El fenómeno despierta interrogantes entre los especialistas, que analizan cómo las transformaciones ambientales podrían modificar las condiciones geológicas en distintas regiones.
Durante años, los terremotos fueron asociados principalmente con el movimiento de las placas tectónicas. Sin embargo, distintas investigaciones comenzaron a analizar si algunos efectos derivados del cambio climático pueden modificar las condiciones de la corteza terrestre y favorecer determinados movimientos sísmicos.
La hipótesis no sostiene que el calentamiento global sea responsable de los grandes terremotos tectónicos. Por el contrario, los especialistas remarcan que no existe actualmente consenso científico que permita relacionar el cambio climático con un aumento de la frecuencia o la magnitud de los grandes terremotos. La posible conexión aparece principalmente en sismos de menor intensidad y en regiones geológicamente sensibles.
Uno de los mecanismos estudiados está relacionado con el retroceso de los glaciares. Cuando grandes masas de hielo se derriten, disminuye el peso que ejercen sobre la superficie terrestre. Esa reducción puede generar un proceso conocido como rebote isostático, mediante el cual la corteza comienza a elevarse y puede modificar las condiciones de las fallas.
El geólogo Gustavo Ortiz explicó a Infobae que este mecanismo puede producir sismos, aunque generalmente de baja magnitud. El fenómeno también tiene antecedentes históricos: luego de la última era de hielo, el derretimiento de enormes glaciares provocó fuertes movimientos de la corteza en zonas como Escocia y Escandinavia. Algunos de aquellos terremotos, ocurridos entre 11.000 y 7.000 años atrás, habrían superado la magnitud 8.
Un estudio de la Colorado State University analizó este mecanismo en las Montañas Sangre de Cristo, en Colorado. Los investigadores determinaron que una de las principales fallas de la zona llegó a desplazarse cinco veces más rápido después del retroceso de los glaciares que durante los períodos en que permanecía cubierta por hielo.
La relación entre clima y sismicidad no se limita al hielo. Las precipitaciones intensas, el deshielo y las variaciones en el nivel de lagos y ríos pueden modificar la presión ejercida sobre la corteza o permitir que el agua penetre en fracturas profundas.
Un caso estudiado se encuentra en el macizo del Mont Blanc, entre Francia e Italia. Una investigación que analizó quince años de registros sísmicos detectó desde 2015 un incremento periódico de terremotos asociado con el deshielo. El agua procedente de los glaciares se infiltra por las fracturas de la montaña y modifica la presión subterránea, lo que puede reactivar fallas que permanecían inactivas.
También se estudió el efecto de las lluvias monzónicas en el Himalaya. Allí, la acumulación de agua sobre la superficie añade peso y contribuye a estabilizar temporalmente la corteza. Cuando finaliza la temporada de lluvias y esa carga desaparece, se produce un rebote que puede favorecer la actividad sísmica. Según el análisis citado por Infobae, el 48% de los sismos registrados en el Himalaya ocurre durante los meses secos previos al monzón, frente al 16% durante la temporada de lluvias.
Los cambios ambientales también pueden generar efectos similares cuando disminuye el nivel de grandes masas de agua.
En el Rift de África Oriental, una investigación analizó la evolución del Lago Turkana y determinó que, después del Período Húmedo Africano, su nivel descendió entre 100 y 150 metros. La reducción de esa carga modificó las condiciones de la corteza y estuvo asociada con un incremento de la actividad de las fallas.
El estudio analizó 27 fallas y calculó que su desplazamiento aumentó, en promedio, 0,17 milímetros por año. Los investigadores plantearon que la pérdida de agua no solo redujo el peso sobre la superficie, sino que también pudo favorecer la formación de magma en las cámaras subterráneas.
Los expertos establecen una diferencia fundamental. Los grandes terremotos tectónicos, como los registrados recientemente en Colombia y Venezuela, se originan principalmente por procesos naturales vinculados con el movimiento de las placas y no hay evidencia científica suficiente para atribuir su frecuencia o magnitud al cambio climático.
Otra categoría corresponde a la denominada sismicidad inducida, vinculada con actividades humanas como la inyección de agua en profundidad, el fracking, la minería o la extracción de hidrocarburos. También existen antecedentes de actividad sísmica asociada al llenado de grandes embalses.
Por eso, la cuestión que investigan actualmente los científicos no es si el cambio climático puede “crear” terremotos, sino si las modificaciones en las cargas de hielo y agua pueden alterar el comportamiento de fallas que ya son geológicamente activas. Los estudios citados muestran que esos cambios pueden modificar la frecuencia de determinados sismos, aunque todavía no permiten afirmar que el calentamiento global vaya a provocar una mayor cantidad de grandes terremotos.