ver más

¿Quién mató a María Marta? Un crimen, mil sospechas y una historia que nunca se cierra

La miniserie de Netflix volvió a poner en boca de todos un femicidio lleno de intrigas, acusaciones cruzadas y sin ningún culpable tras 18 años.

Si el 27 de octubre de 2002 dejó una certeza, fue que el Superclásico jugado en el Monumental lo ganó Boca 2-1. Y que llovió lo suficiente como para darle un tono gris al atardecer, encharcar las calles y cubrir de barro oscuro cualquier campito de fútbol. O convertir en barro colorado las canchas de tenis, como las tantas que están cerquita de River y también otras, como las del Carmel Country Club, a una hora y media al norte del estadio de Núñez. Y como para suspender cualquier partido de tenis previsto para después de las 17, como el que en ese barrio cerrado iba a jugar María Marta García Belsunce aquel domingo. A ella, que tenía 50 años y era socióloga, el fútbol le interesaba poco y nada, y la lluvia le arruinó su plan deportivo del día. Volvió para su casa en bicicleta, apurando el pedaleo para mojarse lo menos posible. En su chalet la esperaba una ducha caliente para estar lista y recibir, un rato más tarde, a su masajista personal, Beatriz Michelini. Pero antes que la tibieza del agua de la bañera, a María Marta la recibió la muerte con cinco balazos en la cabeza. Y esa es otra de las certezas de aquel 27 de octubre. Desde entonces hasta hoy, 18 años después, el resto es sólo confusión. E impunidad.

El caso García Belsunce es como aquella frase de Aníbal Troilo: "Dicen que me fui de mi barrio. ¿Cuándo? Si siempre estoy llegando...". La historia de este crimen nunca se cierra, siempre se está abriendo. Y sus desprolijidades lo convirtieron en un culebrón, al que leerlo y repasarlo en el formato que fuese lleva de a ratos a sentirlo hasta bizarro. Como en un túnel psicodélico, todo da vueltas y hacer perder la noción entre la realidad y la ficción. Pero, por sobre todo, a veces hace perder el foco de que una mujer fue asesinada y todavía no se sabe quién la mató.

Y posiblemente nunca se sepa. Hace unos días, Netflix estrenó una miniserie que repasa de manera objetiva el caso desde su inicio llegando a un final tan incierto como el horizonte. Participan casi todos los protagonistas, a quienes bien se les podrían llamar actores. Ellos actúan sus propios papeles y dicen su letra con una convicción y precisión asombrosa, sin dobleces. Uno de ellos es el fiscal Diego Molina Pico, quien llevó adelante la investigación en la que cometió un error clave: haber permitido un velorio y un entierro en el cementerio porteño de la Recoleta dando por válida la versión del “accidente” que le planteó la familia, una versión que hablaba de un resbalón -tras abrir la ducha- y un golpe mortal contra las canillas de bronce. Las dudas llegaron tarde, el pedido de autopsia un mes después, y con ella la sorpresa de un cráneo perforado con cinco balas en su interior. Y si no había una sexta era porque rebotó y nunca entró en la cabeza de María Marta. Una bala que se deformó y que, también tiempo después, los hermanos la presentaron a la fiscalía con un nombre que se hizo tan famoso como el caso: “pituto”.

maria marta y carrascosa dos.jpg

María Marta y Carrascosa. El viudo fue apuntado por la Justicia y estuvo preso. Pero terminó sobreseído.

El nombre del documental presenta y abre un interrogante sin respuesta: “Carmel: ¿Quién mató a María Marta?”. Es todo un enunciado, aunque Molina Pico pareciera ser el único que no se lo pregunta, porque para él no hay dudas: fue su viudo, Carlos Carrascosa, el “gordo” para todos sus cercanos. Sin embargo, la Justicia, a la que este Teniente de Navío retirado ingresó tres años antes de que le tocara este caso, la misma Justicia a la que sigue perteneciendo como fiscal a sus 54 años, condenó a cadena perpetua por homicidio y mandó preso a Carrascosa -en la cárcel primero y luego en prisión domiciliaria- pero hace cuatro años lo absolvió de culpa y cargo. Parecido a la situación del hermano mayor de María Marta, Horacio, y su medio hermano John Hurtig, ambos condenados a cuatro años de prisión por “encubrimiento” -estuvieron presos un par de semanas y fueron liberados bajo fianza-, que desde febrero se encuentran “sobreseídos” porque la causa “prescribió”.

Como ocurrió desde finales de 2002, el caso vuelve a ser noticia. Cada tanto rebrota porque siempre hay algo que remite a este crimen, que en un principio se presentó como accidente y luego como homicidio, aunque los tiempos actuales imperan llamarlo por su verdadero nombre: femicidio. En cualquier época, el caso no fatiga. Sigue siendo mediático y a estas alturas genera más morbo y curiosidad que indignación. Queda la sensación de que la verdad murió con María Marta y sólo permanecen vivas suposiciones, conjeturas, hipótesis de la propia Justicia y de los medios, que siempre representan una Justicia paralela, y es a la que hoy más que nunca se terminan subiendo los espectadores (televidentes, oyentes o lectores). Pero vale la palabra espectadores porque deviene de espectáculo: en cierto modo, a lo que mutó este caso policial digno de una novela.

carmenl belsunce.jpg

La casa del country Carmel en el que mataron a María Marta de cinco disparos en la cabeza.

Todo pasó en la planta alta del chalet de una familia de clase muy acomodada en la que vivía desde hacía 12 años una pareja sin hijos: María Marta, socióloga y vicepresidenta de “Missing Children”, y Carlos, ex marino mercante y agente de bolsa, de ambas actividades ya retirado. En tiempos de una Argentina convulsionada (mucho más que de costumbre), en la última etapa del Siglo XX y en el inicio del nuevo milenio, Carmel les había dado paz, tranquilidad y exclusividad. Todo lo que la familia y el barrio perdió en el anochecer del último domingo de octubre. María Marta, obviamente, fue la que más perdió.

La historia oficial cuenta que, como nadie atendía los llamados del puesto de vigilancia en la entrada del country, donde esperaba ser autorizada a pasar la masajista, Carrascosa dejó la casa de su cuñado (Guillermo Bártoli, esposo de Irene Hurting, fallecido en 2014 y también condenado por “encubrimiento”) donde había visto el Superclásico y regresó a su casa, que estaba con la puerta abierta. Escuchó el agua de la ducha correr, advirtió el vapor que empañaba los vidrios, y en el baño se encontró con María Marta “accidentada”. ¿Se habría caído y golpeado contra las canillas? Seguramente: nunca puso un manto de sospecha ni llegó a saber, o al menos a informarlo de manera concluyente cuando llamó a emergencias, que podía estar muerta.

A partir de ese momento el chalet fue un desfile de gente. Se manipuló el cuerpo, se contaminó completamente lo que era, en realidad, la escena de un crimen. ¡Hasta baldearon el baño!, por recomendación del primer médico que examinó a María Marta, Juan Gauvry Gordon, quien aseguró que la mujer había tenido un accidente y años después admitió que “cometió un error” y que nunca imaginó que estaba “borrando pruebas”. Más tarde arribó otro médico, Santiago Biasi –de la empresa de emergencias Emernot-, quien no desmintió la teoría del accidente aunque en el juicio reveló que tuvo la sensación de haber llegado a una “escena armada”.

El velorio fue en la habitación de la pareja, con María Marta acomodada en su propia cama, y sin que nadie del sinfín de vecinos y amigos que fueron a despedirla se diera cuenta de algo sospechoso. Sin embargo, el caso ya mostraba su costado turbio con la actitud de la familia, puntualmente de Horacio García Belsunce, quien comenzó a mover sus contactos. Habló con fuentes policiales, a quienes les pidió que no se “acercaran” al country. Y con un muy amigo suyo, nada menos que el fiscal general de la Cámara Nacional de Casación Penal, Juan Martín Romero Victorica, quien llamó a un jefe de la Bonaerense para ponerlo al tanto, abrir el juego a la Justicia, siempre sosteniendo el pedido familiar: que la Policía no intervenga porque “es un accidente” y para “evitar” remover el dolor.

molina pico.jpg

El fiscal Molina Pico confió en la familia y, tras la autopsia, los culpó del crimen y el encubrimiento.

El lunes 28 de octubre estaba de turno la fiscalía del joven Diego Molina Pico, quien llegó hasta el Carmel junto al jefe de Investigaciones de San Isidro, Aníbal Degastaldi. Habían ido hasta el country con la idea de colocar las patas que faltaban (la judicial y la policial) y avalaron lo que les contaron. Y esto fue la teoría del accidente, relatada por Horacio García Belsunce, confiable por su “estatus” social (periodista y abogado, hijo de un famoso jurista) y por el lazo de sangre que lo unía con la víctima: su hermana.

Molina Pico, con el cuerpo de María Marta delante de sus ojos, amagó con iniciar la rutina de estos casos: suspender el velorio, hacer un perímetro en la escena del crimen, convocar a la Policía y empezar a tomar testimonios que confirmaran que todo estaba bien. Pero no lo hizo. Quizá por su poca experiencia como fiscal, aceptó el consejo de Romero Victorica y permitió que el velatorio continuara, seguido del sepulcro en la Recoleta. Y todo sin pedir la autopsia. Un error gravísimo que puso en duda su trabajo posterior, aun habiendo subsanado semanas después parte de aquellas fallas y profundizado la investigación hasta llevarla a la conclusión de culpabilidad de Carrascosa por el crimen y de encubrimiento de los hermanos y el cuñado de María Marta.

La familia, lógicamente, siempre defendió y defiende su inocencia, y apuntó al fiscal por un ensañamiento. Según Horacio García Belsunce, esto ocurrió porque se creyó engañado por el entorno de María Marta, equivocó su procedimiento, y luego tomó venganza persiguiendo al viudo y a sus cuñados. Molina Pico admite su error inicial pero siente que luego reaccionó como para desvelar un caso que, en principio, parecía cerrado. Aquel 28 de octubre se fue del Carmel sin saber nada de lo que se enteró después. Ni siquiera le contaron que hallaron lo que llamaron un “pituto” que, por orden de Carrascosa, John Hurtig tiró al inodoro no sin antes tomarlo con un pañuelo descartable. Cuando al mes de lo dijeron al fiscal, revisaron en el pozo séptico y ahí lo encontró el propio Hurtig. Sí, ¡él fue quién hizo ese relevamiento!

horacio garcia belsunce.jpg

Horacio García Belsunce, pieza clave para que la Policía no cumpliera con la rutina tras la muerte de María Marta.

A medida que pasaban los días, el fiscal se iba enterando de más cosas extrañas, como que el certificado de defunción -lo hizo la cochería Casa Sierra, que se encargó del servicio fúnebre- era trucho y estaba fechado en Capital Federal y hablaba de “paro respiratorio no traumático” como causal de muerte. Y lo más impactante, lo que cambió para siempre el curso de la investigación y el destino de este caso: luego de que el segundo médico que viera a María Marta (Santiago Biasi) declarara en la fiscalía que vio agujeros en la cabeza de la mujer, Molina Pico ordenó la exhumación y autopsia del cadáver y se confirmó que había sido acribillada de cinco balazos. Además, se determinó que el “pituto” era una bala de las mismas características de las que estaban en el cráneo de la socióloga.

Si la familia actuó, de mínima, de forma extraña, la Justicia no fue precisamente la cronología de la coherencia. Particularmente en sus fallos. Molina Pico acusó a Carrascosa de encubrimiento y/o homicidio. Según el fiscal, en el fallo los jueces argumentaron como si lo fuesen a condenar por lo segundo (asesinato) y, al final, lo hicieron por lo primero (encubrimiento). El viudo sostenía que era inocente de todo. El fallo pasó a la Cámara de Casación y no lo ratificaron, al contrario: dijeron que, en realidad, había pruebas contra Carrascosa para condenarlo a cadena perpetua por matar a su esposa, como decía Molina Pico. De ahí, con el culpable de femicidio ya preso, pasó por la Suprema Corte bonaerense, que no lo revisó, y fue a la Suprema Corte de la Nación, que sí ordenó reverlo. Y volvió a Casación, donde la Sala a cargo de los jueces Martín Ordoqui, Víctor Violini y Daniel Carral finalmente revocaron el fallo y dictaron en 2016 la absolución de Carlos Carrascosa.

carrascosa preso.jpg

Además, esa misma Sala de Casación ordenó volver a investigar el caso María Marta, apuntando a la segunda teoría de la familia (la primera era que la muerte fue por accidente), que aseguraba, en realidad, que estaban robando el chalet cuando María Marta volvió de las canchas de tenis antes de tiempo por la lluvia. Y reconoció a los ladrones, uno de ellos un vecino conflictivo: Nicolás Pachelo. Sobre él pesa un gran prontuario de robo en barrios cerrados, mayormente a vecinos. Y también una fotografía psicológica que habla de un hombre con trastornos severos de personalidad. Sin embargo, en el juicio contra Carrascosa, Pachelo sólo fue testigo y sin ofrecer grandes aportes. Hoy está preso, por otra causa, y espera el juicio en su contra (junto a dos vigiladores del Carmel) ordenado por el juez de Garantías de San isidro, Eduardo Costa, por el asesinato de María Marta.

Y Carrascosa, a su modo, también espera. Con 75 años, aguarda que su absolución quede firme para enjuiciar a Molina Pico. Pero duda que eso ocurra porque considera a la Justicia como una “corporación” y se cubren entre ellos. Encubrimientos, fallos sin confirmar, fallos revertidos, y un caso sin certezas, que continúa siendo tapado por un manto de dudas e hipótesis. Y, como María Marta García Belsunce, no termina de descansar en paz.

Carmel: ¿Quién mató a María Marta? | Tráiler oficial | Netflix

Te puede interesar