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Un médico aventurero que hizo de Neuquén su lugar en el mundo

Enrique Coronel. Hace más de 50 años, llegó a la provincia a trabajar con Gregorio Álvarez.
Llegó en 1963 tras encontrar trabajo como médico rural en el interior. Al poco tiempo llegó su mujer.

Dejó Neuquén durante algunos años por cuestiones laborales, pero siempre decidió regresar.

Los cuadros colgados en una casa pintan los rasgos de quienes viven allí. En la de Enrique Coronel hay pinturas de Nicaragua, Panamá y locales, como la que el hombre señala. El cuadro es sencillo: en un hogar de pisos de paja, una gallina azul y una familia mapuche rodean a un hombre que aparece de espaldas con un brazo levantado. "Con esa caña que tengo en la mano fabriqué una muleta para una nena cuando era médico rural en Loncopué", dice el doctor de espaldas a la visita. También tiene el brazo en alto y está en la misma pose que el médico de la pintura, pero 52 años después.

La historia de Enrique tiene olor a familia, a profesión y alma aventurera. Comenzó en Buenos Aires el 10 de abril de 1939, siguió en la secundaria del Liceo Militar San Martín y en la UBA, donde estudió Medicina. Pero cuando se recibió, el amor lo apuró a trabajar. "Me puse de novio con Elena y nos queríamos casar. Encontrar trabajo era difícil, porque se necesitaba un padrino que no tenía", dice Enrique y sonríe entre frase y frase. Hijo de una maestra y un laburante, contaba con el ejemplo de sus padres, que estipulaba que "con esfuerzo se progresa".

Comenzó a buscar trabajo en otras provincias y encontró dos posibilidades: una en Jujuy y la otra en Neuquén. "Hacía poco que Felipe Sapag había ganado las elecciones y el ministro de Economía era de apellido López Osorno, como mi mamá. No lo conocía, pero vine y le dije que necesitaba el trabajo que se ofrecía en Bajada del Agrio". Enrique tenía 24 años: estaba vestido de traje, corbata y llevaba un portafolio. El ministro lo miró y le preguntó desconfiado si conocía el lugar. El joven doctor le contestó que no, que en el tren había pasado por uno horrible llamado Darwin. "Bueno, es peor que eso", sentenció Osorno.

Finalmente, le ofrecieron trabajo en Copahue. Preparó sus cosas y se vino a Neuquén solo. Corría Noviembre del 63 y en el mismo momento que bajó del tren, muy lejos de acá el mundo se conmovía por la muerte de John F. Kennedy.

El ministro de Economía de Felipe Sapag era de apellido López Osorno, como mi mamá. No lo conocía, pero vine y le dije que necesitaba trabajo".

Una vez instalado en el complejo termal, le presentaron a su jefe, el doctor Gregorio Álvarez. "Había que cuidar que a la gente no le pasara nada y hacer la medicina general de cualquier pueblo. Como don Gregorio tenía 74 años, mucho hacíamos nosotros" "Había que cuidar que a la gente no le pasara nada y hacer la medicina general de cualquier pueblo. Como don Gregorio tenía 74 años, mucho hacíamos nosotros", dice.

Al año siguiente se casó y en abril, cuando terminó la temporada, Elena se vino a vivir con él. De diciembre a abril trabajaba en Copahue y el resto del año en Loncopué como médico rural. En ese pueblo de 800 habitantes no había TV, la radio que se escuchaba a la noche era de Chile y el teléfono más cercano estaba en un hotel de Las Lajas. Lo bueno era que había luz porque dos vecinos estancieros la generaban con unas turbinas.

Con un médico de apellido Pelalles organizaban como atender las necesidades del pueblo y zonas de influencia. Con la Policía iban a las escuelas de los parajes y juntaban a la gente que necesitaban atención o medicamentos y ejercían la medicina con pasión.

En el 67 nació su primer hijo, Pablo, y luego vinieron Diego y Nicolás. "En esa época me ofrecen hacer la especialidad de Rehabilitación en Buenos Aires, así que me fui por dos años. Después vinimos a vivir a Neuquén".

Trabajó en la ciudad hasta que lo llamó la Organización Panamericana de la Salud (OPS). Recuerda que Finlandia le había entregado dinero al organismo para desarrollar un tratamiento de rehabilitación en Nicaragua, después de una guerra de 10 años entre los sandinistas y el movimiento apoyado por Estados Unidos, que estaba en la frontera con Honduras.

"Me fui cuatro años a trabajar en la rehabilitación de los que habían estado en lucha. Pero cuando terminó el trabajo, me llamó el representante para que me quede, y me dieron 10 días para que lo piense", cuenta.

Volvió a Buenos Aires a la graduación de su hijo mayor. Elena estaba allí y le recomendó que fuera a ver la película Un lugar en el mundo, que se había estrenado hacía pocos días.

"Fui a verla solo y al salir iba por Corrientes y pensé ¿cuál es mi lugar en el mundo?. Y es Neuquén. Y acá estamos", dice con los ojos nublados.

Volvió y aquí se jubiló, trabajó en la Fundación de Estudios Patagónicos, fue parte del núcleo basal de la Escuela de Medicina. Del 78 al 82 fue presidente del Colegio Médico y en un mes la Sociedad Argentina de Medicina Física y Rehabilitación le dará el diploma de Maestro de la Rehabilitación.

"Hasta el 2000 seguimos yendo a Copahue, a veces a trabajar, otras no. Hoy disfruto de mis nueve nietos y del que viene en camino", dice parado en el hall de salida de su casa, y asegura que puede reír porque en la vida se dio todos los gustos.

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