La Marina trajo desde Canadá 20 ejemplares para fomentar la industria peletera. Hoy, son más de 100 mil y sus diques afectando bosques y generando pérdidas.
En noviembre de 1946, el Ministerio de Marina liberó en Tierra del Fuego a 20 castores traídos desde Canadá, diez machos y diez hembras. La iniciativa buscaba enriquecer la fauna local e impulsar una industria peletera, pero el plan salió francamente muy mal.
Hoy, los descendientes de aquellos primeros animales, que se reprodujeron rápidamente, siguen siendo una especie invasora que complica el ecosistema no solo del lado argentino de la isla, sino también en Chile.
La liberación se concretó durante los primeros meses del primer gobierno de Juan Domingo Perón, en un territorio nacional que por entonces tenía una población extremadamente reducida.
Los animales llegaron por avión desde Canadá y fueron soltados en la zona del río Claro, en la Isla Grande, cerca del lago Fagnano.
Aquella noticia quedó reflejada en un corto de Sucesos Argentinos, el legendario noticiero que se proyectaba en los cines antes de las películas.
El locutor lo presentó con tono festivo, como era habitual, reflejando el nuevo proyecto de un país pujante.
El motivo de la operación, según el propio noticiero, era "enriquecer nuestra fauna". La Marina había encargado el traslado en septiembre de 1945 al piloto canadiense Tom Lamb, a quien le pidió unos 50
ejemplares.
Pero Thomas Lamb, el reconocido aviador canadiense a cargo del operativo, sólo logró reunir 20. Los recogió en la provincia de Manitoba, cerca del lago Moose.
El viaje, con escalas en Miami y Río de Janeiro, se completó un año y dos meses después del pedido.
El informe muestra la ruta del vuelo e imágenes desde el aire al cruzar el río Colorado y entrar en Río Negro y también la ciudad de Comodoro Rivadavia, cuna petrolera.
“No podemos sustraernos a tanta maravilla natural”, se escucha decir a la voz en off cuando aparecen las vistas del paisaje de Tierra del Fuego, en la zona donde serían introducidos los castores.
"Aquí los animalitos son conducidos a tierra. Imaginamos las conjeturas que habrán hecho en medio de tantas alternativas extrañas", dice el narrador en el tramo final de la cobertura.
"Ya están en libertad ¡Feliz y ansiada libertad", exclama mientras se ve a los animales salir de las jaulas de traslado.
“La misión ya se ha cumplido. Los castores han quedado al recaudo de Dios”, advierte cuando el aeroplano toma velocidad sobre las aguas del lago para despegar.
“Emprendemos el viaje de regreso. Echamos una última mirada a tan maravillosos paisajes, Extasiamos nuestra vista en la contemplacion de la belleza mas efectiva, la que brinda la naturaleza en su esencia más pura, en su grandiosidad más real, en su significación más profunda”, cierra mientras se ven a lo lejos los picos nevados de las montañas.
El informe daba cuenta también de que a cambio de los 20 animales se pagaron 120.000 pesos, a razón de 6 por cada uno.
Consultado por La Nación, el historiador económico Julio Djenderedjian, director del Instituto Emilio Ravignani, estimó que en septiembre de 1945 la cifra equivalía a 29.951 dólares, unos 1.496 por castor.
Pero actualizada por la inflación de Estados Unidos, la suma sería hoy de algo más de medio millón de dólares: alrededor de 27.272 por ejemplar, lo que da un total de 545.522.
Según el especialista, se trataba de una cifra exorbitante para la época, que no se correspondía con la cantidad de “mercadería”.
"Desconozco el mercado de los ejemplares de castor de esos años, pero un toro Aberdeen Angus gran campeón de entonces no valía más de unos US$100.000 de hoy. Es probable que el precio de esos castores incluya el gasto de viaje, selección, transporte, etc. y que eso encareciera todo", especuló el especialista.
Tierra del Fuego tenía un componente fundamental para garantizarles a los castores una “feliz libertad”. En la isla no había depredadores naturales como los lobos grises y los osos con los que debían lidiar en su lugar de origen.
En cambio, sí hallaron agua abundante y extensos bosques de lengas, guindos y ñires, condiciones que favorecieron su reproducción.
Obviamente, aquello 20 pioneros ya no viven, porque estos roedores alcanzan en promedio entre 10 y 12 años, pero sí dejaron una profusa descendencia, que el día de hoy ocupan un amplio territorio.
Distintos cálculos ubican entre 100.000 y 150.000 la cantidad de castores en el sector argentino de la isla. Pero el número se estira hasta unos 300.000 si se suma el lado chileno.
Famosos por ser una suerte de “ingeniero de ecosistemas", cortan árboles, acumulan ramas y levantan represas para inundar zonas donde instalar sus refugios.
En Norteamérica esa conducta forma parte del equilibrio natural y los árboles pueden rebrotar.
En Tierra del Fuego, en cambio, las lengas, guindos y ñires mueren al ser talados o al quedar anegados, lo que destruye grandes superficies de bosque nativo.
Cuando el agua se acumula detrás de los diques, las raíces quedan sumergidas, los árboles mueren y el paisaje se cubre de troncos secos.
Esas zonas se conocen como "bosques fantasma".
El problema es que incluso después de retirar los diques el suelo puede tardar décadas en recuperarse, y algunos bosques de lenga necesitarían hasta 200 años para regenerarse, según cálculos de especialistas.
El daño alcanza también a las turberas, que almacenan carbono, regulan el ciclo hídrico y conservan biodiversidad.
Estudios con imágenes satelitales detectaron 206.203 diques en el archipiélago fueguino: 100.951 en el sector argentino y 105.252 en el chileno.
Se concentran sobre todo en la Isla Grande, aunque los castores también avanzaron hacia otras islas e incluso a zonas continentales.
Una investigación de la Facultad de Agronomía de la UBA calculó en 2017 unos 70.000 diques en la porción argentina de la isla, que alteran los cursos de agua y provocan inundaciones.
Lo cierto es que cerca del 95% de las cuencas fueguinas están colonizadas por los castores.
El sitio oficial de Ambiente y Recursos Naturales de la Argentina estima que la provincia pierde unos 66 millones de dólares por año a causa de esta plaga invasora.
La cuenta contempla el valor de las tierras afectadas, las actividades productivas que no pueden realizarse y la pérdida del ecosistema del bosque.
Las primeras medidas de control llegaron en la década de 1980, pero no frenaron la expansión.
Los intentos para controlar la plaga
En 2008, la Argentina y Chile acordaron trabajar en conjunto para controlar la población y restaurar los ecosistemas dañados.
La tarea es compleja porque muchas zonas son remotas y de difícil acceso, y porque con solo eliminar algunos ejemplares no alcanza.
Si queda una pequeña cantidad en una cuenca, la población puede recuperarse y reocupar el territorio en un plazo relativamente breve.
Pese a los intentos, los castores siguen encontrando en Tierra del Fuego una libertad más o menos feliz.