El 22 de septiembre de 2025 Héctor Gaudencio y su pareja sufrieron un violento choque. La conductora se dio a la fuga y ocho meses después fue condenada.
"Un ángel salió con un matafuegos y me salvó la vida, lo que un humano haría", piensa Héctor Gaudencio, de 24 años, quien logró sobrevivir al choque junto a su pareja en septiembre de 2025. Mientras, la automovilista, Bianca Jofré, los atropelló, sin licencia de conducir, sin luz de giro y se dio a la fuga.
Antes del impacto que le cambiaría la vida para siempre, Héctor estaba haciendo cordones cuneta en el barrio Z1. Luego, el obrero y padre primerizo llegó a su casa en el barrio Gran Neuquén donde su pareja le dijo que a Mateo le quedaban seis pañales.
"A mí cuando era chico me faltaron y mi mamá me contaba que andaba paspado, no tenía", recordó sobre lo que pensó aquella tarde, en diálogo con LM Neuquén. Entonces, salieron a comprar mientras el bebé de dos meses quedó en guarda de su abuela. Junto a su pareja de 21 años tomaron calle Belgrano, cargaron nafta en la YPF de Gobernador Denis y siguieron camino hacia una pañalera del centro.
"Íbamos tranquilos y a los 300 o 400 metros, te juro de la nada siento que me chocan de costado y me despierto con la mitad del cuerpo quemado, después tuve una crisis, broncoaspiré sangre, y quedé intubado", recuerda.
Tres días después recobró el conocimiento. Estaba completamente vendado en una cama de terapia intensiva donde le explicaron que producto del choque se le desprendió el casco y azotó contra una ventana de una camioneta Kangoo estacionada sobre Belgrano. Era justo en la esquina de Gobernador Asmar, la calle por donde se escapó la conductora del auto gris.
También le mostraron el video que se difundió por este diario y otros medios de comunicación por lo que finalmente la automovilista debió entregarse a la Policía al día siguiente.
Pero a la gravedad del impacto del choque se le sumó el consecuente incendio de su moto, una Honda Xr 150 que había quedado encajada contra la Kangoo blanca. El dueño de una despensa advirtió el desastre y salió de inmediato con un matafuego, acción destacada durante el juicio abreviado que se realizó en junio, a ocho meses del siniestro.
"Lo ando buscando, lo voy a encontrar para dar las gracias, porque sinceramente me salvó la vida", indicó el joven que luego fue atendido por una ambulancia del SIEN. "Tuve una lesión importante cerca del ojo, me hicieron RCP porque había dejado de vivir. Me reanimaron, desperté con el reflejo de que estaba trabajando, les decía 'yo estaba trabajando'".
Héctor pide permiso para tomar mi mano y la acaricia con un dedo. "A mi eso me puede dañar", señala sobre las cicatrices que recorren su cuerpo como un mapa del dolor, inolvidable.
La recuperación fue tan larga como dolorosa: primero lo anestesiaron para operarlo durante tres horas y poder extraer de su piel restos del matafuegos y de su pantalón. Luego, durante cuatro meses, permaneció internado en el hospital Castro Rendón. Los primeros dos fueron los peores: cada dos días entraba al quirófano para someterse a procedimientos de limpieza y extracción de tejido quemado.
Además, recién a los dos meses le permitieron ver a su bebé, pero el reencuentro fue doloroso porque sus brazos no le respondían para abrazarlo: "no le podía hacer upa a mi hijo".
En la mañana helada del 25 de junio, post Winoy Tripantu, Héctor levanta la camiseta y señala las cicatrices que recorren su torso. "Me sacaron piel de la espalda, de las costillas, de los glúteos y del abdomen para salvar la pierna. Estuve a punto de perderla", contó mientras señala que cada una corresponde a varias cirugías para hacer injertos.
Durante semanas convivió con la incertidumbre. Los médicos le explicaron que las quemaduras eran severas y que existía el riesgo de perder la movilidad de la pierna y una amputación. "Si no hubiera sido por los buenos cirujanos que hay en el Castro Rendón, hoy habría perdido la pierna izquierda", afirmó.
Hoy, ocho meses después, las huellas de aquel infierno en que se convirtió el choque siguen escritas en sus piernas. Sobre todo, levanta el short de Boca y descubre la pierna izquierda, donde las llamas provocaron las lesiones más graves, la piel tiene distintas texturas y tonalidades.
Todavía realiza sesiones de kinesiología para recuperar movilidad y hay movimientos que ya no puede hacer. "No me puedo arrodillar", explica y describe que buscó trabajo en blanco pero si bien de la cintura para arriba "lo ven bien", después no pasa el apto físico porque aparecen esas limitaciones.
La recuperación también incluyó el dolor emocional, por lo que tuvo que hacer terapia. "La pasé muy feo. Ahí entendí que tenía que salir adelante porque había una persona que dependía de mí y no tenía la culpa de nada", dijo.
La condena a Jofré fue de 2 años y 8 meses de prisión en suspenso y a la inhabilitación para conducir por cuatro años. Aunque evitó que el caso quedara impune, Héctor admite que el resultado lo dejó con sentimientos encontrados. "Los abogados me decían que teníamos un 50% de posibilidades de que no pasara nada. Logramos lo que pudimos lograr", resumió.
La sentencia contempla una reparación económica en cuotas de 500 mil pesos durante un año y reglas de conducta cuyo incumplimiento podría derivar en prisión efectiva. Sin embargo, para él el daño sufrido no puede medirse en dinero. "Mi vida vale más que seis millones de pesos. No me alcanza ni para comprarme una moto. La plata ya no vale nada", cuestionó. Por este motivo espera que la compensación económica más significativa sea lograda por la vía civil.
Pero lo que más le duele no es el monto de la condena, sino la ausencia de un gesto humano. Ocho meses después del choque, asegura que nunca recibió un mensaje para preguntarle cómo estaba ni un pedido de disculpas. Por el contrario, recordó: "cuando la señorita obtuvo la libertad antes de finalizar la prisión domiciliaria publicó imágenes festejando junto al mismo auto que me chocó". De manera insólita, la publicación señalaba "la próxima vez" haciendo referencia a un próximo accidente.
En este sentido apuntó: "No le veo una pizca de remordimiento. Podría haber mandado un mensaje y decirme '¿cómo estás?, disculpame'. Casi me quita la vida y deja a mi hijo sin padre", lamentó. Además, indicó que lo sorprendente es que ya se conocían con la conductora.
Con el resultado del juicio, Héctor asegura que no siente odio, pero sí bronca e impotencia: "Compartió en redes sociales una publicación periodística sobre el caso y cuestionó que se difundiera".
Mientras las cicatrices recorren todavía su cuerpo, sostiene que la herida más difícil de cerrar es otra: la de no haber encontrado del otro lado una señal de arrepentimiento. "Si hubiera frenado para ayudar, si se hubiera hecho cargo, sería distinto. Pero decidió irse. Como si nuestra vida no importara".