La Fundación Por el Mar impulsa el primer cultivo argentino de huiro gigante (cachiyuyo), una macroalga clave para el ecosistema patagónico.
La costa de Santa Cruz empezó a mirar al mar con otro foco: no solo como paisaje y pesca, sino como laboratorio productivo. En Puerto San Julián avanza una iniciativa inédita en Argentina: una granja de algas pardas que busca combinar conservación, investigación científica y una alternativa económica sostenible para comunidades costeras.
La experiencia está impulsada por la Fundación Por el Mar (PEM) y cuenta con respaldo de la Secretaría de Estado de Pesca y Acuicultura y del Consejo Agrario Provincial.
En los últimos días existieron reuniones de trabajo con representantes de la ONG para consolidar líneas de acción en la zona, con el cultivo de macroalgas como uno de los ejes de la llamada “economía azul”.
El proyecto trabaja con cachiyuyo o huiro gigante (Macrocystis pyrifera), una macroalga que forma extensos bosques submarinos y cumple un rol central en el mar patagónico: funciona como refugio, alimento y zona de reproducción para numerosas especies. Según explicaron desde el Gobierno provincial, en condiciones óptimas puede alcanzar entre 40 y 70 metros y crecer hasta 50 centímetros por día.
La apuesta, remarcan quienes lo llevan adelante, es generar producción sin “deforestar” el bosque natural. En ese marco, el cultivo aparece como una alternativa para sumar valor, empleo y conocimiento, sin presionar el ecosistema con extracción directa.
El salto más visible está en el crecimiento: la primera granja se instaló en mayo y las algas ya superan los 3,5 metros, con mediciones que llegaron a registrar tasas de 40 centímetros por semana. La idea ahora es comenzar a cosechar una parte y dejar otra para observar hasta dónde puede llegar el desarrollo y cuándo empieza a “mermar” el crecimiento.
Detrás del avance hay una logística que combina ciencia y mar abierto. El esquema, según fue detallado en informes previos sobre la iniciativa, se apoya en tres etapas: laboratorio, “criadero” (hatchery) y granja submarina. Primero se germinan esporas en bateas con agua de mar filtrada y temperatura controlada; cuando las algas alcanzan unos pocos centímetros pasan al mar, donde se montan con un sistema de cuerdas y boyas tipo “longline”, anclado a profundidad.
En el equipo, la bióloga Milagros Schiebelbein está a cargo del laboratorio y del control científico, mientras que Jonathan Behm coordina la infraestructura en el mar junto a voluntarios. Además, adelantaron que la experiencia y los aprendizajes buscan trasladarse a escuelas y universidades como parte de una estrategia de concientización sobre conservación marina.
El cultivo de macroalgas no es un “capricho” local: en el mundo, el mercado creció con fuerza. Un informe citado por especialistas estimó que la producción global se multiplicó más de 60 veces desde mediados del siglo XX y que la comercialización llegó a unos 17.000 millones de dólares en 2021. Las algas se usan en industrias alimenticias, farmacéuticas y cosméticas, pero el boom también tiene un costado preocupante: a escala global, se redujo una parte importante de los bosques de macroalgas en las últimas décadas.
En Santa Cruz, el objetivo de fondo es que el mar vuelva a ser una opción de trabajo y arraigo para las comunidades costeras, sumando una cadena productiva nueva sin poner en riesgo el ecosistema. En esa hoja de ruta, la primera cosecha piloto prevista para febrero será una prueba clave: si los resultados acompañan, San Julián podría transformarse en el punto de partida de un modelo que combine producción y conservación en el litoral patagónico.