La ambiciosa expedición de Sebastián y Alexis, que partirá a fines de septiembre, desafiará las aguas bravas y los ríos patagónicos con kayaks de aguas blancas.
Hay viajes que empiezan mucho antes del día de partida. El de Sebastián y Alexis nació hace años, entre ríos, montañas, expediciones y una amistad que se fortaleció en las aguas de Villa Pehuenia. Ahora quieren llevar esa historia mucho más lejos: remar en kayak desde la cordillera, atravesar el país a lo ancho y llegar hasta el océano Atlántico.
Los dos viven en Villa Pehuenia desde hace más de una década, aunque ninguno nació allí. Alexis llegó desde Buenos Aires hace 13 años y Sebastián, oriundo de Rosario, un poco antes. Fue en ese rincón de la cordillera donde ambos encontraron una forma de vida ligada al agua y a la naturaleza, y donde también nació una amistad que ya lleva alrededor de diez años.
Se conocieron en el río y, con el tiempo, el vínculo trascendió las jornadas de remo. Sebastián, que se dedica profesionalmente al kayak, la seguridad y el guiado de rafting, fue quien le enseñó a Alexis buena parte de lo que hoy sabe. “Me dijo: ‘Te tenés que subir a un kayak, que es lo más divertido que hay’”, recordó Alexis sobre aquel comienzo.
Para Sebastián, aquella enseñanza también tuvo mucho que ver con la capacidad de su amigo para aprender y superarse. Lo define como una “maquinita”, una palabra que utiliza para describir la tenacidad con la que Alexis se fue metiendo cada vez más en el deporte. “Le pegó el bichito de la pasión por el río, que es como un enamoramiento. Es algo que te hace bien, que no se puede dejar de hacer. No te das cuenta, pero lo necesitás”, explicó.
La idea de unir la cordillera con el Atlántico no apareció de un día para otro. La primera conversación seria ocurrió en 2020, durante una expedición que ambos realizaron junto a otros amigos por el río Aluminé, en plena pandemia.
Aquel viaje tuvo un significado especial. Después de meses de encierro, volver a desplazarse por el agua y pasar varios días en contacto con la naturaleza representó para ellos una sensación de libertad que difícilmente podían encontrar en otro lugar.
Fue entonces cuando apareció la pregunta: ¿hasta dónde podía llevarlos ese río?
La idea inicial era realizar el viaje en una balsa, porque permitía transportar mayor cantidad de elementos. Sin embargo, con el paso del tiempo apareció una alternativa que para ellos tenía todavía más sentido. Los dos son kayakistas de aguas blancas y querían afrontar el recorrido con ese tipo de embarcación, incluso cuando el río cambiara por completo sus características.
“Somos kayakistas de pura cepa. Queremos llegar con estos kayaks”, resumieron.
Y ahí aparece una de las particularidades de la expedición. Los kayaks que utilizarán son pequeños, están diseñados principalmente para aguas rápidas y tienen una capacidad limitada para transportar equipaje. No son las embarcaciones más cómodas para pasar largas jornadas, pero justamente eso forma parte del desafío que eligieron.
La travesía comenzará en las aguas altas de la cuenca, en la zona del río Quillahue, para continuar por distintos cursos y embalses hasta alcanzar el río Negro y, finalmente, el océano Atlántico.
El recorrido contempla el río Aluminé, el Collón Curá, los embalses y el río Limay, para luego continuar hacia la confluencia con el Neuquén. Desde allí seguirán por el río Negro, pasando por localidades como Choele Choel y General Conesa, hasta llegar a la zona de Viedma y finalmente al balneario El Cóndor, donde el río desemboca en el Atlántico.
En total, estiman que necesitarán alrededor de un mes para completar la expedición de más de 1.300 kilómetros, aunque saben que el tiempo estará condicionado por factores que no pueden controlar: el caudal del agua, el viento, las condiciones meteorológicas y las características de cada tramo.
La planificación contempla remar unas ocho horas diarias y alcanzar un promedio cercano a los 30 o 35 kilómetros por jornada. En los sectores más rápidos del Aluminé podrían superar esa distancia, mientras que en los embalses y zonas de aguas más tranquilas probablemente avancen con mayor lentitud.
La intención es partir cerca del 25 de septiembre y estar nuevamente en la zona para noviembre, antes del comienzo de la temporada alta de verano, cuando ambos retoman sus actividades laborales.
Uno de los puntos que más remarcan Sebastián y Alexis es que quieren realizar el viaje de manera independiente. No tendrán una embarcación de apoyo siguiendo el recorrido ni un equipo que se encargue de llevarles comida o equipamiento.
La capacidad es reducida. Entre el equipo de seguridad, la ropa, la bolsa de dormir, los elementos de cocina y todo lo necesario para desenvolverse durante varios días, queda muy poco espacio disponible.
Por eso también deberán planificar cuidadosamente los puntos de abastecimiento. Hay sectores en los que podrían pasar hasta diez días sin encontrar un lugar donde comprar alimentos o conseguir provisiones.
“Cuando sepamos que podemos reabastecernos, caminaremos hasta algún lugar. Y seguramente también aparezca gente que nos quiera arrimar o llevarnos a comprar algo”, contaron.
Esa posibilidad ya comenzó a aparecer incluso antes de que partan. La difusión del proyecto en redes sociales generó mensajes de personas que quieren acompañarlos, ayudarlos o simplemente estar atentos a su paso por distintos puntos del recorrido.
Ellos agradecen esa buena voluntad, aunque buscan mantener el espíritu original de la expedición: hacerla por sus propios medios y resolver sobre la marcha todo aquello que el viaje les presente.
El comienzo en primavera agrega otra dificultad. En las zonas altas de la cordillera todavía pueden encontrarse con nieve y temperaturas bajo cero. Calculan noches de entre -5 y -7 grados, además de lluvia y condiciones climáticas que pueden cambiar rápidamente.
Por eso insisten en que el viaje no surgió de una decisión impulsiva.
Ambos reman durante todo el año y realizan expediciones por los ríos desde hace más de una década. Sebastián, además, cuenta con formación en socorrismo y primeros auxilios.
La planificación incluye mapas, trazado de distancias, zonas de abastecimiento y lugares de evacuación. También prepararon un botiquín especialmente pensado para una expedición prolongada y para los riesgos propios del ambiente en el que se van a mover.
“Hay que informarse mucho. Esto no es subirse al kayak y darle. Lleva planificación, entrenamiento y conocimiento”, remarcaron. Esa preparación también tiene un objetivo concreto: que el mensaje de animarse a algo no quede asociado a la improvisación sino a ir detrás de los sueños de una forma responsable.
Durante el viaje también quieren documentar lo que ocurra. Alexis se encargará de la parte audiovisual que compartirán a través de Instagram (@remandoalatlantico), mientras que Sebastián escribirá una bitácora con las experiencias que puedan registrar durante el recorrido.
No saben todavía qué forma tendrá ese material. Puede quedar como un recuerdo personal, convertirse en un documento de la expedición o servir para que otros conozcan el camino que hicieron.
Pero también saben que habrá jornadas en las que el cansancio gane la batalla. Después de ocho horas de remo, montar el campamento y ocuparse de la comida, quizás no queden fuerzas para escribir o volar un dron. La idea, entonces, será registrar cuando el viaje lo permita y, sobre todo, no perder de vista el motivo por el que decidieron hacerlo.
Porque también esperan encontrarse con momentos incómodos: frío, lluvia, hambre, cansancio y situaciones que no pueden anticipar. “Espero que cuando estemos bajo la lluvia, con un toldo en el medio de la nada, podamos hacer un video riéndonos de la situación. No para el video, sino porque realmente estaremos disfrutando de eso”, imaginaron.
A medida que se acerca la fecha, la ansiedad empieza a aparecer. Hay noches en las que cuesta dormir y mañanas que comienzan demasiado temprano, con la cabeza puesta en lo que vendrá.
También saben que la expectativa externa puede convertirse en una distracción. Por eso intentan mantener el foco en la expedición y en todo lo que todavía tienen por preparar.
Después de tantos años sobre el agua, sienten que tienen las herramientas para hacerlo. No saben exactamente qué encontrarán en cada tramo, cuánto demorarán ni cómo reaccionará el cuerpo después de semanas remando.
“Siempre hay que ir atrás de los sueños. Proponerse un objetivo, tomar la decisión y decir: vamos y le metemos”, aseguran. “Somos uno de Rosario y el otro de Buenos Aires. Soñamos estar en los lagos, en la cordillera, en los ríos de montaña. Y vivimos acá hace muchos años porque fuimos atrás de ese sueño. Ahora vamos atrás de otro: intentar unir humildemente los Andes, bien arriba, con el mar”, afirma Alexis.
Ahora falta lo más importante: dejar la cordillera atrás, entrar al agua y empezar a avanzar. Primero serán los ríos de montaña. Después, los embalses, el Limay, la confluencia, el río Negro y cientos de kilómetros hacia el este. Hasta que el agua que hoy conocen entre las montañas termine encontrándose con el Atlántico.