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Está camino a Plottier, antes de ingresar a la ciudad, y hace décadas existen hipótesis sobre su origen. Conocé la historia de la familia que construyó su propio castillo "a pulmón".
Quienes viajan por la Ruta 22 en dirección a Plottier lo saben. Antes de ingresar a la ciudad, cuando la barda empieza a dibujar el horizonte, aparece una torre. Rosada. Inesperada. Como salida de un cuento. Durante años, miles de neuquinos se hicieron la misma pregunta: ¿qué es ese castillo?
Algunos juraban que era un hotel alojamiento. Otros aseguraban que funcionaba como pelotero. También hubo quienes imaginaron un emprendimiento turístico fallido o la casa de algún excéntrico millonario. Lo cierto es que, detrás de esa torre que asoma entre los álamos, no hay misterio oscuro ni negocio secreto.
Hay una casa. Y una historia de amor y trabajo de más de cinco décadas. El castillo rosado de Plottier es el hogar de José Gómez y Liliana Di Fabio, una pareja que lleva más de 50 años juntos y que convirtió la necesidad en imaginación, y la crisis en creación.
Su fantástica historia no empieza con esa torre. Empieza con una calesita. Hace más de treinta años, en una de las tradicionales visitas de esta familia a San Martín de los Andes fue en una librería donde encontraron su destino.
Allí Liliana se topó con un libro que fue como una señal para lo que vendría después. "Arpegios de luz", se llamaba -en realidad se llama, aún lo tienen-. En su primer vistazo apareció un castillo, y con él la magia.
José era supervisor en la juguera Orfiva. Liliana quien había trabajado muchos años detrás de un mostrador se había quedado en la casa para criar a sus hijos. Pero esta pareja no descansa. Ella describe a su marido como un "hacedor", y aclara que significa una persona que no puede dejar de hacer.
Así que una vez de vuelta en Plottier José puso manos a la obra, compró un esqueleto de calesita y construyó cada uno de los atractivos de adentro. Instalaron la calesita para que todos los niños y niñas de Plottier la puedan disfrutar.
Con tambores, materiales reciclados y piezas de descarte empezó a armar una calesita para sus hijos. No era solo un juego. Incluso, su esposa, escribió un cuento para que los chicos no tuvieran miedo. La fantasía se volvió refugio.
La pareja ya tenía a sus cuatro hijos: Marcelo José, Mariela Alejandra, Andrea Roxana y Pablo Ángel. La chispa de la magia estaba en ellos y desde ahí comenzaron a construir su refugio: el castillo.
La estructura empezó a crecer ladrillo a ladrillo, con material quemado, retazos, restos industriales y mucha paciencia. Nada fue comprado como lujo. Todo fue recuperado, adaptado, transformado.
Lo que para otros era chatarra, para José era materia prima. Así nació el castillo que muchos vieron desde lejos, pero que pocos saben de qué se trata. La primera idea fue construir un cuadrado, pero al que luego se le agregó las torres en cada esquina.
Desde la ruta, el efecto es inmediato: el rosa contrasta con el marrón de la barda y el verde de los álamos. Es imposible no mirar. Es imposible no preguntarse.
Durante años, los rumores circularon por Plottier y Neuquén capital. Que funcionaba como hotel alojamiento. Que era un salón infantil. Que nadie vivía allí. Que estaba abandonado. Que era una excentricidad. Nada de eso. Es una casa familiar.
Una casa que creció con los hijos, que resistió robos -las puertas fueron reforzadas más de una vez- y que se adaptó a cada etapa de la vida. Desde afuera la puerta de hierro en la que hay un escudo y un sable despierta la imaginación para intentar descifrar lo que hay adentro.
Pero detrás de ese solemne ingreso solo hay una pequeña casa, común, con una mesa de algarrobo, la habitación de la pareja y las que de chicos, habrán compartido los hijos.
Recorrer el interior del castillo es entender que no se trata solo de arquitectura. José no puede dejar de crear. En uno de los espacios de la casa, guarda y exhibe una impresionante colección de autos en miniatura y vehículos construidos por él mismo. No son juguetes comunes. Son piezas trabajadas al detalle, con precisión artesanal, reconstrucciones minuciosas, homenajes a modelos históricos.
Hay un micro de Neuquén replicado con fidelidad. Hay autos clásicos, vehículos de exhibición, piezas únicas hechas desde cero. Cada uno tiene horas de trabajo, observación y paciencia.
Son autos que sus hijos usaron de juguetes cuando eran niños, que José construyó con sus propias manos y que durante la pandemia del coronavirus reparó y reacondicionó para sus nietos.
También a ellos les hizo bicicletas especiales, de cuatro ruedas, de dos. Trabaja horas en sus creaciones. Al igual que hace un tiempo ya que Liliana descubrió en la pintura su manera de expresión. Así que cada uno en su espacio del castillo le dedica horas a sus creaciones.
La creatividad no quedó en la torre. En el patio de su terreno construyó una pileta con forma de barco pirata que hace de muy buena compañía al castillo. Transformó restos industriales en esculturas. Levantó estructuras sin planos formales, guiado más por la intuición que por la academia.
“Yo hago lo que yo quiero”, suele decir. No como capricho, sino como declaración de independencia. La casa es su manifiesto. Liliana, el equilibrio.
Si José es impulso creativo, Liliana es sostén. Mientras él imaginaba torres, ella organizaba la vida cotidiana. Mientras él soldaba piezas o levantaba paredes, ella pensaba en la educación de los chicos, en la economía familiar, en sostener el hogar.
Su historia juntos comenzó cuando eran muy jóvenes. Y atravesaron todo: trabajo estable, crisis económica, despido, reinvención, crecimiento de los hijos y ahora la llegada de los nietos.
Tienen cinco nietos: Tomás, Matías, Francisco, Rosario y el bisnieto Valentino, que representa la cuarta generación que pisa ese castillo que nació casi como un juego. El castillo, en el fondo, también es eso: una construcción compartida.
Ya con el castillo en pie allá por la década del ´90 a José lo echaron de la juguera en la que trabajó más de veinte años. Pero aunque al principio eso fue un sacudón familiar, con el correr de los días fue una oportunidad para que él desarrolle todo su esplendor como "hacedor".
De a poco desarrolló su propio taller de chapa y pintura, arregló autos y también contenedores para la industria petrolera. Salieron adelante siempre con su energía inagotable que los caracteriza.
En los años más duros, cuando el desempleo obligó a reinventarse, la familia decidió enfocarse en el estudio y el trabajo. Cada hijo tomó su camino. Crecieron, formaron sus propias familias y hoy vuelven al castillo como adultos, con hijos propios.
Lo que nació como refugio terminó siendo identidad. Muchos vecinos se acercan a golpear las manos detrás de la puerta del castillo para saber si pueden pasar. Si pueden ver de qué se trata.
Cuando golpean a horarios adecuados los dejan pasar, ver la pileta con forma de barco en el fondo y cuentan la historia detrás de las torres.
Para la familia Gómez Di Fabio el castillo es algo muy profundo: es la prueba de que, aun en la adversidad, se puede construir algo propio. No fue una inversión inmobiliaria. No fue un negocio turístico, ni estrategia comercial. Fue un acto de resistencia creativa.
El misterio revelado: el castillo rosado que se ve desde la Ruta 22 no es un hotel alojamiento ni un emprendimiento secreto. Es la casa de una pareja que decidió transformar la crisis en fantasía. Es el taller de un hombre que no puede dejar de inventar.
Es el refugio de una mujer que sostuvo cada etapa de su familia. Es el escenario donde crecieron cuatro hijos y el patio donde hoy corren los nietos y bisnieto.
Y también es un recordatorio silencioso para quienes pasan apurados por la ruta: detrás de cada construcción extraña puede haber una historia enorme.
Desde el asfalto, la torre parece un enigma. De cerca, es un hogar. Un castillo sin reyes, pero con historia.
No hay lujos ostentosos. No hay mármoles importados. No hay guardias en la puerta. Lo que hay es trabajo manual, soldaduras imperfectas, pintura aplicada con esfuerzo propio, detalles hechos a pulmón.
Quizás eso explique por qué el castillo sigue en pie. Porque no se construyó desde la ostentación, sino desde la necesidad y el amor. La próxima vez que alguien pase por la Ruta 22 rumbo a Plottier y vea esa torre inesperada, ya no tendrá que imaginar historias extrañas. El misterio está resuelto.
Es simplemente la casa de José y Liliana. Un castillo sin cuento de hadas, pero con algo mucho más difícil de construir: una vida compartida, hecha a mano.
El próximo sueño -ellos dicen que último- es poder construir un salón de exhibición en el primer piso del castillo para que José pueda mostrar sus fabulosas creaciones y para que finalmente esa construcción pueda ser recorrida como un paseo diferente en la ciudad.