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El caso Tini abrió un debate incómodo: ¿de quién es la plata que generan los hijos?

La disputa financiera de la artista con su padre encendió una alarma en la Generación Alfa. Si un menor factura gracias a redes sociales o videojuegos, ¿quién se queda realmente con las ganancias familiares?

En agosto de 2026, distintos medios informaron que Martina “Tini” Stoessel —quien comenzó su carrera artística siendo adolescente y fue representada profesionalmente por su padre durante 15 años— solicitó una auditoría privada para conocer la estructura societaria, los ingresos y el control patrimonial vinculados con su carrera. Las publicaciones describieron una disputa familiar y profesional sobre la administración y el acceso a esos recursos.

Días después, en una entrevista difundida públicamente, la artista habló de su crecimiento personal y expresó: “Tengo casi 30 años… tengo las cosas más claras”. La frase no confirma por sí sola las versiones periodísticas ni prueba la existencia de un ilícito. Sí vuelve inevitable una pregunta educativa: ¿cómo puede una persona trabajar desde muy joven y llegar a la adultez sin comprender plenamente las cuentas, los contratos o las sociedades vinculadas con su carrera?

La pregunta que excede al caso Tini

La Generación Alfa se mueve en un mundo económico que sus padres no conocieron de chicos. Hoy un menor puede escribir un libro, actuar, crear contenido, vender productos, desarrollar un videojuego o recibir ingresos por su imagen. Entonces aparece una pregunta que muchas familias y escuelas todavía no conversan: ¿qué sucede con ese dinero mientras el chico es menor de edad?

En Argentina, ser padre o madre no significa automáticamente ser dueño del dinero que genera un hijo. La responsabilidad parental implica cuidado y acompañamiento; no borra la titularidad ni el derecho del niño o adolescente a participar progresivamente en las decisiones que lo afectan.

Qué dice la ley argentina

Como regla general, los progenitores administran los bienes de sus hijos menores. Sin embargo, el artículo 686 del Código Civil y Comercial exceptúa los bienes adquiridos por el hijo mediante su trabajo, empleo, profesión o industria: esos bienes son administrados por el propio hijo, aunque conviva con sus progenitores.

Esto no significa que un menor tenga capacidad ilimitada para celebrar cualquier operación. Deben considerarse su edad, grado de madurez, las reglas generales de capacidad, los contratos involucrados y la normativa especial aplicable a la actividad.

Tampoco significa que cualquier niño pueda trabajar libremente. En la Argentina está prohibido, como regla general, el trabajo de menores de 16 años. Existen excepciones reguladas —por ejemplo, determinadas actividades artísticas y ciertos supuestos de empresa familiar— y entre los 16 y 17 años rige el trabajo adolescente protegido.

La verdadera reflexión para la comunidad educativa

El centro de la conversación no debería ser decidir quién tiene razón en una familia famosa. El desafío para directivos, docentes, estudiantes y familias es aprender a prevenir la opacidad, los conflictos de interés y la dependencia económica.

¿El niño o adolescente sabe cuánto genera, quién cobra y en qué cuenta se deposita?

¿Puede ver los contratos y recibir una explicación adecuada a su edad?

¿Se registra qué se gasta, qué se ahorra, qué se invierte y por qué?

¿Existe una separación clara entre el patrimonio familiar y el del menor?

¿Hay una rendición de cuentas periódica y un plan de transición hacia la autonomía?

Cuando hay sumas relevantes, ¿interviene un profesional independiente que proteja el interés del joven?

Una propuesta concreta: la carpeta de la historia del dinero

Cada familia en la que un menor genera ingresos debería construir, junto con él, una carpeta física o digital. No es sólo contabilidad: es una herramienta de confianza, autonomía progresiva y educación. Deberían llevar registros de ingreso, contratos, movimientos, patrimonio, rendición, transición.

El papel de la escuela

La escuela no reemplaza al abogado, al contador ni a la familia. Pero puede enseñar derechos patrimoniales básicos, lectura de contratos, presupuesto, registro, ahorro, inversión, prevención de conflictos de interés y pedido de ayuda. También puede crear espacios donde los estudiantes practiquen cómo hacer preguntas sobre su propio dinero sin culpa ni miedo.

Finanzasland propone trabajar este tema de manera transversal: Matemática puede analizar ingresos y porcentajes; Lengua, interpretar contratos y noticias; Ciudadanía, estudiar derechos; Tecnología, revisar monetización digital y protección de datos; y Tutoría, abordar confianza, límites y emociones vinculadas con el dinero.

Porque hablar de dinero con nuestros hijos no debería ser un tabú. Hablar de dinero es hablar de amor, pero también de responsabilidad, transparencia, confianza, derechos y futuro.

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