Nacieron en un localito del Bajo, superaron a crisis, mudanzas y duelos, y hoy guardan el secreto de la masa que enamora a cuatro generaciones.
A sus 60 años, la pizzería más antigua de Neuquén no se detiene. El próximo jueves, Horacito celebrará seis décadas de historia con amigos, familias y clientes de toda la vida, en lo que será también el puntapié inicial de una nueva etapa: si los tiempos acompañan, el clásico local estrenará antes de fin de mes un salón con capacidad para unas 70 personas.
Hoy, al frente de este bastión de la gastronomía neuquina están los hermanos Horacio y Claudio Hernández, quienes continúan escribiendo una historia que comenzó mucho antes con sus padres, Jorge Hernández y Delia Alcaraz.
Cuando apenas eran unos pibes que no llegaban a los 15 años los hermanos ya se arremangaban para poner su cuota de esfuerzo y responsabilidad con el negocio familiar. Había tiempo para estudiar, jugar con los amigos del barrio y laburar, algo que su madre les inculcó y dejó bien claro. Cargar las heladeras, hacer las cajas de las pizzas, cobrar y atender formaba parte de esos primeros quehaceres.
“Éramos muy chicos. Era ir a manotear alguna factura y cuernitos para comer. Teníamos todo al alcance. Después, cuando tenía 10 años y mi hermano 13, nos comenzamos a involucrar con el negocio”, recuerda Claudio.
"Nuestra vida de chicos siempre estuvo ligada al negocio hasta que cada uno siguió su camino. Pero siempre estuvimos cerca. Particularmente, se me producen sensaciones y nostalgia”, agrega Horacio.
Para ellos, el peso de la historia se vuelve palpable al mirar el calendario: “Se toma dimensión cuando llegan estas fechas. Y decís ‘Mierda, 60 pirulos’. Pasa muy rápido el tiempo y te das cuenta de que acompañaste todo lo que fue el crecimiento (de la pizzería)”.
La aventura familiar tiene raíces profundas. Jorge, el alma mater del proyecto, había comenzado a trabajar a los nueve años vendiendo carne en bicicleta y diarios, hasta que entró a una panadería donde aprendió el oficio. Su hermano, en 1951, había abierto un local en Centenario y, nueve años más tarde, montó una confitería donde nacería lo que sería la famosa masa de su pizza al molde. En 1965 instaló en La Colonia la pizzería Las Palmeras -junto a Nato, su cuñado-, antes de independizarse para hacer su propio camino.
Junto a Delia Alcaraz, abrieron las puertas de Horacito en 1966 en la calle Perito Moreno 446. Por entonces, Jorge había apostado por el Bajo neuquino -la zona comercial por excelencia-, rodeado de hitos como la Cooperativa IOSE, el almacén Torren, la rotisería Lastre, El Ancla (dedicado a los embutidos), la farmacia Fittipaldi y la despensa de Don Porfirio, un italiano que había cambiado la guerra por la Patagonia.
Tras esa primera etapa, la pizzería se mudó a Chile y Don Bosco, un movimiento que le cambiaría la vida a Barrio Nuevo y se convertiría en un verdadero “boom” de la época, llegando a vender alrededor de 120 pizzas por día.
“Hasta el día de hoy hay vecinos de esa época que nos recuerdan y que extrañan aquellos tiempos”, dice Horacio. Aquella infancia transcurrió entre las calles, la escuela y el mostrador: “Fue una etapa muy linda. Jugábamos en las calles, íbamos al colegio y después había que estar en la pizzería. El negocio era un saloncito, teníamos un baño y nada más. Mis papás tenían dos sillas y a veces las juntábamos y nos dormíamos cuando teníamos sueño. Éramos chicos y nos llevaban al negocio”, recuerda Clocho, como lo llaman los más cercanos.
En 1981, Horacito sentó sus bases definitivas en Félix San Martín 544. “Cuando llegamos a Félix San Martín las calles eran de tierra, con un canal de desagüe enfrente del negocio y la Ruta 22 cerca”, rememora el mayor de los hermanos. Esa mudanza, sin embargo, dejó una marca insólita: “Fue la única vez que no pudimos salir. Nos agarramos hepatitis. En ese tiempo se estaba haciendo el cambio de dimensiones del local (que se amplió en 2010) y atrás, pegado, se encontraba la casa”.
Si algo caracterizó a Jorge fue su conducta y su conservadurismo con los productos. En su cartelería figuraban siempre las mismas variedades infaltables: jamón y queso, fugazeta, muzzarella, especial con morrón, fugaza y anchoas. Aunque a muchos les sorprenda, esas variedades se mantuvieron en el cartel durante 40 años. Y la gente, desde el día cero, siempre respondió.
“Nunca quise tener empleados. Y para la familia era más fácil. La clientela sabe qué es el clásico y con qué se va a encontrar”, solía decir Jorge cuando le consultaban por su filosofía de trabajo.
La partida de Delia en 2005 fue un golpe al corazón y, al mismo tiempo, un punto de inflexión absoluto en la historia del local. “Hubo que tomar una decisión. Era continuar con el negocio familiar de 40 años o cerrarlo”, sostiene Horacio. “La idea de ellos -nuestros padres- fue siempre que no nos involucráramos del todo, que hiciéramos nuestra vida. Ellos manejaban el negocio de taquito. Pero realmente comenzamos a tomar dimensión de la pizzería ante la ausencia de mi vieja”.
"Muchas veces uno no se da cuenta; ella siempre fue un gran sostén porque también era madre y se ocupaba de mi papá y nosotros”, agrega.
Claudio, que es periodista deportivo, ya venía acompañando a Jorge y Delia un par de años antes de manera paralela a su labor en medios locales. Para Horacio, en cambio, el quiebre laboral fue más drástico: “Me costó dejar de trabajar en una aseguradora. Fue tomar la decisión de acompañar o no, y el negocio terminó captándonos”.
Ese nuevo ciclo significó conocer más a Jorge y acompañarlo en el duelo. “Él estaba acostumbrado a que Delia no solo estuviera en la parte del negocio sino también en la casa. Había que ocuparse de su ropa, de la comida, de las compras, entre otras muchas cosas. Fue todo nuevo. La muerte de mamá no dejó mucho para analizar: había que estar”, asegura Clocho.
“Había que congeniar en el trabajo y acompañarlo. Él estaba muy renegado, algo propio del duelo que estaba haciendo. Costó la convivencia y después los cambios que vinieron en el negocio. Nosotros (él y su hermano) estuvimos 10 años vendiendo cinco variedades a pasar a vender 18. La gente lo pedía y aún sigue haciéndolo”, acota Horacio.
Jorge transitaba sus 70 años cuando su compañera dijo adiós. Aunque siempre siguió pegado al horno, el cuerpo comenzó a pedirle tranquilidad. “Tenía que cuidar su estado de salud y ya no podía amasar. Se relajó y después casi no tenía incidencia en lo laboral. Igual, para él era una duda cómo nosotros íbamos a responder al negocio, si podíamos estar a la altura y tener ese grado de conocimiento”, destaca Claudio.
Jorgito presentaba una insuficiencia cardíaca y, en una de sus internaciones, Claudio debió tomar la posta definitiva: “Fue ir a la clínica y decirle ‘Papá, qué tengo que hacer’, porque él nunca dejó que nadie se metiera con la masa”.
“Tenía un poco el conocimiento, pero los tiempos de la masa y todo lo que conllevaba los manejaba él. Cuando supimos que no iba a poder trabajar, fue decirle ‘Papá, tengo que arrancar’, y me dio las cantidades de todo para comenzar a amasar. Me dio hasta el peso que debe llevar cada bollo”, cuenta Clocho, quien continúa sacando la misma pizza que hizo su padre toda la vida.
“No fue fácil lograr la misma masa: a veces quedaba un poco blanda, otro día más dura. Fueron unos dos o tres meses hasta encontrar el punto exacto. No escuché muchos clientes que hayan dicho que la pizza había cambiado. Fueron tres o cuatro, pero obviamente nunca falta quien diga que no es igual a la de mi papá”.
El 21 de enero de 2021, en plena pandemia, el padre de la pizza neuquina nos dejó a los 85 años. La sociedad neuquina lo lloró y despidió masivamente en los portales de noticias, destacando su amabilidad, respeto y seriedad. Desde tempranas horas, la figura de Hernández se adueñó de las redes sociales, que mantuvieron vivo el recuerdo hasta la tarde noche.
“Fueron impresionantes los comentarios de tanta gente que quería y quiere a la pizzería. Hasta dónde llegó... Fue despertar y darse cuenta de que, a pesar de ser un negocio chico, la trascendencia que tuvo”, sostiene Claudio.
“Siempre fue un negocio familiar, chico, y así y todo, cuánta gente participó en eso. Todo el mundo recordándolo. En todos estos años sumó una cantidad de vínculos que todavía se siguen manteniendo”.
El neuquino de toda la vida sabe que la pizza al molde que ofrece el negocio es única. Y si de comparaciones se trata, Horacito entra cabeza a cabeza con legendarias pizzerías porteñas como El Cuartito o Güerrín. Y no es una exageración.
“Nuestro termómetro es la comunidad zíngara de acá, que viaja mucho a Buenos Aires. Ellos son clientes nuestros desde hace muchos años y nos han dicho que todavía no han probado ninguna pizza que iguale a Horacito”, revela Horacio. “Uno piensa y dice ‘Bueno, son fanáticos’... pero he tenido la oportunidad de viajar seguido a Buenos Aires, empezar a probar y observar. Y me di cuenta de que no hay nada que envidiarles. Uno después hace clic. No te das cuenta porque estás todo el tiempo sacando el producto, pero cuando te paras en Güerrín, Las Cuartetas, La Pizzeta, El Cuartito... si ponemos la pizzería en Buenos Aires y... no sé si no les mojamos la oreja”.
Ese trabajo artesanal se cuida como un tesoro: “De ninguna manera se nos pasa por la cabeza cambiar el producto que hizo mi viejo. Nuestra pizza requiere otro trato. Un amasado que se da muy temprano y después reposo. Hay gente que le da un valor agregado”, asegura Claudio.
La pizzería nunca necesitó de publicidad masiva ni marketing. “La mejor publicidad, y que sigue funcionando hasta hoy, es el boca a boca”, señala Clocho. “¿Fuiste a Horacito? ¿No conocés la pizza de Horacito? ¿Todavía no probaste la de Horacito? Ese fue el mejor resultado y método. Ahora con las redes sociales hemos tenido otra repercusión, se ha dado otro salto, pero siempre fue así”.
La cuestión generacional es un reflejo vivo de ese éxito: hoy, hasta cuartas generaciones de familias neuquinas siguen eligiendo el lugar. “Siempre hay personas que te hacen el comentario de que su abuelo o su papá venían a comprar. Hay quienes vienen y mantienen la costumbre de charlar quince minutos de deporte o de cualquier tema, y también de tomarse una foto en la pizzería”.
Claudio tiene dos hijos, Olivia y Juan Martín, que son el fiel reflejo de lo que pasa con las recientes generaciones. "Juan Martín sabe lo que significa la pizzería y su abuelo (Jorge). Y sus amigos le han contado que tal familiar iba o va a comprar desde hace varios años a la pizzería", cuenta Clocho.
El alcance ya no conoce fronteras. “Hay gente que se fue de Neuquén y vive en Canadá, Inglaterra, España. Y cuando regresa, después de unos cinco años, viene a visitar la pizzería. Hace poco vino una chica que está en Inglaterra y nos contó que nos sigue por las redes”, destaca Horacio. “Días atrás subimos una foto de hace muchos años de mis padres y llegó a tener 26 mil visualizaciones. Con esto de cumplir 60 años de trayectoria hay un montón de gente que nos comenzó a seguir”.
Dieciocho mesas y una pequeña modificación en el edificio fueron suficientes para evidenciar que un salón era muy esperado por los clientes. Una cosa está más que clara: no es lo mismo llevarse la pizza calentita que comerla recién salida del horno, con el queso chorreando.
Ante la respuesta del público, Horacio y Claudio realizaron otra gran jugada para que nadie se quede afuera haciendo fila. Alquilaron el local contiguo.
“No sé si vamos a llegar con el tiempo justo para la fecha del aniversario, pero creo que puede estar listo para el público en dos semanas. En total serán unas 70 mesas”, adelantan.
Previo a este proyecto, los Hernández reconocieron que hubo inversores interesados en abrir sucursales en pleno centro neuquino: “Una persona que fue político me dijo ‘Pongo tanta plata y ponemos una sucursal’. Después vino otra persona y lo mismo”, reveló Horacio.
“Uno de los lugares que nos ofrecían era donde funcionó Donato, el café que se ubicó en Alberdi y Santa Fe. Pero nunca se me cruzó por la cabeza hacer otra sociedad que no fuese con mi hermano. Todo lo que tenemos lo hicimos nosotros y nunca necesitamos una inyección de plata extra”.
Próximamente, los hermanos darán un salto más: “Vamos a dar un paso muy importante. Estamos evaluando implementar un sistema de tapas y focaccias. Otra idea que siempre nos gustó es tener quesos seleccionados de la zona para largar una picada junto con cerveza tirada. Es algo pensado a corto plazo”.
La propiedad donde funcionará el nuevo salón también abre la posibilidad de sumar una terraza con vista a la imponente avenida Mosconi. Y si bien la idea está latente, primero aguardarán a darle forma al nuevo espacio: “Es una posibilidad”, se limita a decir Hernández.
A futuro, los nuevos vecinos no podrán resistirse a una muzza o una napo. Días atrás, el gobierno provincial y el BPN anunciaron un acuerdo para levantar una torre de 11 pisos en Félix San Martín y Bahía Blanca, con sucursal bancaria y oficinas públicas incluidas. Lo mejor: el personal ya sabrá dónde hacer el after office.
Sesenta años después, entre muzzarella, anécdotas, el recuerdo imborrable de Jorge y Delia, y el impulso de un nuevo salón para 70 personas, los Hernández demuestran que la mística sigue intacta. Horacito es mucho más que una pizzería: es el corazón latiendo en la historia de Neuquén.