El hallazgo reveló datos que obligan a especialistas de todo el mundo a replantearse cómo fue la evolución de los gigantes herbívoros de la prehistoria.
El Bicharracosaurus, un dinosaurio descubierto recientemente en el noroeste de Chubut, en la Patagonia Argentina, sacude a la comunidad científica internacional a partir de la descripción publicada por el equipo científico que identificó los restos fósiles.
En su artículo de la revista PeerJ, los investigadores del CONICET y del Museo Paleontológico Egidio Feruglio (MEF) de Trelew, junto a un grupo de especialistas alemanes, confirmaron que se trata de una especie completamente nueva; y acaso un eslabón perdido en la evolución de los gigantes prehistóricos.
El descubrimiento fue dado a conocer en abril de 2026, cuando los primeros análisis confirmaron que los huesos pertenecían a una especie desconocida.
Elk dato que más sorprendió a la comunidad paleontológica internacional es que la anatomía de este animal no encaja en ninguna categoría conocida hasta el momento en Sudamérica.
Lo que desconcertó a los paleontólogos desde el primer momento fue la combinación de rasgos del esqueleto.
Algunas vértebras del animal tienen características propias de los diplodócidos norteamericanos, el grupo al que pertenece el famoso Diplodocus, de cuerpo alargado y cola inmensa; mientras que otras estructuras se parecen al Giraffatitan, el gigantesco saurópodo africano hallado en Tanzania.
Son rasgos de dos linajes que, hasta ahora, los científicos creían que habían evolucionado por caminos separados.
Los análisis filogenéticos realizados por el equipo internacional sitúan al Bicharracosaurus dentro de los Macronaria, el gran grupo de saurópodos del que derivarían, millones de años después, los herbívoros más monumentales del planeta.
Más importante aún: los datos apuntan a una posible relación con los braquiosáuridos, la familia de cuello elevado y patas delanteras largas a la que pertenece el célebre Brachiosaurus.
Alexandra Reutter, paleontóloga de la Universidad Ludwig Maximilian de Múnich y autora principal del estudio, expresó en sus conclusiones "Nuestro análisis indica que Bicharracosaurus es el primer braquiosáurido del Jurásico conocido en Sudamérica".
Si la clasificación se confirma, el impacto es enorme.
Hasta ahora, los registros de braquiosáuridos en el continente sudamericano eran fragmentarios o directamente ambiguos.
La presencia temprana de este linaje en el hemisferio sur en pleno Jurásico Superior, hace entre 155 y 160 millones de años, obliga a replantear cómo y cuándo se dispersaron estos gigantes por el supercontinente Gondwana, que en esa época reunía los territorios actuales de Sudamérica, África, India, Australia y la Antártida.
José Luis Carballido, investigador del CONICET y del MEF, subrayó la importancia del hallazgo.
"Es un nuevo dinosaurio saurópodo que aporta información clave sobre la evolución temprana de estos animales”, explicó.
Y agregó: “Nos permite entender mejor cómo se desarrollaron los gigantes herbívoros que dominaron los ecosistemas millones de años después".
Durante décadas, casi todo lo que se sabía sobre los saurópodos jurásicos provenía de yacimientos del hemisferio norte: la Formación Morrison en Estados Unidos y los yacimientos de Tendaguru, en Tanzania.
Cada nuevo hallazgo en la Patagonia agrega piezas a un rompecabezas que todavía está muy lejos de completarse.
El nombre que eligieron los cientíoficos que hallaron este ejemplar que podría ser algo así como un “eslavón perdido” de los dinosaurios herbívoros es Bicharracosaurus dionidei.
La denominación nació del apodo que le dio el poblador rural que encontró los huesos: Dionide Mesa, un baqueano que llamaba "bicharraco" a todo lo que encontraba en el campo.
El Bicharracosaurus medía aproximadamente veinte metros de largo y pesaba cerca de veinte toneladas.
Era un individuo adulto cuando murió: los análisis histológicos de las costillas muestran señales de crecimiento detenido y remodelación ósea propias de un animal completamente desarrollado.
Los investigadores recuperaron más de treinta vértebras del cuello, la espalda y la cola, además de costillas y fragmentos de la pelvis.
Para tratarse de un saurópodo jurásico, es un esqueleto notablemente completo.
Lo que falta es el cráneo, que aún no fue encontrado y que, de aparecer, permitiría conocer detalles clave sobre su alimentación.
La excavación comenzó oficialmente en 2002, aunque algunas vértebras adicionales no fueron recuperadas hasta 2018. Los restos forman parte de la colección del MEF de Trelew, donde continúan los estudios.
La historia del hallazgo tiene la textura de la ciencia patagónica: un chacarero que recorre el Cañadón Calcáreo, una formación jurásica en el departamento de Gastre, al noroeste de Chubut.
El hombre suele dar el primer aviso a los paleontólogos cuando en esa zona cree haber encontrado "bicharracos", como él llama a los restos fósiles que se topa por el camino.
Obviamente, don Mesa no usaba el término de forma técnica. Llamaba así a los animales del campo en general. Y también a los huesos gigantes que hallaba.
"Cada vez que íbamos, Dionide nos decía 'acá hay un bicharraco' y nos llevaba a lugares con fósiles muy importantes", recordó Carballido en diálogo con ADNSUR.
Mesa fue el primero en alertar al MEF, cuyos paleontólogos llegaron a la zona y luego confirmaron que lo que el baqueano había encontrado no tenía ningún registro científico previo.
A los investigadores del museo se sumaron científicos del CONICET y del equipo alemán, y el trabajo conjunto derivó en la descripción formal publicada en PeerJ, con repercusión en medios de paleontología de todo el mundo.
El nombre dionidei es el homenaje que los científicos eligieron para quien hizo posible el descubrimiento.
El nombre del género, Bicharracosaurus, quedó como un registro permanente de cómo la ciencia patagónica, muchas veces, empieza en el ojo de alguien que conoce el campo mejor que nadie, pero que jamás pisó un laboratorio.