El origen de una de las mayores devociones del país guarda una sorprendente conexión con el archipiélago africano.
A simple vista, Argentina y Cabo Verde parecen no tener nada en común. Sin embargo, además del cruce que protagonizarán en Mundial 2026, existe un vínculo histórico que atraviesa siglos y está ligado a la Virgen de Luján.
La patrona de los argentinos tiene en el archipiélago africano un capítulo clave en el origen de su historia y de uno de los milagros más recordados de la tradición católica.
Con la fase de grupos del Mundial ya finalizada, tras 72 partidos disputados en la competencia que se juega en México, Estados Unidos y Canadá, quedó demostrado que el fútbol no entiende de fronteras.
En ese sentido, el próximo viernes, por los 16avos de final, la selección argentina defenderá el enfrentará a Cabo Verde, la gran revelación del certamen. El conjunto africano, debutante en una Copa del Mundo, avanzó a la fase eliminatoria luego de sumar tres empates, terminar por detrás de España y dejar en el camino a Uruguay.
Más de 6.600 kilómetros separan a Buenos Aires de Praia, la capital caboverdiana. Sin embargo, existe una historia de fe que une a ambos países, y que se arraiga en lo profundo de la fe de los argentinos: fue Manuel Costa de los Ríos, “el Negrito Manuel”, un esclavo nacido en el actual territorio caboverdiano, quien custodió con fidelidad la imagen de la Virgen de Luján una vez ocurrido el milagro que hace 396 años dio origen a la devoción más convocante del país.
Allá por el años 1630 dos imágenes de la Inmaculada Concepción de María se dirigían a la actual provincia de Santiago del Estero provenientes de Brasil. Tras un descanso en el camino a orillas del Río Luján, los transportistas intentaron retomar la marcha, pero los bueyes que tiraban las carretas se rehusaban a avanzar.
Luego de varios intentos, los hombres advirtieron que, al quitar una de las cajas que cargaba la carreta, los bueyes comenzaban a moverse. Cuando la abrieron, se dieron cuenta que se trataba de una de las imágenes de la Virgen, lo que interpretaron como una señal: la Madre había elegido quedarse allí.
La historia, que se conoce como el milagro de Luján, estaría incompleta sin la participación del Negrito Manuel, un esclavo que era propiedad de Bernabé González Filiano, el administrador de la estancia donde ocurrió el milagro.
Las investigaciones realizadas por Mons. Juan Guillermo Durán, postulador de su causa de canonización, indican que Manuel Costa de los Ríos llegó al Río de la Plata como parte de un lote de esclavos proveniente de Pernambuco (Brasil), pero había nacido y crecido en las islas de Cabo Verde.
Su primer amo fue el capitán que lo trajo, Andrea Juan, un navegante que lo bautizó con el nombre cristiano de Manuel. Luego pasó a ser propiedad del comerciante y militar González Filiano, quien le encomendó al negro Manuel cuidar la imagen de la Virgen que quedó en la estancia luego de ocurrido el milagro.
Con profunda fidelidad y abnegado servicio, Manuel recibía a los creyentes que se acercaban a venerar a la Virgen en una pequeña capilla hecha de barro y paja, les contaba la historia del milagro, del que había sido testigo, y ungía a los enfermos con el sebo de las velas para curar sus dolencias.
Años más tarde, la estancia y la capilla cayeron en abandono, por lo que una estanciera llamada Ana de Matos pidió la imagen para llevarla a su hacienda —donde actualmente se encuentra la Basílica de Luján— pagando asimismo 250 pesos por Manuel, con el propósito de que continuara cuidando de la Virgen.
En los documentos de esa transacción, Manuel quedó registrado como propiedad de la Virgen de Luján. Todo él pertenecía a la Madre de Dios, por lo que su frase más popular es “Soy de la Virgen nomás”.
La imagen original de la Virgen de Luján que hoy recibe a millones de fieles cada año en la Basílica y Santuario Nacional, fue custodiada por Manuel hasta 1686, año en que falleció, siendo su “ama” y “señora”.
Hoy, el Siervo de Dios Manuel Costa de los Ríos, popularmente conocido como “Negrito Manuel” se encuentra en camino a los altares, siendo un ejemplo de amor, fidelidad y veneración a la Virgen para argentinos y también para la comunidad afrodescendiente del país.
Sus restos reposan bajo el altar mayor de la capilla Pedro de Montalbo, a los pies de la imagen de la Virgen, a tan sólo unos 50 metros de la actual Basílica de Luján.