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Un Gran Hermano distinto por la pandemia, en un refugio para pobres

Aisladas por el coronavirus, 36 personas en situación de calle afrontan un gran desafío en el hogar Cura Brochero.

Por Mario cippitelli - cippitellim@lmneuquen.com.ar

Hasta que llegó el coronavirus, el hogar refugio Cura Brochero era un lugar donde los marginados, los sin techo y los pobres que habitualmente deambulan por las calles de Neuquén entraban y salían. Una gran mayoría iba a dormir, comía, se bañaba y seguía su rutina cotidiana enfrentando la realidad urbana, buscando un sustento o una razón para seguir viviendo.

Pero todo cambió de un momento para otro. Un día las autoridades hablaron de cuarentena obligatoria y aquel servicio se convirtió en un desafío, justo en un momento social delicado, cuando el virus comenzaba a mostrar su cara más temible.

“¿Qué hacemos?”, se preguntaron los voluntarios que solidariamente trabajan todos los días para que decenas de desamparados tengan un poco de dignidad.

No fue una decisión sencilla. Lo analizaron y discutieron una y otra vez, aunque finalmente primó el sentido común. El refugio, tal como estaba funcionando, no cumplía con las recomendaciones sanitarias que pedían los especialistas y podía convertirse en un foco de contagio importante con la gente que venía de la calle a cada hora y tenía -vaya uno a saber- contactos con otros a lo largo del día.

“Hay que cerrarlo, pero antes tenemos que comunicárselo a todos. O se quedan en cuarentena o se van y no vuelven”, fue la reflexión.

Y así reunieron a todos los huéspedes que tiene el lugar y les informaron la decisión que habían tomado. Les explicaron que la pandemia era un gran riesgo y que el lugar donde estaban sería la mejor protección para enfrentar el temible virus. Eso sí, era necesario que todos los que decidieran quedarse tendrían que acatar normas de convivencia indiscutibles, cuyo incumplimiento sería penado con la expulsión. Es decir, a vivir en la calle a la buena de Dios.

Realidades parecidas

A refugio asisten personas de todas las edades. Desde jóvenes veinteañeros hasta un hombre de 70 años. Todos tienen detrás historias tristes y oscuras, de desamparo y desamor. Todos saben muy bien lo que es ser un paria, lo que desespera no tener un hogar para vivir, lo que duelen las miradas de desprecio cuando tratan de ganarse la vida en la calle. Y también están los que sufren y sufrieron las adicciones del alcohol o de las drogas y los que conocieron el encierro por la fuerza, cada vez que pasaron los límites que impone una ley.

Ahora tendrían una oportunidad distinta, pero difícil: conformar una gran familia, aprender a convivir, conocer a otras personas que hasta hace poco las veían de lejos, a hacer tareas cotidianas por un bien común.

Fueron 36 los que aceptaron. De esta manera, y con esas reglas impuestas, comenzaron a enfrentar la experiencia que nunca hubieran imaginado en sus vidas, como si de golpe estuvieran participando en el programa Gran Hermano, pero sin show mediático ni banal, con el único objetivo de aprender a vivir otra vida.

Todos se dedicaron a una tarea específica. El que sabía cocinar, a la cocina, porque las personas que antes hacían ese trabajo dejaron de ir por la pandemia. Los que se daban maña para limpiar, a los trapos con lavandina. Pero nada de una pasadita. A limpiar todas las habitaciones a fondo, para mantener la higiene como corresponde. Otros, a poner la mesa, a ordenar, a lavar los platos. Todos ayudando a todos y hasta conteniéndose para evitar los desbordes.

Roces inevitables

En el tiempo que llevan encerrados hubo situaciones difíciles (¿cómo no iban a aparecer?). Hubo discusiones, momentos de depresión y hasta desesperados síndromes de abstinencia porque en el refugio están prohibidos el alcohol y las drogas. Solo corren los cigarrillos de tabaco armados que los encargados del lugar les permiten; una forma de canalizar la ansiedad y de calmar los nervios.

Pero lejos de aquellos nubarrones, también hubo momentos para sentarse a charlar, para conocerse, para divertirse jugando a las cartas, aprender el ajedrez o pasar el tiempo con algún juego de mesa o con un rompecabezas de miles de piezas que esperaban que alguien las ordene.

Y también en el medio del encierro ocurrieron cosas inesperadas, pequeños mimos al corazón, porque justo en este mes cayeron tres cumpleaños y hubo tortas con velitas, cantitos con el “que los cumplas…”, abrazos colectivos, festejos que muchos se habían olvidado cómo eran. Y que algunos ni conocían.

Hoy los 36 siguen encerrados en el refugio manteniendo el desafío de aprender a vivir de otra manera, aislados de los miedos de la pandemia, pero enfrentando a los propios.

Y ahí están con su aprendizaje, conscientes de que en medio de tanta angustia, y de una manera increíble e inexplicable, el coronavirus les dio una buena oportunidad.

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