Juan Manuel “Bachi” Fabbri unió el nacimiento y la desembocadura del río, desde el Lago Argentino hasta Puerto Santa Cruz. Los datos de una travesía inédita.
A las 8:45 del 7 de enero, cuando la logística todavía venía cargada de contratiempos, Juan Manuel “Bachi” Fabbri por fin puso el kayak en el agua.
Por delante tenía un objetivo que suena imposible dicho en voz alta: bajar todo el río Santa Cruz de punta a punta, sin detenerse, hasta tocar el Atlántico en Puerto Santa Cruz.
El deportista santacruceño completó el recorrido de 385 kilómetros en 36 horas consecutivas, una travesía que mezcla resistencia física, cabeza fría y lectura fina del río: viento, corrientes cambiantes y una noche entera guiándose solo por los sentidos.
Fabbri nació en Puerto Santa Cruz y desde hace años vive en El Calafate, donde trabaja como guía de montaña en el glaciar Perito Moreno. El kayak le llegó de chico: contó que su tío fue quien lo inició en la actividad y se convirtió en un referente para él.
La idea de unir el nacimiento y la desembocadura del río Santa Cruz le rondaba desde hacía tiempo; ya lo había hecho en otras oportunidades, aunque siempre con paradas en el medio. Aquellas veces el cronómetro le marcaba 28 horas de remada neta. Pero esta vez decidió subir la vara: "¿Y si lo hago sin parar?", se preguntó. Fue el inicio de la aventura.
Aunque el plan original contemplaba hacerlo solo, terminó sumando apoyo por una razón simple: en un río así, un imprevisto puede cambiar todo. Así fue que se sumaron tres amigos que lo acompañaron en un gomón y que documentaron la travesía con imágenes.
El arranque no fue lineal. Una pinchadura en el gomón, la falta de materiales para repararlo y hasta un vehículo encajado en arena complicaron la previa. La salida se retrasó varias horas: finalmente lograron largar minutos antes de las 9 de la mañana.
El plan de Fabbri no se basó solo en brazos y espalda. La clave, contó, fue la estrategia de alimentación e hidratación: nada de comidas pesadas, sino porciones pequeñas y constantes, más agua y bebidas isotónicas para sostener la energía. Según relató al sitio Ahora Calafate, las únicas pausas fueron para ir al baño y estirar las piernas unos segundos, sin “cortar” el ritmo de la travesía.
La noche fue uno de los tramos más exigentes, sobre todo en sectores donde el flujo del río cambia y la navegación se vuelve más técnica. En ese tramo, describió una experiencia casi a ciegas: “No veía nada, solo sentía el agua y escuchaba el río”, en una remada donde la luna terminó funcionando como referencia.
Pero si el cuerpo resistía, el enemigo real llegó después: el sueño. Con más de 24 horas remando, el cansancio mental empezó a golpear y obligó a sumar recursos simples para mantenerse despierto: mojarse la cara, comer, hablar con el equipo y no perder el foco.
El cierre también tuvo su propio desafío: en las últimas horas aparece la influencia de la marea que llega desde el mar y suele complicar la llegada. Esta vez, según contó el propio Fabbri, las condiciones fueron más favorables de lo esperado y el plan cerró como lo habían proyectado.
En Puerto Santa Cruz lo esperaba una sorpresa que no tenía en el radar: familiares, amigos y gente del Club Náutico donde aprendió a remar. La travesía quedó como una marca deportiva para Santa Cruz.