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Rocambole: el artista que hizo imagen el mito de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota

Se presentará el jueves 6 de agosto, a las 19, en el Museo Nacional de Bellas Artes. En esta entrevista reflexiona sobre el arte, la poesía y el amor popular.

—Esta es Oktubre.

Desde los brazos de su madre, una bebé de menos de un año mira fijo a Ricardo Cohen, Rocambole.

—¿Les permitieron ponerle Oktubre?

—Y sí. Si hay hombres que se llaman Julio, hay chicas que se llaman Abril, ¿por qué no podrían permitirme ponerle Oktubre a mi bebé?

—Claro, me parece lo más lógico —responde Rocambole, amoroso.

—Oktubre les debe la vida a ustedes —agrega la madre.

Nació muerta. Eso fue lo que le dijeron los médicos a su madre cuando se la entregaron. Sin comprender qué estaba pasando, la tomó en sus brazos. Con desesperación, la envolvió con una manta estampada con la imagen del esclavo encadenado de Oktubre, el segundo disco de Los Redondos. Recién entonces la bebé empezó a respirar.

Devoción, ternura, desborde: todo es verdad detrás de la mitología más imponente de la cultura popular argentina, una mitología que Rocambole, sin imaginar sus alcances, ayudó a crear.

Pero Ricardo Cohen es mucho más que el hombre que imaginó el universo visual de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota. Es diseñador, ilustrador, artista plástico, docente, pensador, creador inquieto, observador de su tiempo, de lo que fue y de lo que vendrá.

Fueron sus dibujos, sus grabados y sus collages —los que aparecieron en las tapas de los discos, las entradas y los afiches— los que terminaron convirtiéndose en símbolos de esa gran nube a la que se abrazó nuestra cultura popular. Y fueron esas mismas imágenes las que lo llevaron a recorrer la Argentina, a encontrarse con historias como la de Oktubre —la niña y la obra fundacional—, a maravillarse con ese vapor de amor que emana del aliento del pueblo ricotero. Son esas mismas imágenes, también, las que hoy lo traen nuevamente a Neuquén, después de un 5 de junio que nos cambió la vida.

—Me he ido acostumbrando, en toda la historia de Patricio Rey, al asunto de que las imágenes que hice yo se transformaran en cosas simbólicas a las que los ricoteros les daban una importancia realmente grande. Un poco ya me acostumbré a que aparezcan muchos chicos con tatuajes, por ejemplo, de algunos trabajos que yo he hecho. Al principio me impresionaba porque decía: cómo este tipo va a llevar en la piel toda la vida esto que a mí se me ocurrió por ahí una noche de insomnio. Me cuesta a veces, como soy un hombre ya bastante grande y por ahí he vivido circunstancias culturales de otros tiempos; sin embargo, todavía me dan ciertos escalofríos.

La banda inconsolable

Cuando todo empezó, cuando eran casi un movimiento deslizándose con gracia, desparpajo y algo de vanidad compartida por La Plata, la ciudad que vio nacer a Los Redondos, esperaban que la respuesta fuese quizá en esa misma dirección. Abrieron las pesadas puertas de un universo yugular esperando que entrara la élite intelectual, pero se coló el pueblo, con su cuerpo, a sentir con lo que no requiere explicación.

—No entendíamos mucho que la gente, llamémosle más del campo popular, pudiera entender algunas letras crípticas de Solari, y no entenderlas como las entendía la gente más ilustrada, sino entenderlas de una manera así, bien de corazón; es como que ellos sentían, y siguen sintiéndolo, que esas cosas que el Indio cantaba les llegaban directamente al corazón. Y, por el contrario, los primeros asistentes a los recitales de Los Redondos decían: “Che, ¿pero qué dice el Indio? Es un enigma, no entendemos qué dice”. Yo me preguntaba cómo podían entenderlo esta gente que a lo mejor no tiene toda esa instrucción como podría tener un intelectual. Y el intelectual, en cambio, se siente como que no llega. Me resultaba una contradicción. Cada vez que aparece algo que podés llamar arte, nos emocionamos, nos asombramos, no sabemos quizás explicarlo claramente.

—¿Cómo atravesaste la muerte del Indio?

—Un poco desolado, porque Solari no era tan anciano. Me parece que se tuvo que ir antes de lo previsto. También pienso que estaba lidiando con una enfermedad un poco maldita, que justamente para una persona que todavía no es un anciano total le priva de muchísimas cosas. Es muy difícil vivir con esa terrible enfermedad que él tenía. Por ese lado yo pienso: bueno, quizás él se quiso ir y renunció un poco a la vida, y le doy la razón en ese sentido. Pero por otro digo que podríamos haber tenido Indio por muchos años más, y para muchas novedades artísticas, aunque quizá sea egoísta.

—¿Qué imagen se te viene para pensar al Indio, aún más allá de la muerte? ¿Qué imágenes tenés hoy?

—Tengo una imagen como de retratar a un pensador, a alguien que nos da un programa mental para poder avanzar, en muchos sentidos, desde el pensamiento. Y una de esas cosas es la que hace la poesía. La poesía te lanza a una especie de mar un poco agitado, donde tenés que encontrarte con vos mismo, con tu pensamiento, con tus historias, incluso con la historia de vos como ser humano entre otra humanidad. Yo entendía a veces cuando algunos micrófonos en el gigantesco velorio del Indio se le acercaron a alguna persona, a lo mejor del campo popular, de repente con su lenguaje definían mucho mejor que, ya te digo, alguna persona con más carga intelectual.

Arte, Diseño y Contracultura

El jueves 6 de agosto, a las 19, Rocambole se encontrará con el auditorio del Museo Nacional de Bellas Artes en una actividad organizada por la Secretaría de Cultura de la provincia para conversar sobre su trayectoria, la oscuridad y la luz, Los Redondos —por supuesto— y para presentar su libro Rocambole. Arte, Diseño y Contracultura.

El libro repasa su recorrido artístico y profesional, pero es, en esencia, la posibilidad de acercarnos a su universo estético y temático, de ver los hilos del sentido de su obra y, con eso, recorrer algunas de las páginas imprescindibles de la historia del rock y de la epopeya ricotera.

Un viaje de 216 páginas a través de textos propios y de invitados como Skay, Poli, Horacio Fiebelkorn, Diego Boris, REP y Miguel Grinberg —entre otros—, además de aerografías, bocetos, dibujos, ilustraciones, pinturas, gráfica y fotografías.

Para muchos de nosotros, nosotras, también será una excusa para ver cuánta brasa hay en las cenizas, para reencontrarnos, después de la muerte del Indio, con una parte de la historia suya, de ellos y nuestra, e intentar comprobar, acaso, que nada aún ha terminado.

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