa y además sigo trabajando, limpiando casas”, comenta sobre su rutina a pocos días de iniciar su travesía a la cumbre del Lanín. Foto: Omar Novoa.

“No hay excusa para buscar los sueños, así como yo salí de los problemas que tuve, se puede”, afirma esta mujer que agradece a la vida haberse cruzado con Cristina, una de las mujeres del grupo que ascenderá el Lanín.

Cristina Ganem es arquitecta y nadadora de aguas abiertas. Entre sus numerosos logros, el 13 de marzo de 2019 nado las gélidas aguas del estrecho de San Carlos y unió las islas Soledad y Gran Malvina como homenaje a los argentinos caídos en la Guerra de Malvinas. Posteriormente en junio de ese año, cruzó a nado el Canal de la Mancha durante 15 horas, convirtiéndose en la primera neuquina en realizar esa proeza. Lo hizo para recaudar fondos para la construcción de una pileta inclusiva en la provincia de Neuquén para uso prioritario en casos de discapacidad física y destinada a la rehabilitación

“A Cristina la conocí hace veinte años cuando hacía tareas de limpieza en una casa cercana a la suya. Me vio barriendo la vereda y me dijo que necesitaba alguien para las tareas de su casa. Ella estaba embarazada de su hijo. Acepté su propuesta y empecé a trabajar el 3 de marzo de 2003, antes del nacimiento de su hijo a quien prácticamente crié”, relata. “Cristina me contagió todo esto de la actividad física, sobre todo cuando dejé de correr un tiempo, ella me motivó a que vuelva a hacerlo. Ahora, yo corro y ella nada”, explica.

Amalia todavía sigue trabajando dos veces por semana en la casa de la arquitecta y nadadora de aguas abiertas con quien va a compartir esta aventura sobre la que tiene una sensación “de descubrir algo allá arriba” .

“Después de subir el Lanín no creo que me quede quieta”

El sueño de esta mujer de ascender a la cumbre del volcán Lanín comenzará el viernes 2 de febrero cuando junto a su hija Debora y sus otras tres compañeras lleguen a Junín de los Andes, donde se prepararán para emprender la travesía el domingo 4 a partir de las 3 de la madrugada.

Amalia está ilusionada con este objetivo que se propuso hace tiempo, quizás cuando de chica vivía en El Maitén, rodeada de montañas de altura mediana. Afirma que llegar a la cumbre no será su último sueño, que posiblemente vendrán otros, “quizás el Aconcagua, por qué no”, se ilusiona.

Siente el orgullo que tienen sus hijos y sus nietos por lo que hace esta luchadora incansable. Cuando las personas de su entorno y conocidos le preguntan hasta cuándo va a correr, ella responde: “hasta que me den las piernas, el día que no pueda correr más diré basta, hasta acá llegué. Ahora digo subo el Lanín y después no creo que me quede quieta, creo que tengo para seguir, no siento la edad”. La mujer que en diciembre cumplirá 70 años asegura que no los siente, “creo que me quedé en los 30”, dice con alegría por la ocurrencia.

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