El antes y el después del vino en la Patagonia.
El vino siempre fue vehículo de progreso. Con él llegan los trabajos firmes, los desarrollos intelectuales, los viajes y los negocios. Por eso, donde quiera que brota la vid brotan también mejoras a largo plazo de las que recién se toma conciencia con el tiempo. A diez años de la inauguración de Bodega del Fin del Mundo, pionera en el desarrollo de la vitivinicultura en Neuquén, ¿qué cosas cambiaron en la región de la mano del vino?
Apertura del mapa: Mendoza siempre mandó en materia de vinos, con San Juan creciendo a la zaga. Juntas suponen el 90% de la producción nacional. El resto se reparte principalmente entre Salta, La Rioja y la Patagonia. Las inversiones de San Patricio del Chañar, en ese sentido, corrieron la balanza productiva hacia la Patagonia, que hoy representa el 1,5 del viñedo argentino. Con un dato relevante: mientras que en 1990 el viñedo patagónico había retrocedido a 2.500 hectáreas, hoy suma 4.000 en pleno ascenso, principalmente en Neuquén.
Reposicionamiento austral: el empuje de las inversiones de San Patricio del Chañar atrajo la atención de la prensa nacional e internacional. Así la Patagonia reverdeció en el imaginario del consumidor, con nuevos vinos y estilos. Y la marca regional cobró nuevo valor y dimensión dentro y fuera de Argentina.
Reconversión varietal: a contar de 1990, se dio en todo el país una reconversión de variedades especialmente tinta. En ninguna otra región sucedió lo que en la Patagonia: se plantó la mitad del viñedo de Pinot Noir nacional destinado a vinos tranquilos y se convirtió así en estrella de la zona, seguido del Malbec y ahora también Cabernet Franc. Cepas tradicionales como Merlot o Cabernet, son minoritarias y están algo fuera de foco.
Difusión del Pinot Noir: si no fuera por la Patagonia, el Pinot Noir sería una uva desconocida para los consumidores argentinos. Hoy, en cualquier góndola o mesa la gente sabe de su existencia y raro sabor de contrastes, gracias a las inversiones de la región.
Inyección de capitales: levantar 1.500 hectáreas de viñedos, con sus postes, alambres, plantes y sistemas de riego, y construir siete bodegas en pleno funcionamiento y crecimiento, requiere de una cuantiosa inversión. Apoyados por el gobierno provincial con créditos blandos, el dinero prestado fue puesto en producir por los bodegueros locales. A la fecha esa es una realidad concreta que suma valor a la región.
Investigación de la zona: si bien es verdad que los viñedos fueron comprados llave en mano, no lo es menos el hecho de que ponerlos a trabajar para adaptarlos a los vinos que hoy se elaboran implicó investigar. Así, de la parte central del valle las viñas fueron subiendo hacia la barda en estos diez años: allí se exploraron suelos, insolación y otros rangos de temperatura. Ese desarrollo y experiencia es capital intelectual de las bodegas de la región.
Generación de empleo: a diferencia de muchos cultivos, el de la vid reclama gente en forma constante, tanto como una persona fija cada 4 hectáreas de vid o un mínimo de 8 empleados de bodega por cada medio millón de litros (datos promedio). Es decir que el sector neuquino da trabajo a unas 500 personas por año en forma estable. Puestos (y salarios) que no estaban antes de la apertura de las bodegas.
Revitalizó el consumo: hay una suerte de orgullo aparejado al hecho de ser una región productora que motiva a los consumidores a conocer en profundidad sus vinos y los de otras provincias y países. Así, sólo en la ciudad de Neuquén, brotaron vinotecas, conocedores, sommeliers y hasta clubes privados de vino. Algo impensable antes del polo vitivinícola de San Patricio.
Promovió la marca: hasta la llegada de San Patricio del Chañar la Patagonia era un rincón perdido en la geografía del vino argentino. Ahora, la marca Patagonia y Neuquén ocupan un lugar en el mundo, empujada por los consumidores de todas las latitudes a las que llega su vino, agregándole valor con cada botella descorchada.
Generación de nuevas inversiones: no es ningún secreto que varias bodegas mendocinas se abastecen hoy de uvas y vinos especialmente de Neuquén; tampoco, el hecho de que inversores como Catena o La Rural estudiarían afincarse en la zona, así como que el grupo Claro, chileno, desembarcó en Añelo. En suma, el vino es un vehículo generador de negocios, que también mueve una nueva economía en su círculo virtuoso.
Degustación en Bodega del Fin del Mundo
El próximo 26 de abril la bodega celebra su décimo aniversario con un evento para invitados, clientes, proveedores, periodistas y amigos. Tendrá lugar en el establecimiento entre las 11 y las 15 horas y estiman unas 350 personas en total. El atractivo central es la cata que se hará en 10 estaciones: las joyas de la casa a contar de 2003, empezando por Malbec y Sauvinon blanc cosecha 2003 hasta los vinos elaborados en 2012.


