Croquetas deliciosas. Doradas por fuera, suaves por dentro y acompañadas por un alioli casero.
Las croquetas de espinaca tienen algo de cocina de siempre. Aparecen en las mesas familiares, en las picadas improvisadas y en esas recetas que pasan de generación en generación sin demasiadas vueltas.
Son de esas preparaciones nobles: pocos ingredientes, una sartén con aceite caliente y una mezcla que, de pronto, se transforma en pequeñas croquetas doradas y crocantes.
Funcionan para casi cualquier momento. Van bien como entrada, como acompañamiento o simplemente como algo rico para compartir en una mesa informal. También tienen ese espíritu de cocina rendidora: un puñado de espinaca, un poco de queso, huevos y harina alcanzan para armar una fuente entera.
En esta versión se sirven con alioli, una salsa clásica de ajo y aceite que suma carácter y termina de redondear el plato. Una combinación simple, directa y muy de cocina casera.
Aquí acompañada de un alioli imbatible sin huevos. Una crema que se lleva demasiado bien con estas croquetas.
Para sumar una a todas las semanas. Para comer con la mano y compartir. Para no matarse cocinando. Ideal para acompañar con un vermouth o una copa de Deseado Rosé helada
2 atados de espinaca (o uno bien grande)
3 huevos
3 cucharadas de harina
½ cebolla
1 diente de ajo
150 g de queso rallado
aceite para freír
sal y pimienta
½ taza de leche
1 diente de ajo
1 taza de aceite de oliva
sal a gusto
En el vaso de la mixer colocar la leche, el diente de ajo sin el brote central y una pizca de sal. Incorporar el aceite de oliva y dejar reposar unos segundos hasta que los líquidos se separen.
Apoyar la mixer en el fondo del vaso y comenzar a procesar sin moverla. Cuando la mezcla empiece a emulsionar, subir lentamente la mixer hasta lograr una salsa cremosa y homogénea.
El resultado es un alioli suave pero con carácter, ideal para acompañar las croquetas.
Lavar bien la espinaca y cocinarla en una olla con poca agua y una pizca de sal. Una vez que esté tierna, escurrirla muy bien y picarla finamente.
Picar la cebolla y el ajo y saltearlos en una sartén con un poco de aceite hasta que queden transparentes.
En un bowl mezclar los huevos con sal y pimienta. Agregar la espinaca escurrida, la cebolla y el ajo salteados, la harina y el queso rallado. Integrar todo hasta obtener una preparación uniforme.
Calentar aceite en una sartén u olla pequeña.
Con una cuchara tomar porciones de la mezcla y dejarlas caer en el aceite caliente. Si se quiere una forma más redondeada se pueden usar dos cucharas para armarlas.
Freír hasta que estén doradas de un lado, dar vuelta y terminar la cocción del otro lado. El proceso es rápido, así que conviene vigilarlas para que no se pasen.
Retirarlas y colocarlas sobre papel absorbente para eliminar el exceso de aceite.
Servirlas calientes, acompañadas con el alioli.
Después pasa lo de siempre: alguien prueba una, otro repite y la fuente empieza a vaciarse rápido. Porque las croquetas tienen ese efecto. Son simples, ricas y siempre dan ganas de comer una más.
Las croquetas tienen algo irresistible. Esa capa dorada que cruje al morderla y un interior cremoso que puede esconder casi cualquier cosa: jamón, pollo, espinaca, queso o lo que haya quedado en la heladera.
Hoy son parte del paisaje cotidiano de muchas mesas argentinas. Aparecen en cumpleaños, en picadas, en bodegones o en esas comidas de domingo donde alguien siempre trae “algo para compartir”. Pero detrás de esa aparente simpleza hay una historia larga que empieza lejos, muy lejos de nuestras cocinas.
Porque lo curioso es que las croquetas no nacieron como comida humilde. Al contrario: sus primeros pasos se dieron en las cocinas de la nobleza europea.
El origen de las croquetas se remonta a la Francia del siglo XVII. El nombre viene del verbo francés croquer, que significa “crujir”, una referencia directa a ese sonido inconfundible que hace la corteza cuando se rompe.
Las primeras versiones del plato aparecen asociadas a la cocina aristocrática. Se suele atribuir su creación a François Massialot, un chef que trabajó para la corte francesa y que en 1691 publicó el libro Le cuisinier royal et bourgeois. Allí aparece una preparación muy parecida a lo que hoy conocemos como croquetas: una mezcla de carne picada ligada con una salsa cremosa, moldeada y luego frita.
En aquel momento no era una receta popular ni mucho menos. Era un plato de banquete, pensado para mesas nobles, muchas veces decorado con ingredientes caros o especias exóticas.
Lo que vino después fue un recorrido curioso: ese plato refinado empezó a viajar por Europa y, en el camino, se volvió cada vez más simple.
Desde Francia, las croquetas comenzaron a expandirse por distintas cocinas europeas. Cada país las fue adaptando según sus productos, sus costumbres y también según sus necesidades.
En España, por ejemplo, encontraron un terreno fértil. Allí las croquetas se volvieron parte de la cocina cotidiana y, sobre todo, de la cultura del aprovechamiento. La bechamel empezó a mezclarse con sobras de pollo, pescado, jamón o verduras, dando lugar a uno de los clásicos más queridos de la gastronomía española.
En Italia aparecieron preparaciones emparentadas, como los arancini sicilianos, bolitas de arroz rellenas y fritas que comparten el mismo espíritu. En los Países Bajos surgieron las kroketten, generalmente hechas con carne vacuna o de cerdo.
Cada lugar fue poniendo su sello, pero la lógica era siempre la misma: transformar ingredientes simples —muchas veces restos de otras comidas— en algo sabroso.
Como tantas recetas de la cocina europea, las croquetas llegaron a América Latina de la mano de las migraciones.
En Argentina, su historia está muy ligada a las grandes olas inmigratorias de fines del siglo XIX y comienzos del XX. Españoles e italianos trajeron consigo sus recetas familiares y, con el tiempo, esas preparaciones se mezclaron con productos locales y con la lógica doméstica de aprovechar lo que hubiera disponible.
Así empezaron a aparecer versiones hechas con papa, acelga, arroz, choclo o restos de guisos. En muchas casas se transformaron en una solución práctica y económica para no tirar comida.
Y lo que alguna vez fue un plato aristocrático terminó convertiéndose en una receta profundamente casera.
En Argentina las croquetas encontraron su lugar definitivo. Hoy forman parte tanto de la cocina familiar como del menú de bares y bodegones.
Aparecen en picadas, como entrada o como acompañamiento. Las de papa son probablemente las más populares: puré bien condimentado, a veces con un corazón de queso que se derrite en el interior.
También son muy comunes las de espinaca, las de arroz o las de pollo. Cada casa tiene su versión y cada cocinero su secreto.
En los últimos años, además, volvieron a ganar protagonismo en restaurantes y cocinas más contemporáneas. Muchos chefs las reinterpretan con nuevos ingredientes: hongos, quinoa, batata o carnes menos habituales como cordero patagónico o llama.
La croqueta, una vez más, demuestra su capacidad de adaptarse.
Si hay algo que define a las croquetas es su capacidad de transformar lo simple en algo memorable.
Su historia arranca en las cocinas elegantes de la corte francesa, pasa por las mesas populares de Europa y termina en hogares de todo el mundo. En ese camino el plato cambió, se simplificó y se volvió parte de la cocina cotidiana.
En Argentina encaja perfecto con esa tradición de ingenio y aprovechamiento que atraviesa muchas recetas familiares.
Desde las abuelas que las preparan en una sartén bien caliente hasta los cocineros que las reinventan en restaurantes, las croquetas siguen funcionando como un puente entre épocas, culturas y generaciones.
Y quizá por eso cada vez que una croqueta llega a la mesa pasa lo mismo: alguien la prueba, alguien más repite y, sin darse cuenta, uno está comiendo un pequeño bocado con varios siglos de historia.