Alexis y Sebastián salieron el 13 de octubre desde un arroyo cercano a la frontera con Chile. Ya atravesaron ríos, lagos y embalses, siguen hasta El Cóndor.
La aventura que comenzó en un pequeño arroyo de la cordillera neuquina ya superó los 600 kilómetros de recorrido. Alexis Valladares y Sebastián Clemente llegaron este jueves a Neuquén capital después de casi tres semanas de navegación y se preparan para continuar hacia el este, con un objetivo que todavía parece lejano, pero cada vez está más cerca: alcanzar el balneario El Cóndor, en la desembocadura del río Negro, donde el curso de agua se encuentra con el mar Argentino.
Los dos kayakistas partieron el 13 de octubre desde el río Quillahue, a aproximadamente un kilómetro y medio de la frontera con Chile. Para llegar hasta el punto elegido tuvieron que cargar los kayaks y caminar, porque no hay un camino que permita acceder directamente. La idea era comenzar en las primeras aguas navegables de la cuenca del río Aluminé y seguir el curso de los ríos hasta alcanzar el océano.
Hasta ahora llevan recorridos más de 600 kilómetros y calculan que todavía les quedan alrededor de 800. Si las condiciones acompañan, estiman que necesitarán unos 20 días más para completar el trayecto.
“Salimos de las primeras aguas navegables de la cuenca y no nos salimos nunca del agua”, contaron durante una entrevista con LM Neuquén, en la que repasaron las dificultades que atravesaron desde que dejaron la cordillera y algunas de las experiencias que más los sorprendieron.
El comienzo de la travesía estuvo marcado por condiciones climáticas exigentes. Durante los primeros 13 días tuvieron lluvias y, en distintos tramos, debieron avanzar con viento en contra. Uno de los desafíos más importantes fue navegar la sección superior del río Aluminé, un recorrido de 17 kilómetros con rápidos de clase cuatro.
Los kayakistas explicaron que, cuando llegaron a ese sector, el río tenía uno de los niveles de agua más altos de las últimas dos décadas, como consecuencia de las intensas precipitaciones que afectaron a las cuencas de la región. La fuerza del agua convirtió ese tramo en una experiencia particularmente exigente, incluso para dos deportistas acostumbrados a navegar ríos de montaña.
Después continuaron por el río Aluminé hasta su unión con el río Catán Lil. Desde allí siguieron hasta donde comienza el embalse de Piedra del Águila.
El cruce de ese embalse les demandó entre siete y ocho días de remo, con lluvia y viento en contra durante buena parte del trayecto. Luego atravesaron el embalse compensador de Pichi Picún Leufú, el Limay Medio, el embalse de El Chocón y el de Arroyito.
En ese recorrido también necesitaron ayuda para superar los paredones de las represas. Esas maniobras, conocidas como portajes, consisten en sacar los kayaks del agua y trasladarlos por tierra hasta un sector donde puedan volver a navegar. Según contaron, encontraron personas que los ayudaron de manera desinteresada y facilitaron el avance en algunos de los puntos más complicados.
Uno de los aspectos particulares de esta travesía es que decidieron hacerla con kayaks de aguas blancas, diseñados para navegar rápidos y no para expediciones de varias semanas. Los botes miden entre 2,10 y 2,20 metros y tienen poco espacio para transportar equipaje, por lo que debieron planificar cuidadosamente qué llevar.
Esa elección, que les permite desenvolverse con comodidad en los sectores de río más exigentes, se convirtió en una dificultad cuando llegaron a los lagos y embalses. En el agua plana, los kayaks se vuelven más lentos y requieren un esfuerzo constante para avanzar.
“Hubo momentos en los que remamos 16 kilómetros sin frenar, haciendo fuerza en cada remada”, explicaron. En algunas jornadas llegaron a remar entre ocho y diez horas, mientras que en otras pudieron completar apenas tres o cuatro, según el viento, el estado del agua y el cansancio acumulado.
La organización de la comida también fue un desafío. Como no podían cargar provisiones para todo el recorrido, prepararon paquetes con alimentos deshidratados que distribuyeron previamente entre amigos ubicados en distintos puntos del trayecto. Así pudieron recibir provisiones a medida que avanzaban.
En sus bolsos llevan guisos de lentejas con verduras deshidratadas, soja texturizada y papa disecada, fideos con charqui, carne deshidratada, frutos secos, dátiles, pasas de uva y pasta de maní. Todo está preparado en porciones pequeñas y livianas que pueden cocinar con agua caliente en una olla de camping y un calentador portátil.
Para dormir tampoco tienen una rutina fija. Cuando encuentran árboles y un lugar reparado, cuelgan hamacas paraguayas y utilizan aislantes y bolsas de dormir. En otros sectores descansan directamente en el suelo, una modalidad que llaman vivac. La carpa viaja con ellos, pero como último recurso.
En algunos tramos pasaron varios días sin encontrar señales de presencia humana ni de animales. La falta de cobertura telefónica fue otra constante: por eso llevan un teléfono satelital que les permitió comunicarse con sus familias y avisar que estaban bien, especialmente durante los cruces más aislados.
Entre las experiencias que dejaron una marca en el recorrido, los kayakistas mencionaron el paso por la zona de las instalaciones de piscicultura en el embalse de Piedra del Águila. Según describieron, encontraron grandes estructuras de cultivo, manchas en el agua y un olor desagradable que, aseguran, se percibía desde lejos cuando el viento soplaba en su dirección.
“Fue muy triste llegar al paredón de Piedra del Águila y encontrar las cantidades de jaulas de piscicultura, enormes, de multinacionales. Las manchas y el olor nauseabundo se sentían a kilómetros con el viento en contra”, relató uno de ellos.
Los deportistas expresaron preocupación por el impacto que estas instalaciones podrían tener sobre el agua y compararon la actividad con los efectos que, según señalaron, tuvieron las salmoneras en Chile. También contaron que tuvieron dificultades para encontrar un lugar donde salir del agua y descansar, porque el sector cercano a la represa estaba ocupado por las instalaciones. Finalmente decidieron continuar para evitar una discusión con las personas que estaban allí.
Su impresión contrastó con otra experiencia que destacaron como positiva: la ayuda que recibieron de dos gendarmes durante el paso por una de las represas. Los identificaron como Rubén Darío y Darío Rubén, y valoraron especialmente la predisposición con la que los asistieron en un momento en que estaban preocupados por cómo superar ese tramo.
También agradecieron la colaboración de personas de Piedra del Águila, Picún Leufú y otras localidades por las que pasaron. Hasta ahora, aseguraron, encontraron poca basura en los sectores más aislados del recorrido.
La llegada a Neuquén representa una nueva etapa de la aventura. En la ciudad aprovecharán para recibir un paquete de alimentos y reorganizar el equipaje. También dejarán parte de la ropa de abrigo que ya no necesitan, para liberar espacio y sumar provisiones.
Desde allí seguirán por el Limay hasta la confluencia, donde el río Limay se une con el Neuquén y da origen al Río Negro. Después continuarán por ese curso hasta alcanzar El Cóndor, en la costa atlántica.
El proyecto comenzó a tomar forma hace unos siete u ocho años, aunque la idea había aparecido mucho antes, como un sueño compartido de recorrer en kayak toda la distancia desde la cordillera hasta el mar. La experiencia de ambos en los ríos de montaña y los viajes que habían realizado juntos terminaron de convertirlo en un desafío concreto.
Ahora, después de más de 600 kilómetros, lluvias, rápidos, embalses y largas jornadas de remo, el objetivo sigue siendo el mismo que tenían al partir: llegar al mar sin abandonar el agua. Todavía quedan unos 800 kilómetros por delante, pero la travesía ya dejó historias, paisajes y encuentros que los dos aseguran que recordarán mucho después de completar el recorrido.