El clima en Neuquén

icon
10° Temp
43% Hum
La Mañana

Hugo Vezzetti: "Se habla tanto más del pasado de la memoria cuando más difícil es hablar del futuro"

El autor de "Guerra, dictadura y sociedad en la Argentina" afirma que el problema aparece cuando se acomodan las cuestiones del pasado para dirimir pleitos en el presente.

Por PABLO MONTANARO

Neuquén > Lejos de la idealización y la nostalgia, Hugo Vezzetti, psicólogo, profesor de la Universidad de Buenos Aires e investigador del Conicet, reflexiona acerca de la figura del trauma histórico en la formación de la memoria pública.
Los efectos y alcances de la violencia política son los ejes de sus investigaciones que viene abordando en los últimos años y que desplegó en libros como "Pasado y presente. Guerra, dictadura y sociedad en la Argentina" y "Sobre la violencia revolucionaria: memorias y olvidos".
 
¿De qué manera aparece la figura del trauma en la historia política argentina?
El trauma es una figura reciente en nuestra historia política. Ninguno de los acontecimientos violentos, que hubo muchos en nuestra historia, fueron considerados ni mencionados como traumas en el momento en que ocurrieron incluso en los años posteriores. Por ejemplo nadie consideró como trauma el bombardeo de la Plaza de Mayo o a la masacre de Ezeiza. De modo que la figura del trauma histórico se comienza a utilizar en los años ‘80, en la postdictadura, y tiende a construirse a partir de una serie de equivalencias locales y globales. Acontecimientos que produce una especie de choque o fractura en la sociedad y que deja huellas en la memoria.
 
Es decir, que el trauma no es sólo el acontecimiento en sus efectos inmediatos.
Exactamente. El trauma no es solamente el acontecimiento en sus efectos inmediatos sino es un trastorno de la memoria. La referencia que, por así decirlo, constituye una metáfora primera del trauma en Occidente es el Holocausto. Y que en general surge inicialmente de los sectores que se movilizan alrededor de la denuncia del Terrorismo de Estado y de la demanda de justicia y reparación por parte de los organismos de derechos humanos.
 
¿Y eso es lo que potencia el término genocidio?
El término genocidio entra en esa serie también porque aparece como el crimen absoluto. En mis libros discuto la aplicación del término genocidio, no en el sentido de que se trata de un crimen contra la humanidad, un crimen de masas imprescriptible. La idea de genocidio tiene para mí una dificultad y es que echa una suerte de manto de inocencia sobre la sociedad. El modelo de genocidio es finalmente el genocidio nazi sobre la comunidad judía que por su sola existencia es exterminada. En el caso de la sociedad argentina uno puede encontrar, como decía Primo Levi en el campo de concentración, que entre el blanco de las víctimas y el negro de los victimarios hay una escala de grises. La sociedad ha sido víctima y victimaria también.
 
El silencio de una sociedad, como la Argentina durante los años de la dictadura, puede vincularse o ser pensado como síntoma de un trauma histórico.
Hay que distinguir entre el silencio y el consentimiento. Porque en el consentimiento no es que se silencia algo sino que directamente no se ve el crimen. Durante bastante tiempo el relato de la guerra antisubversiva que la dictadura construyó prendió en la sociedad, que además estaba acostumbrada a experiencias pasadas de recurrir a un poder militar que aparecía como un poder externo a la sociedad, en condiciones de ordenarla y de disciplinarla, y que aceptaba con distintos niveles de complicidad. Obviamente que después sí, aparece el silencio. No sólo hay que hacer una historia de las formas de la represión que se focalizan sobre los verdugos sino también de las formas de la resistencia de distintos sectores que van a confluir con la temática de los derechos humanos. Hubo una necesidad de un silencio de precaución y de prevención. Eso es diferente, es un silencio calculado en términos de una estrategia de resistencia, que en muchos casos más que silencio era la utilización del disimulo. Había cosas que se podían decir, incluso producciones escritas, pero bajo ciertas precauciones.
 
En sus libros “Guerra, dictadura y sociedad en la Argentina” y "Sobre la violencia revolucionaria", recurre a la palabra desmesura.
Podría decir que no se trata de ninguna clave de interpretación histórica. Simplemente hago un ejercicio comparativo. Obviamente eso se aplica a las dirigencias, particularmente a la militar. Los militares argentinos no tenían una formación diferente a sus colegas uruguayos, chilenos o brasileños. Su formación profesional ideológica no era diferente. Sin embargo, uno no se imagina a una cúpula militar uruguaya o chilena declarándole la guerra a Inglaterra. Ahí aparece la desmesura, que es una figura muy elocuente en la tragedia griega, los héroes enceguecidos por los dioses… El problema es que esa desmesura va acompañada por la sociedad. En ese sentido me interesó, no tanto en interrogar lo que enfrenta a las cúpulas militares con la sociedad sino lo que las cúpulas militares revelan de la sociedad. Es decir, la relación con la sociedad, no la oposición. Por momentos se cuenta la dictadura como si fuera producto de un ejército extranjero de ocupación.
 
Sostiene que frente a las evidencias del derrumbe civilizatorio, es fundamental el futuro de la memoria.
Porque es la clave de una ética de la memoria o de una política de la memoria. Trabajamos para el futuro, no nos interesa la memoria porque estemos encariñados con el pasado. En todo caso, la memoria es finalmente una construcción presente. Hoy la memoria es algo ya adquirido. Los interrogantes no pueden abrirse sino en perspectiva a un proyecto de futuro. Creo que ese es un problema en la Argentina. Por momentos uno ve que se habla tanto más del pasado de la memoria cuando más difícil es hablar del futuro.
 
¿Para qué se usan los acontecimientos del pasado en la Argentina actual?
Para muchas cosas. Se puede usar en términos de encontrar la ocasión de una reflexión. También para establecer genealogías, para dirimir planteos que simplemente tienen que ver con las luchas presentes. Porque tal vez el pasado pasa a ser incorporado directamente a un escenario de confrontación o de lucha, o de ventajas recíprocas.
 
¿De qué modo el kirchnerismo hace uso de ese pasado?
Hay que reconocer que este gobierno, aunque no lo ha reconocido públicamente o explícitamente, ha recuperado y ha podido reabrir un curso que tiene sus antecedentes. Obviamente esto puede apoyarse porque hay una reapertura de los juicios y esto es algo que la sociedad ha apoyado. Porque esos juicios tuvieron un punto de comienzo que es la subordinación del poder militar. Hay que reconocer que el kirchnerismo ha recuperado lo mejor de lo que podrían ser iniciativas de Estado en términos de la Justicia y la subordinación del poder militar. Por lo tanto rescato esa política de Justicia instalada en las instituciones, la renovación de la Corte Suprema, etcétera. El problema es como en las peleas sobre la memoria se politiza, y a veces de mala manera, y se acomodan las cuestiones del pasado simplemente para dirimir pleitos en el presente.
 
¿Donde hay violencia no hay política?
Esa es una afirmación que hizo una filósofa política alemana de origen judío, Hannah Arendt, quien piensa en la violencia sistemática y dice que en un punto uno puede decir no hay política sin violencia, sin violencia simbólica o social, pero la violencia sistemática y ahí estoy hablando de la guerrilla, del escenario de la guerra, de lo que se llamaba la guerra revolucionaria y contrarrevolucionaria. Arendt dice que la política depende del número del consentimiento, la violencia en el límite depende del instrumento.
 
La generación del '70 enarbolaba la consigna "El poder nace del fusil”.
En realidad es una fórmula planteada por Mao que puede aplicarse a un grupo revolucionario o a una banda de gansters. Arendt sostiene que el poder no está en las armas sino en el consentimiento, en el pueblo si se quiere recuperar esa vieja categoría a la que es imposible renunciar. El poder, dice Arendt, requiere del número, algo de lo cual puede prescindir la violencia, que depende de los instrumentos. En términos políticos, la tentación de recurrir a la violencia nace de la pérdida de poder.