Tiene 71 años, nació y se crió en el último paraje del sur neuquino, a 40 kilómetros de Villa Traful. Su historia, registrada por su sobrino Abel, es la de un hombre que resiste entre la belleza de un paraíso y la crudeza de no tener un puente.
Cuyín Manzano es un paraíso escondido en el sur neuquino. El último paraje de la provincia, a 40 kilómetros de Villa Traful y a 11 del Valle Encantado, donde el río serpentea entre álamos amarillos y la cordillera nevada mira todo desde arriba. Sin embargo, ese paraíso tiene un costo que solo conocen los que viven ahí todo el año.
Ahí vive Marlio “Lito” Chamorro. 71 años. Nacido y criado en ese mismo lugar. De joven salió solo para hacer el servicio militar y volvió. Volvió para quedarse, para siempre. Para dedicarse a lo único que sabe y ama: la vida de campo, sus animales, su caballo.
Don Lito es de esos viejos pobladores reservados, de los que hablan poco y hacen mucho. De los que hay que pedirle permiso hasta para filmarlo. Pero su vida, dice su sobrino Abel Chamorro, no puede perderse. Porque en su historia está la historia de todos los crianceros del sur neuquino.
La imagen que se volvió viral lo dice todo y Abel la registró sin querer. Don Lito cruza a caballo las aguas crecidas y heladas del río Cuyín Manzano. El agua le llega al pecho al alazán. Y en sus brazos, bien apretado contra el pecho para que no se moje ni se caiga, lleva a su perro. Un pequeño perro chivero, compañero inseparable.
Donde debería haber una pasarela segura, hay un hombre de 71 años arriesgando su vida.
Los pobladores de Cuyín Manzano reclaman esa pasarela hace más de tres décadas. La obra, según les dijeron, ya estaría hecha. No obstante, en el lugar lo único que vieron fue una retroexcavadora trabajando tres días y después nunca más apareció nadie. Se habla de varias empresas involucradas, pero en el territorio no hay avances. Y mientras tanto, cuando crece el río, quedan aislados.
Don Lito quedó del otro lado del río. Como tantas veces. Y cruzó como cruza siempre: a caballo, con lo puesto.
Las otras fotos que documentó Abel terminan de contar quién es Lito.
Se lo ve en un filo rocoso, de espaldas, con su sombrero gastado, mirando su valle desde arriba. Desde ahí controla todo: si viene la nevada, si el río sube, dónde están los animales. Su oficina es la montaña.
En otra imagen, en plena nieve, avanza por un sendero blanco con su caballo y su perro negro atrás. Ese día el termómetro marcaba -10, -15 grados. El viento corta. Él va igual. Porque si no va él, nadie va.
Y la foto más fuerte: El emblemático criancero sosteniendo con sus manos enormes, curtidas, agrietadas por el sol y el frío, a un corderito recién nacido que apenas respira. Lo lleva dentro de su morral de lona para salvarlo de la helada. Cada cría que se pierde es el sustento de meses que se va. Ese es el sacrificio invisible: no hay feriado, no hay horario, no hay jubilación. Si un animal pare a las tres de la mañana con nieve, hay que levantarse.
Don Lito vive de sus animales, de ganado menor y mayor. Vive como vivieron sus padres y sus abuelos. Vive donde nació y donde, como dicen en el campo, quiere dejar sus huesos.
“Yo quiero que la historia del tío Lito no se pierda, que quede archivada”, contó a LM Neuquén Abel Chamorro, su sobrino, quien con el celular registra cada jornada.
“Él es muy reservado, como todos los antiguos de acá. Es muy bueno que se conozca su vida, sus costumbres y las dificultades que enfrentó durante tantos años viviendo en este lugar. Son historias que forman parte de la identidad de Cuyín Manzano”, relató con emoción su familiar directo.
La historia de Don Lito es la de tantos hombres y mujeres que en tierras hostiles e inhóspitas del sur neuquino hacen todo para que las costumbres del campo no se pierdan. Gente que nació, creció y aprendió a amar una tierra difícil, y la lleva en la sangre y en el cuero curtido de esas caras quebradas por el sol.
Esa postal de Don Lito cruzando el río con su perro en brazos no es solo un video viral. Es el reclamo de un puente. Es el retrato de la resistencia. Y es el recordatorio de que, mientras se discuten obras en papeles, hay gente que todos los días se juega la vida para seguir viviendo en el campo.