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La Mañana Día de San Valentín

Ni anillos, ni papeles: el pacto de la pareja que cruzó los Andes y lleva 34 años eligiéndose en Neuquén

Soledad y Enrique se conocieron en Chile, formaron su familia en Neuquén y atravesaron crisis, enfermedades y migraciones. Hoy siguen “como novios”.

Enrique le corre la silla antes de que ella se siente. No es una escena armada para la foto ni un gesto exagerado para la entrevista. Lo hace de manera natural, casi automática, como quien repite una costumbre que nunca perdió sentido. Para ellos el Día de los Enamorados es todos los días, incluso a 34 años de su primer beso.

Soledad sonríe y se acomoda. Él la abraza con firmeza, ella apoya la cabeza en su hombro. La imagen es simple, pero dice mucho: después de una vida juntos, siguen tratándose con la delicadeza del primer día.

En tiempos donde las relaciones parecen frágiles y los vínculos se desarman con facilidad, la historia de Soledad Sandoval (64) y Enrique Olivares (75) invita a hacerse una pregunta incómoda y necesaria: ¿Cómo se hace para que el amor dure?

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Se conocieron en Chaitén, Chile, en una fiesta de fin de curso de cosmetología y peluquería. Enrique era dirigente sindical gastronómico, mozo y miembro del Consejo Regional de Desarrollo de su país. Ella estudiaba y trabajaba. Hubo miradas, alguna conversación, pero nada definitivo. Dos años después se reencontraron en Puerto Montt. Esta vez hablaron más. Y ahí apareció algo que ambos recuerdan como determinante: la coincidencia.

“Era como si a esta naranja le faltara esta mitad. Pensábamos lo mismo, queríamos las mismas cosas. Mucha coincidencia”, recordó Soledad a LM Neuquén, con una mueca de complicidad hacia su pareja.

Comenzaron una relación ya adultos, con historias previas y convicciones claras. Se fueron a vivir juntos en Chile, alquilaron un departamento que de casualidad, o de vaticinio, estaba en la misma dirección del que los cobijó por más de dos décadas en Neuquén: Libertad 155.

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Enrique estaba absorbido por la actividad gremial y política. Viajes, actos, reuniones, exposiciones públicas. Soledad fue directa: “Esa vida a mí no me gusta. O te quedás con eso o nos dedicamos a nosotros”.

Él eligió. Renunció al sindicato después de diez años como presidente reelecto. Esa fue una de las primeras grandes decisiones en favor de la pareja. Y ahí apareció una primera clave: el amor como elección consciente, no como impulso romántico.

Cruzar la cordillera para empezar de nuevo

La segunda decisión fue todavía más grande. Soledad siempre había soñado con vivir en Argentina. A los 18 años había visitado el Alto Valle y se había enamorado de Neuquén. “Yo me voy a Neuquén”, le dijo. Y él respondió: “Puede ser”.

En 1993 dejaron su país natal y cruzaron la cordillera hacia el país y la ciudad que eligieron para siempre. Ella estaba embarazada. Llegaron con poco, alquilaron primero sobre calle Río Negro y después a la calle Libertad. Allí vivieron 22 años y tuvieron a su hija Camila, una joven que los adora y cuida siempre y no deja de aprender del amor que protagoniza sus padres.

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No hubo atajos. Enrique gestionó su radicación “por la puerta, no por la ventana”, como repitió con orgullo. “Si uno viene a trabajar, tiene que hacerlo en el marco de la ley”, dijo, con su semblante bien erguido. El primer trabajo le llegó a través del consulado chileno. Con ese dinero compraron sus primeros platos, cubiertos y una olla usada que todavía conservan.

Soledad no se quedó quieta. Trabajó como peluquera, cosmetóloga, costurera. Vendió pan y rosquitas cuando la economía apretaba. “La parte económica falla mucho en las parejas. Pero si uno quiere, la pelea. A veces con un kilo de harina se sale adelante”, aseguró.

Y ahí aparece otra clave: la construcción en equipo. No hubo competencia, hubo cooperación. No hubo reproches, hubo esfuerzo compartido.

Él no tardó en conseguir trabajo como mozo, oficio que ejerció por muchos años hasta que luego entró en la Provincia. Primero sirviendo el café en un Registro Civil y en poco tiempo organizando a todos los usuarios que los visitaban hasta su reciente jubilación.

Amor no es ausencia de conflicto

¿Discutieron? Claro que sí. “Tenemos roces pequeños”, admitió Soledad y agregó que: “Si es blanco o negro, lo ajustamos y listo”.

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Enrique sonríe y explica su método: “Ella es de choque, yo soy del diálogo. Cuando se calienta mucho el sol, me voy para afuera. Cuando vuelvo, ya está más fresco”. No es evasión: es estrategia para no lastimar.

En una época donde muchas relaciones estallan por celos, desconfianza o competencia, ellos hablan de respeto con una convicción casi pedagógica.

“Si no tenés confianza, olvidate”, dijo Enrique. “No podés salir a bailar y enojarte porque tu pareja baila con otro. Saliste a bailar”, sumó Soledad, quien también contó de las muchas veces que salen a divertirse con su marido y amigos, o que solo hacen la fiesta para ellos dos con tragos y mucho baile.

La fidelidad, para ellos, no es solo física. Es lealtad cotidiana. Es no exponer al otro. Es hablar antes de que el malestar se pudra. Es decir lo que molesta sin humillar.

El detalle como forma de amor

Si hay algo que atraviesa su historia son los gestos. Enrique sigue regalando flores en el Día de la Mujer y en San Valentín. Le corre la silla. La trata de “mi vieja” con ternura. Ella lo admira por su prolijidad, por su caballerosidad, por su forma de vestir. Pero el amor también pasa por la cocina.

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Él hace asados que son un manjar. Ella prepara tablas de mariscos y ñoquis caseros. Se organizan cenas especiales sin que haya cumpleaños de por medio. Preparan tragos y bailan solos en el living. “Nos preparamos algo rico para comer. Hacemos unos tragos y bailamos los dos”, contó Soledad y aseguró que eso “es alimentar el matrimonio día a día”.

Son novios, amigos y amantes, dijeron sin rubor. Y no lo dicen como consigna vacía: lo practican. Ahí aparece otra clave: no dejar que la rutina mate el juego. Seguir seduciendo al mismo de siempre.

No todo fue liviano. Soledad atravesó cirugías complejas, incluso una operación a corazón abierto. Enrique estuvo ahí. Ella también fue sostén cuando a él le tocó el quirófano. “Siempre juntos”, repitieron.

En momentos difíciles, no se preguntaron quién tenía la culpa. Se preguntaron qué necesitaba el otro. También ayudaron a otros. Hace unos años impulsaron una cooperativa de vivienda, cansados de alquilar. Y cuando aparecieron las primeras casas cedieron su lugar a una mujer con hijos que estaba en peor situación. "Nosotros aún podíamos seguir alquilando, ella no", recordaron. Pero a los pocos meses fueron adjudicados en otro plan, justo en el mismo barrio donde habían vivido desde que llegaron a Neuquén y el que representaron desde la comisión vecinal: Barrio Belgrano. “Si podemos dar un pedazo de pan, lo compartimos”, dijo Enrique.

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Esa dimensión solidaria parece extender el amor más allá de la pareja. Como si amar también fuera una forma de estar en el mundo.

¿Cuál es el secreto? Cuando se les pregunta directamente qué hizo posible 34 años juntos, no hablan de magia ni de suerte. Hablan de respeto mutuo, diálogo, confianza, esfuerzo compartido. Decidir quedarse incluso cuando es más fácil irse. No olvidarse de dónde se viene. No competir, complementarse.

“Si yo volviera a nacer y lo viera de nuevo, lo volvería a elegir”, dijo Soledad sin dudar.

Enrique la mira y responde: “No me voy a cansar nunca de decirle que la voy a amar hasta la muerte. Que voy a morir amándola por todo lo que ella me ha entregado".

En un contexto donde el amor suele medirse por publicaciones en redes o celebraciones espectaculares, ellos proponen algo más silencioso y más difícil: constancia.

Este Día de los Enamorados no tendrán un festejo extravagante. Habrá cena especial -seguro-, algún regalo sorpresa, quizás un baile en el living. Lo de siempre. Lo que nunca falla.

Después de 34 años, Soledad y Enrique siguen creyendo que sin amor el mundo no es mundo. Y que, aunque cueste, vale la pena pelearlo. A fuego lento. Todos los días.

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