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"Guardé mi título en un cajón": Natalia renunció a su carrera para luchar contra la extraña enfermedad de su hijo

Tras el nacimiento de su hijo y un diagnóstico de discapacidad, Natalia dejó su carrera, se reinventó y escribió un libro sobre la realidad de muchas madres.

Junto a diagnósticos, terapias, estudios médicos e incertidumbre, Natalia descubrió que la vida junto a su hijo Simón no sería como la había imaginado. Años después, transformó parte de esa historia en un libro donde habla sobre maternidad, discapacidad y el desafío de no perderse a una misma en el camino.

Natalia Corbould tiene 47 años, nació en Centenario y desde los 18 vive en Neuquén, ciudad a la que llegó para estudiar Contador Público y donde terminó construyendo toda su vida. Durante años trabajó en bancos hasta que pudo abrir su propio estudio contable junto a una socia y llegaron a conformar un gran equipo de trabajo.

Su rutina estaba atravesada por balances, reuniones y jornadas intensas de trabajo. “Siempre fui muy inquieta. Desde los 14 años trabajé”, cuenta. La maternidad apareció cuando sentía que su vida profesional ya estaba consolidada. Decidió buscar un hijo junto a su pareja y el embarazo llegó casi de inmediato.

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Como muchas mujeres, imaginaba que podría combinar la crianza con el trabajo y que, después de algunos meses, retomaría su rutina habitual. Pero el nacimiento de Simón, en octubre de 2016, terminó cambiando por completo todos los planes que había hecho hasta entonces.

El diagnóstico que cambió los planes

Cuando Simón tenía apenas seis meses, Natalia y su pareja recibieron el primer diagnóstico. Fue durante una evaluación pediátrica en su propia casa, mientras el médico marcaba algunos hitos del desarrollo que el bebé todavía no lograba cumplir y advirtió que tenía retraso madurativo. A partir de ahí comenzaron las terapias, las consultas médicas y una búsqueda constante de respuestas.

Dos años después llegó el diagnóstico definitivo: síndrome de duplicación 15Q, una enfermedad rara vinculada a una alteración genética que puede provocar rasgos de autismo, epilepsia, hipotonía y retrasos madurativos.

Aunque la noticia fue dura, Natalia asegura que también significó ponerle nombre a algo que ya intuían y confirmar que el camino terapéutico que habían comenzado era el correcto.

“Simón ha sido un guerrero desde siempre”, dice. Recuerda que cuando tenía un año apenas sostenía la cabeza y no podía sentarse solo. Hoy, en cambio, corre, juega, asiste a la escuela especial y sorprende constantemente con nuevos avances. Cada pequeño logro —algo cotidiano para otras familias— se convirtió para ellos en una conquista enorme.

En medio de esa nueva rutina atravesada por terapias, consultas médicas y estudios, Natalia entendió que no podía sostener al mismo tiempo el ritmo laboral que llevaba hasta entonces y las necesidades que requería el cuidado de Simón. Entonces tomó una decisión clave: vendió su parte del estudio contable y dejó de ejercer su profesión para dedicarse de lleno a su hijo. "Guardé el título en un cajón y nunca más lo saqué", cuenta.

Pequeños logros que se festejan en grande

Hoy Simón tiene 9 años y en octubre cumplirá 10. Asiste a la Escuela Especial N°4 de Neuquén, a donde va cada mañana en transporte acompañado por asistentes. Para él, ese pequeño gesto de ir “solo” representa un gran paso en términos de autonomía.

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Sus días están atravesados por rutinas muy marcadas. Se levanta temprano, desayuna junto a su mamá y después parte rumbo a la escuela, donde refuerza especialmente tareas vinculadas a la vida cotidiana: aprender a sacarse y ponerse la ropa, lavarse las manos, desarrollar mayor independencia y reforzar distintas herramientas para su día a día.

Después del mediodía, Simón vuelve a casa y comparte el almuerzo con su mamá. Más tarde llega uno de los momentos favoritos de ambos: la siesta abrazados. “Es muy mimoso, muy osito”, cuenta Natalia entre risas. Por las tardes también recibe a sus acompañantes terapéuticas, con quienes juega y realiza distintas actividades que forman parte de su estimulación diaria.

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En paralelo, la alimentación ocupa un lugar importante dentro de la rutina familiar. Durante la pandemia comenzaron un plan alimenticio sin gluten, sin lácteos y sin ultraprocesados que, según relata Natalia, produjo cambios muy positivos en Simón. “Antes no miraba a los ojos, no jugaba y estaba mucho más quieto”, recuerda.

Desde entonces, además de mantener la medicación y los tratamientos correspondientes bajo supervisión médica, toda la familia adoptó hábitos alimenticios más saludables.

Un proyecto para ayudar a otras mujeres

Aunque durante años su vida estuvo enfocada casi exclusivamente en la crianza y las necesidades de Simón, con el tiempo Natalia entendió que también necesitaba volver a encontrar un espacio propio. Intentó reincorporarse al mundo laboral de distintas maneras, pero rápidamente se encontró con una realidad que atraviesa a muchas madres: sostener un trabajo tradicional con horarios y exigencias fijas era prácticamente imposible.

“Si tu hijo tiene una crisis, una terapia o un problema de salud, no siempre un empleador entiende esa realidad”, explica. Fue en esa búsqueda donde apareció Biogreen, una empresa que le permitió volver a trabajar desde un lugar más flexible y compatible con la rutina familiar que llevaba adelante junto a Simón.

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Con el tiempo, Natalia se convirtió en directora nacional de la empresa y descubrió allí una faceta personal que hasta entonces no había explorado: el liderazgo. Empezó a trabajar acompañando a otras mujeres para que pudieran generar ingresos, emprender y sostener económicamente a sus familias. Muchas de ellas, atravesadas también por tareas de cuidado, maternidades exigentes o la necesidad de manejar sus propios horarios.

Esa experiencia terminó siendo también el punto de partida de Labor Mujeres, un proyecto que nació casi de manera espontánea y se transformó en una comunidad integrada por emprendedoras, profesionales y trabajadoras que buscaban acompañarse mutuamente, compartir herramientas y sostenerse entre sí en medio de las exigencias cotidianas.

“La mayoría de las mujeres hacemos malabares”, resume Natalia. Y justamente por eso, asegura que Labor Mujeres nació con la idea de que ninguna tuviera que atravesar sola esos desafíos. Aunque la comunidad hoy tiene menos exposición pública que años atrás, el acompañamiento entre ellas continúa hasta hoy.

Escribir para sanar

En medio de todos esos cambios, Natalia encontró también algo que la ayudó a conectarse con todo lo que estaba viviendo: la escritura. Aunque siempre le gustó leer y desde chica participaba de clubes de lectura y escribía pequeños textos, nunca había pensado seriamente en publicar un libro.

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La idea apareció en 2022, después de realizarse una revolución solar —una práctica astrológica— en la que le recomendaron escribir porque podía ayudar a otras personas. Así empezó, poniendo en palabras distintas situaciones que había atravesado junto a Simón y descubriendo, en el proceso, que también estaba escribiendo para ella misma.

“Muchas cosas nos pasan tan rápido que no llegamos a procesarlas”, reflexiona. Y justamente volver a esos momentos a través de la escritura le permitió revisitar experiencias que todavía le generaban dolor. Una de las más difíciles fue relatar la primera convulsión de Simón. “Lloré cuando la escribí en papel, lloré cuando la pasé a Word y cada vez que la vuelvo a leer me sigo emocionando”, cuenta.

Con el tiempo, Natalia entendió que el libro había dejado de ser solamente una historia personal. Aunque gran parte del relato está atravesado por la discapacidad y la maternidad, asegura que cualquier persona puede sentirse identificada con muchas de las emociones que aparecen allí: la culpa, el agotamiento, la presión por poder con todo y la dificultad de no desaparecer detrás de los distintos roles cotidianos.

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Natalia aclara que “La mamá de Simón” no es un libro de autoayuda ni una autobiografía. Sin embargo, sí se convirtió en un espacio donde decidió poner en palabras situaciones que muchas veces permanecen silenciadas, especialmente entre las madres.

“Este libro es un abrazo para todas las mujeres que sienten que la maternidad no siempre tiene un mapa. Un espejo para quienes atraviesan las discapacidades desde el amor y una invitación para que como sociedad aprendamos a mirar con más empatía y celebrar la diversidad”, concluye.

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