Guillermo Olivera creó una obra de 376 páginas con 9 subregiones, datos, mapas y relatos para entender el terroir del sur argentino.
El “Terroir” es todo. Es el ecosistema del vino, el sitio donde todas las variables biológicas, naturales, climatológicas, geográficas y energéticas van a forjar una identidad que luego estará en una botella, que luego pasará a una copa y terminará en tu boca. Parece una canción de Drexler, pero es así, una historia movida por el deseo y la inquietud.
“Terroir de la Patagonia Argentina”, el libro de Guillermo Olivera, es exactamente eso.
La idea original no tenía esta escala. Era más simple. Viajar, sacar fotos, hacer algo entre amigos. Pero con el tiempo, ese recorrido se transformó en una obra concreta, física, de 376 páginas, que reúne a más de 70 elaboradores de vino patagónico, distribuidos en nueve subregiones bien diferenciadas.
No es un dato menor. La Patagonia, en términos vitivinícolas, suele pensarse como un bloque. Pero el libro rompe con esa idea y la fragmenta. Ordena el territorio en zonas que van desde los valles de Río Negro y Neuquén hasta regiones más australes como Chubut, incluyendo también desarrollos en La Pampa y el sur de la provincia de Buenos Aires. Esa decisión editorial no es solo estética: es una forma de mostrar que el terroir no es uniforme.
El concepto de terroir, de hecho, es uno de los ejes centrales del libro. Y está abordado desde una mirada amplia. No solo como suelo y clima —que en Patagonia ya de por sí tienen características muy marcadas como la amplitud térmica, los vientos secos y las bajas precipitaciones— sino también como construcción cultural.
Por eso el libro no se queda en la ficha técnica. En cada bodega hay información sobre su historia, su entorno, su forma de producción. Hay viñedos centenarios en el Alto Valle, plantados por inmigrantes italianos, conviviendo con proyectos más recientes en zonas como Trevelin o Gaiman, donde la tradición vitivinícola es más joven.
Esa diversidad también se ve en la escala. No todo son grandes bodegas. Al contrario: uno de los aportes más interesantes del libro es visibilizar a pequeños elaboradores dispersos en el mapa. Proyectos como Pueblo Encantado en Taquimilán, Familia Herrero en Guardia Mitre o Estancia Los Robles en Paso del Sapo aparecen con el mismo peso narrativo que otras bodegas más conocidas.
El criterio es claro: mostrar a todos.
Y eso se traduce en otra decisión concreta: la participación en el libro fue gratuita. Voluntaria. Sin costo para las bodegas. En un contexto donde la visibilidad suele depender del presupuesto, este gesto cambia la lógica y amplía el mapa.
En términos visuales, el libro también tiene una fuerte impronta. Incluye más de 420 fotografías, todas tomadas por el propio Olivera. Pero no son imágenes pensadas solo desde lo estético. Hay un criterio: que cada foto aporte información. Que permita entender cómo es ese viñedo, cómo se trabaja, cómo es el suelo, el sistema de riego, la infraestructura.
Esa decisión condiciona incluso la selección. A veces, según cuenta, tuvo que dejar de lado fotos más impactantes visualmente en favor de otras que “contaban más”.
A eso se suma otro elemento clave: los mapas. El libro incluye 11 mapas diseñados por el propio autor, donde se ubican las distintas subregiones y los puntos productivos. No es un detalle menor. Son herramientas concretas para leer el territorio, para entender distancias, climas, ubicaciones.
En la misma línea, hay una sección completa con datos de contacto de cada bodega y servicios turísticos. El libro funciona también como guía. Una guía ampliada, si se quiere, que no solo orienta sino que contextualiza.
Y ahí aparece el vínculo con el enoturismo. Olivera lo plantea como una herramienta clave para acercar el vino al público, pero con una mirada realista: no todas las bodegas están en condiciones de desarrollar ese perfil. Por eso, el libro no fuerza ese relato, sino que lo ofrece como posibilidad.
Otro aspecto interesante es el formato bilingüe. Los textos están en español e inglés, lo que amplía el alcance y posiciona el libro también como un producto pensado para el turismo internacional.
Detrás de todo esto hay un nivel de autogestión que explica muchas decisiones. Olivera no solo recorrió las bodegas y tomó las fotos: también diseñó el libro, armó los mapas, creó el sitio web del proyecto y financió los viajes de su propio bolsillo. Incluso organizó un sorteo para poder pagar la traducción de los textos.
La primera tirada fue de 60 ejemplares. Luego vino una reimpresión de 50 más. Números chicos si se los compara con el mercado editorial, pero coherentes con la escala del proyecto.
Hay también nombres que acompañan desde otros lugares. El prólogo está a cargo de Marcelo Miras, una referencia del vino patagónico. Y hubo colaboraciones en la corrección de textos y en distintas etapas del proceso.
Pero más allá de los datos, hay una idea que atraviesa todo el libro. La de construir un relato donde el vino no es el único protagonista. Donde el foco está en el territorio y en las personas.
En esa búsqueda aparece una forma de escribir que intenta equilibrar lo informativo con lo sensible. Un registro que no es técnico ni completamente narrativo. Algo que, en palabras del propio Olivera, toma cierta inspiración de la manera en que Atahualpa Yupanqui describe paisajes y experiencias.
El resultado es un libro que no se limita a catalogar bodegas. Que no se queda en la ficha. Que propone un recorrido.
Uno que se puede leer, pero también usar. Uno que invita a viajar, pero antes que nada, a mirar.
El libro recientemente fue declarado de interes por la Legislatura de Neuquén y estará participando de la feria del libro de Buenos Aires.