Doradas, crocantes y rendidoras. Una receta simple con historia, ideal para horno o fritas, que transforma la merluza en puro confort.
En Argentina, la milanesa no es una comida. Es un idioma.Y como todo idioma vivo, muta, se adapta, encuentra nuevas formas de decir lo mismo. En ese juego aparece la milanesa de merluza: más liviana, más amable, pero con el mismo ADN que la de carne. Esta receta es crujiente por fuera, tierna por dentro y siempre a manopara salvar un almuerzo.
No hace falta mucho. Un buen filet, un rebozado bien hecho y un horno o sartén caliente. El resto es historia.
Como casi todo en nuestra cocina, la milanesa tiene raíz migrante. Nació en Milán como la famosa cotoletta y cruzó el océano con los inmigrantes que llegaron al Río de la Plata.
Acá cambió. Se volvió más popular, más cotidiana, más nuestra. Y en ese proceso aparecieron versiones nuevas: pollo, berenjena, soja… y pescado.
La de merluza encontró su lugar en las cocinas cercanas al mar, donde el producto era fresco, accesible y noble. Con el tiempo, cruzó el país y terminó en todos lados: casas, comedores escolares, rotiserías y freezers.
Parece una receta simple —y lo es—, pero tiene sus códigos:
Ese orden, ese gesto repetido, es lo que transforma un pescado en milanesa. Después viene la decisión personal: fritas o al horno. Tradición o practicidad. Ambas funcionan.
Durante años, esta versión fue protagonista de los menús escolares y de vigilia. Viernes sin carne roja, bandeja con puré y milanesa de merluza. Un clásico.
Pero con el tiempo cambió su destino. Se aggiornó. Mejoró materias primas, sumó texturas, ganó terreno en cocinas más exigentes.
Hoy puede ser plato de todos los días o protagonista de una carta.