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A 30 años del atentado a la AMIA: el vecino de Bariloche que sobrevivió 9 horas atrapado en los escombros

Alejandro Mirochnik tiene 62 años. Viajaba en uno de los ascensores cuando ocurrió la explosión. Dará una charla en la ciudad turística de Río Negro.

Río Negro y Buenos Aires. El 1 a 1, la convertibilidad, Videomatch, el doping de Diego Maradona en el Mundial de los Estados Unidos, Brasil campeón, la reforma constitucional… De eso se hablaba en la Argentina el 18 de julio de 1994. Ese día, a las 9.53, explotó una bomba en la sede de la Asociación Mutual Israelita Argentina, la AMIA, en el que se considera el segundo mayor atentado terrorista en la historia del país, solo superado en víctimas por el bombardeo a Plaza de Mayo de 1955. Un vecino de Bariloche estuvo entre los sobrevivientes.

Alejandro Mirochnik tenía 32 años y trabajaba en el Departamento de Prensa de la AMIA. El 18 de julio de 1994 permaneció nueve horas debajo de los escombros en Pasteur 633, en la Ciudad de Buenos Aires, hasta ser rescatado por los socorristas. Es uno de los sobrevivientes del atentado que dejó un saldo de 85 muertos y más de 300 heridos.

Hoy, Mirochnik, con 62 años, recuerda el momento en el que su vida, como la de muchos otros, cambió. “Ese 18 de julio, Alejandro se fue en el atentado de la Amia. Murió ese Alejandro cordial, ese deportista de élite que se llevaba al mundo por delante, pero renace otro Alejandro: uno más duro, más enojoso, más lastimoso, pero que sigue adelante”, relata el vecino de Bariloche.

Este jueves, a las 15, Mirochnik contará su experiencia en la sala de Prensa del Municipio de Bariloche, en un evento organizado por Vaad Hakehilot de Amia (Federación de Comunidades Judías de Argentina).

El día de la explosión en la AMIA

El 18 de julio de 1994, los diarios matutinos no habían llegado al edificio. Mirochnik fue a buscarlos a dos cuadras. Tenía que hacer “la síntesis de prensa”. A las 9.53 tomó el ascensor para volver a su lugar de trabajo. Sintió una explosión. El ascensor comenzó a caer a toda velocidad. Una lluvia de piedras cayó sobre su cabeza. Sintió un dolor muy fuerte en una de sus piernas.

El ascensor tocó fondo y quedó cubierto de escombros. pensó que se trataba de un accidente. Gritó pidiendo socorro, pero no obtuvo respuesta hasta que, de pronto, escuchó el sonido de un helicóptero. También se escuchaban movimientos de máquinas. La estructura del propio ascensor fue lo que le salvó la vida.

“De golpe, hubo como una luz que me permitió ver que mi pierna estaba quebrada. Logré pararme como pude y empecé a subir por el agujero del ascensor. Se veían escombros gigantes. Cuando veo la bota de un bombero, le grito: ‘Los boludos de seguridad ¿no se dieron cuenta que se cayó el ascensor?´”, recuerda Alejandro.

La respuesta del bombero fue un nuevo impacto: le dijo “que todos estaban muertos porque habían tirado una bomba y se habían caído como cinco pisos (del edificio) por la explosión”.

Los bomberos le pidieron paciencia y le tiraron una manguera de oxígeno y también una campera para taparse la cabeza porque las piedras seguían cayendo. Habían pasado horas. Casi seis. Ya eran las tres de la tarde.

“Me pedían que no dejara de hablar porque tenían miedo que me desmayara. Me preguntaban qué hacía, si respiraba, si tenía dolores. Fue muy angustiante, muy desesperante”, cuenta Alejandro. Siguieron pasando horas. Cuatro más. En un momento, le arrojaron una soga dela que pudo agarrarse para salir a la superficie.

“Cuando me suben, me acuestan sobre una camilla y veo que todo estaba demolido -dice-. Todo era escombros. Una desolación absoluta. Esa sensación me quebró, me hizo llorar y me agarró miedo. Ya eran las siete y media de la tarde”.

Desde la AMIA lo llevaron al Hospital de Clínicas, ubicado sobre la avenida Córdoba, a dos cuadras de distancia. Allí permaneció internado por dos meses. Lo más complicado era la recuperación de su pierna que, durante 28 días, debió tener levantada «en tracción».

“Recuerdo que me visitaban los futuros traumatólogos que estaban haciendo la residencia y cuando el profesor les preguntaba qué harían con mi pierna, alguno sugería amputarla”, comenta.

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Iron Man: el vecino de Bariloche sigue compitiendo, aunque los médicos le dijeron que no podría hacerlo.

“Escuché de todo. Cuando se iban, le consultaba desesperado a un doctor que me tranquilizaba, diciéndome que eran alumnos y que me iba a recuperar”, agrega el vecino barilochense.

“En ese momento, yo era campeón argentino de triatlón, un deporte que combina la natación, la bicicleta y el pedestrismo. Estaba entrenado porque en diciembre tenía pensado correr el primer triatlón con distancia Iron Man: 4.000 metros de natación, 180 kilómetros de bicicleta y 42 kilómetros corriendo”, cuenta. Asegura que mientras estaba atrapado en el ascensor, solo atinó a imaginarse en una bicicleta, “pedaleando sin dolor”. Se alentaba a sí mismo a aguantar hasta que se concretara el rescate.

Mirochnik es profesor de educación fsica, entrenador de natación y atletismo, preparador físico, guardavidas y psicólogo social. Resalta nunca dejó de hacer actividad física y siempre mantuvo el buen ánimo.

Todo un deportista de Bariloche

Después de la recuperación de su pierna, volvió a practicar natación y ciclismo, aunque algunos médicos le habían dicho que no podría correr más, “que se dedicara al ajedrez”.

Él, no obstante, desafió todos los pronósticos y siguió adelante. Al día de hoy, ya participó en 12 competencias de Iron Man. Hace dos semanas dio una muestra de su fortaleza. “Me quise demostrar de que estoy más vivo que nunca y corrí 50 kilómetros en un Trail de Nono, en Córdoba, en homenaje al atentado a la AMIA”, explica.

Alejandro perdió a muchísimos amigos y compañeros de trabajo en el criminal atentado. También a un tío suyo que trabajaba como mozo en el primer piso de la mutual. “Bernardo era un divino, ayudaba a todo el mundo y como muchos compañeros, quedó entre los escombros”, lo recuerda.

También recuerda que, antes de padecer él lo que padeció, era habitual que leyera noticias sobre atentados en otros países, ya que su trabajo en prensa lo obligaba a estar informado. “Solíamos decir: ‘Mirá vos, lo que pasa en Israel, en Medio Oriente, en distintos países del mundo´ -reconoce-. Cuando salí de los escombros, quedé shockeado. Eso que pasaba en otro países tan lejanos, hoy ocurría en Buenos Aires”.

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