Martín Orellana y su familia se mudaron a Neuquén de la noche a la mañana. En el apuro por instalarse en la capital, el niño, que entonces tenía cuatro años, se ocupó de empacar en su equipaje una costumbre muy propia de su Andacollo natal y que aún hoy lo conecta con su abuelo en cada cambio de estación: la trashumancia.