Vecinas de Mariano Moreno fueron sorprendidas este domingo con una serenata itinerante por el Día de la Madre. Al son de trompetas, acordeón y guitarrón, el grupo Mariachi del Viento llevó música, flores y emoción a cada hogar.
No fue una serenata más. Fue un pueblo entero saliendo a la vereda a compartir la alegría ajena. Ese es el espíritu de Mariano Moreno, que en este octubre cumple 85 años de vida: lo bueno que le pasa a uno, les pasa a todos.
La noche anterior la banda había estado actuando en Aluminé. Sin dormir, antes del mediodía del domingo, se escaparon a Mariano Moreno, su casa. Porque Mariachi del Viento es eso: una banda integrada por jóvenes de Mariano Moreno y de Zapala que llevan la música mexicana con impronta neuquina. Su lema los define: “Música que toca el alma”.
Desde su debut el 17 de julio de 2025, han pasado por la Fiesta Nacional del Inmigrante y las Colectividades de Zapala, la FIC de Cutral Có y el Cine Teatro Amado Sapag y varios locales neuquinos y del vecino país de Chile; entre otros. Sin embargo, el escenario más importante fue este: la calle de tierra, la puerta de una casa, una mamá.
Carina Salvatierra, mamá y comerciante de calle Sarmiento, atraviesa una difícil situación de salud. Estaba junto a sus hijos y su pequeña nieta. Cuando sonaron las trompetas, la emoción no se pudo contener. Fue uno de los momentos más fuertes de la jornada.
Doña Elena Fuentes, la segunda mamá del corazón de medio pueblo. Activa integrante de la Colonia de Adultos Mayores de la municipalidad local, fue durante casi cuatro décadas la portera de la Escuela 135 y del CPEM 37. A muchos de estos chicos les sirvió la comida, les sirvió el té, los vio crecer. Hoy ellos volvieron con música para rendirle homenaje.
Mirta Mellado, mamá de Araceli, la voz femenina y la más nuevita del grupo. Su hija llegó tomada de su mano, junto a sus hermanas, para desplegar su arte por primera vez frente a ella. Un momento íntimo y poderoso.
Y Licia Piñero, hija de la histórica vecina Teresila Soazo, que por muchos años administró un conocido local comercial en el sector de la segunda plaza del pueblo. Mamá de Nicolás Vecino, la voz líder del grupo, y anfitriona del cierre más emotivo de la gira. Fue en su casa donde todo terminó: entre flores, lágrimas y el agradecimiento de una madre que ve a su hijo cumplir su sueño de llevar la música mexicana a cada rincón, pero que siempre vuelve a cantarle a ella, casi sin voz, destruido de la gira, pero entero de corazón.
Los músicos hablaron, y su paga no fue en aplausos, fue en lágrimas.
Nicolás Vecino, primera voz, guitarra y vihuela, líder del grupo, lo resumió así: “El premio más grande son las lágrimas y la emoción de la otra persona. Ahí nos damos cuenta que cumplimos. No es un regalo físico, es emocional y te dura para toda la vida. Mi mamá es mi Dios. Arrodillarme es brindarle mis respetos, como a una reina, como se lo merece”.
Facundo Ferreyra, coros, guitarrón y bajo, agregó: “Pasó de ser un hobby a ser un oficio. Gracias a Dios que nos dio este oficio. La paga son emociones. Hoy cada casa fue una emoción diferente”.
Nancy Mar Lagos, “La Jefa”, rítmica y percusión y manager, es la mamá del grupo. Toca junto a su hijo acordeonista: “No es lo mismo escuchar a los mariachis a que te traigan los mariachis a vos. Te sentís única. Decís: lo trajeron para mí. Y como mamá babosa, poder hacer música con mi hijo, no tiene precio”, admitió.
Araceli Espinoza, voz femenina, la novel integrante que le cantó a su propia madre: “Lo hacemos de corazón, dejamos muchas cosas de lado. Ver la cara de felicidad y las lágrimas nos llena más que un estadio ovacionándote. El sentimiento de mamá es lo más importante”, remarcó.
El final fue en lo de Licia. Después de recorrer el pueblo, el grupo entró a la casa de Licia Piñero.
Ella, entre lágrimas, lo dijo todo: “Lo mejor que me puede pasar es que venga mi hijo a darme una serenata. Sé lo que les cuesta, dejan su casa y su familia para agasajar a otras madres. Yo siempre le dije: andá y brindale a las demás madres, que yo te tengo todos los días. Él viene destruido, casi sin voz, y me canta igual. Es galán, sensible, y grita que me ama a los cuatro vientos”.
Nicolás terminó la canción, dejó la vihuela, y se arrodilló. “Gracias mamá”, le expresó con el corazón en la mano.
Fue el cierre perfecto a una jornada especial. Un regalo para cuatro madres, y en su nombre, para todas las madres de Mariano Moreno y de la vecina Zapala.