Un plato reconfortante para los días frescos. Historia breve y receta del guiso de lentejas, un clásico de olla que nunca falla.
Cuando el frío empieza a instalarse, hay comidas que vuelven inevitablemente a la mesa. El guiso de lentejas es una de ellas. Nutritivo, sabroso y rendidor, es un plato que combina proteínas, fibra y energía en una preparación sencilla que se disfruta tanto cocinando como comiendo.
Además, tiene algo que lo vuelve especial: es un plato colectivo. Cada casa tiene su versión, cada cocinero suma su pequeño truco. Pero si hay dos reglas que siempre funcionan son las mismas: cocinar sin apuro y condimentar bien. El fuego bajo y el tiempo hacen el resto.
Si las lentejas requieren hidratación, lo mejor es dejarlas en remojo durante la noche anterior. También existen variedades que se pueden cocinar directamente, aunque el remojo siempre ayuda a mejorar la textura.
Picar finamente la cebolla, el ajo y el morrón. Reservar.
Pelar la papa y cortarla en cubos pequeños para que se cocine de manera pareja.
En una olla amplia colocar la panceta en cubos y los chorizos para dorarlos. Cuando estén sellados, retirarlos momentáneamente. En la misma grasa que soltaron las carnes, sumar la cebolla, el morrón y el ajo para que se rehoguen lentamente. Incorporar también las hojas de laurel.
Cuando las verduras estén tiernas y ligeramente doradas, volver a sumar la panceta y el chorizo. Añadir la salsa de tomate y cocinar unos minutos para integrar sabores.
Agregar las lentejas y cubrir parcialmente con caldo. Condimentar con sal, pimienta, comino y pimentón. Mezclar bien, tapar la olla y sumar la papa en cubos.
Dejar cocinar a fuego moderado, agregando caldo de a poco si la preparación lo necesita.
Cuando las lentejas estén blandas y el guiso haya tomado cuerpo, apagar el fuego y dejar reposar unos minutos antes de servir. Terminar con verdeo o perejil fresco picado para darle un toque final.
Las lentejas, cuyo nombre científico es Lens culinaris, forman parte de la alimentación humana desde hace miles de años. Se originaron en la zona del Medio Oriente y el Mediterráneo y con el tiempo su cultivo se expandió por todo el mundo gracias a su valor nutritivo y su adaptabilidad a distintos climas.
Hoy siguen siendo una de las legumbres más consumidas: aportan proteínas vegetales, fibra, vitaminas y minerales esenciales.