LM Neuquén se subió al recorrido silencioso de las unidades que van más allá del turismo. La confesión de los choferes y lo que sienten los pasajeros.
Son las cuatro de la tarde y el colectivo eléctrico avanza casi vacío por el Paseo Costero de Neuquén. No hace ruido, apenas el roce de las ruedas contra el asfalto y, cada vez que dobla, suena una campana que reemplaza al motor silencioso para advertir a los peatones.
Adentro, la luz de otoño entra por las ventanillas y cae sobre los asientos celestes. Quien viaja en esta unidad, a esta hora, lo hace casi en soledad, y puede mirar el río Limay pasar despacio del otro lado del vidrio a menos de 20 kilómetros por hora.
Es, según quienes manejan estos colectivos todos los días, una experiencia que no se parece a la de ninguna otra línea de la ciudad, donde no falta alguna que otra agresión, falta de respeto y la rabia en el tránsito.
LM Neuquén se subió a una de las unidades que empezaron a circular, y más allá de la experiencia turística, hay un recorrido desde la Península de Hirfoki hasta el Polo Tecnológico; son 8 unidades y frecuencias de entre 15 y 25 minutos, dependiendo del horario. Una experiencia que ya se vive en muchas capitales del mundo y que de a poco llega a la ciudad de Neuquén.
Rodolfo Blanco es uno de los choferes del servicio. Lleva un año y tres meses trabajando en la empresa COLE, pero maneja este recorrido específico desde que se puso en marcha, hace poco más de un mes, el pasado 21 de mayo. Cuando se le pregunta si la gente se comporta distinto arriba de estos colectivos, no duda. "Sí, sí, la gente viaja más alegre y nosotros también", dice a LM Neuquén el chofer, quien accedió a hablar mientras realizaba el recorrido desde calle Linares hasta la península de Hiroki, pasando por la costanera y la zona de los clubes.
Todo esto tiene una razón, que va más allá de lo laboral, y explica por qué. "En este horario, a veces la gente no está bien por distintas situaciones, pero acá se sube al alegre, por lo menos para disfrutar de este momento. Acá están felices, están revalorizando todo esto es como si estuvieran de vacaciones", dice.
La diferencia, dice, no tiene que ver con el vehículo en sí. "La conducción es la misma. Arriba, un colectivo es un colectivo. Pero se siente que trabajar así es más alegre, está más contenta la gente", indica.
Rodolfo lo atribuye al tipo de pasajero que sube a este recorrido puntual, que no es el mismo por ahora que el que se toma todos los días un colectivo para ir a trabajar y donde hay otra onda.
"Vienen a pasear, la gente que va a la isla está contenta. Por ahí pide más servicio para las horas de la tarde, pero está contenta porque puede llegar. Hay familias que solo se toman el colectivo para tomar mate", sostiene.
El chofer señala algo que excede la anécdota, cuenta que hoy una familia sin auto puede llegar hasta la isla en colectivo, algo que antes no existía.
Ese vínculo informal con los pasajeros también se nota en el trato. "¿Cómo estás? ¿Querés un mate?", cuenta que le preguntan algunos vecinos frecuentes. Y se ríe en broma porque sabe que, pese a lo distendido del recorrido y a la baja velocidad en ese sector, siempre está atento al camino. Sin embargo, hay algo distinto. El colectivo generó una familiaridad en poco tiempo con quienes ya viajan seguido.
Blanco también es de la ciudad de Neuquén, y conoce la zona desde mucho antes de que existiera el Paseo Costero tal como es hoy. "Nunca pude entrar, era algo medio impenetrable y peligroso. Incluso la isla era medio…", dice, y no necesita terminar la frase.
Por eso, cuando se le pregunta por el contraste entre aquella zona del pasado y la que recorre hoy, el chofer no esconde la sorpresa, aunque aclara de entrada que no comparte muchas cosas del manejo de la política. "Yo tengo mis diferencias de ideales, pero la verdad es que hay que sacarse el sombrero: esto que hicieron acá, con la extensión del Paseo Costero, es hermoso. El asfalto, el colectivo, la Península de Hiroki. Todo. La verdad es que es espectacular el recorrido", dijo.
El servicio funciona de 7:30 a 21, con frecuencias de entre 15 y 25 minutos según el horario, y el pasaje cuesta 1.390 pesos. También acepta la tarjeta de boleto estudiantil.
José Luis Massi, el otro chofer del servicio, también lleva un tiempo considerable trabajando en la empresa y coincide, a su manera, en que se trata de una changa cómoda dentro del sistema de transporte urbano y que lo hace con placer. "Este sí que es un trabajo distinto, hay otro ánimo, y la gente empieza a usarlo más, no se sube como en los colectivos comunes, hay otra cosa", cuenta.
El servicio de colectivos eléctricos comenzó a funcionar el pasado 21 de mayo, cuando el intendente Mariano Gaido y el gobernador Rolando Figueroa inauguraron oficialmente la flota en un acto realizado en la Isla 132. Desde entonces, fuentes municipales indicaron que el recorrido ya suma unos 10.000 usuarios aproximadamente, una cifra alta para un servicio que recién está terminando su primer mes y medio de vida.
El trayecto conecta Parque Norte con la Península Hiroki, atravesando las avenidas Argentina y Olascoaga y la zona de la Isla 132, en un circuito pensado tanto para uso urbano —de hecho, mucha gente ya lo usa para ir a trabajar al Polo Tecnológico— como para el paseo y el turismo.
El servicio funciona de 7:30 a 21, con frecuencias de entre 15 y 25 minutos según el horario, y el pasaje cuesta 1.390 pesos. También acepta la tarjeta de boleto estudiantil.
Son ocho las unidades eléctricas que circulan por el momento, de un total de diez que conforman la flota, con dos de reserva permanente. Cada colectivo tiene capacidad para veinte personas, entre sentadas y de pie, y avanza a una velocidad promedio de 45 kilómetros por hora gracias a una autonomía que supera los 200 kilómetros.
Pero más allá de los números, lo que distingue a este recorrido —y que coincide con la sensación que describe el chofer— es algo que se percibe apenas uno sube: el silencio. Al no tener motor a combustión, los colectivos no emiten ruido.
"Parece que los colectivos van mudos. Hay silencio, la gente tiene respeto", pudo comprobar este diario durante el recorrido realizado a bordo de una de las unidades, junto a la fotógrafa de LM Neuquén.
Esa ausencia de ruido, sumada a la posibilidad de contemplar el río Neuquén durante buena parte del trayecto, termina de explicar por qué, para quienes manejan estos colectivos todos los días, subirse a ellos se parece más a empezar un paseo que a tomar un transporte público.