Entrevista a Marcelo Miras: "Hay que valorar a todas las bodegas que se sostienen en el tiempo"
Uno de los máximos protagonistas en materia de vinos en el sur del país, el enólogo reflexiona sobre el presente, la identidad y el futuro.
El vino patagónico irrumpió hace rato. Ya no más el termómetro de ver donde se coloca en la escena argentina. En boca del Indio Solari, el futuro llegó hace rato y hablando de vinos en la patagonia, eso revela un montón de cosas. Calidad, resistencia e identidad.
Una identidad que se vuelve visible, palpable. Donde las bodegas, los productores y los enólogos se encuentran cara a cara y la sensación es colectiva: algo está pasando. Eso ocurrió hace unos días en Allen, durante el encuentro “Iconos de la Patagonia 2026”, donde más de veinte bodegas de Río Negro y otras provincias patagónicas compartieron vinos, historias y miradas sobre el presente y el futuro de una industria que, aun en medio de la incertidumbre económica, sigue creciendo desde la calidad y las experiencias.
Marcelo Miras, una referencia del sur argentino
Entre los presentes estuvo Marcelo Miras, uno de los nombres fundamentales de la vitivinicultura patagónica. Su recorrido atraviesa buena parte de la historia moderna del vino en el sur argentino: llegó desde Mendoza a fines de 1990 para trabajar en la histórica Bodega Humberto Canale, participó del desarrollo del polo vitivinícola de San Patricio del Chañar y durante años fue una de las caras visibles de Bodega del Fin del Mundo. Hoy, además de ser presidente de la Ruta del Vino de Río Negro, desarrolla su propio proyecto familiar en el Valle Medio en Bodega Familia Miras.
Pero más allá de los nombres propios, lo que entusiasma a Miras es el momento colectivo que vive el vino patagónico.
“Hace muchos años trabajamos para tener una vitivinicultura regional de primera línea. Hoy vemos vinos de excelencia en las cuatro provincias patagónicas y eso es muy gratificante”, dice. Y la frase no parece protocolar. En Allen, entre copas de Pinot Noir, Chardonnay, criollas recuperadas y blancos filosos, quedó claro que el mapa del vino rionegrino cambió.
Durante décadas, Río Negro fue sinónimo de volumen. En los años 70 y 80 la provincia llegó a tener unas 17 mil hectáreas cultivadas y cerca de 200 bodegas. Hoy la Patagonia completa ronda las 3.500 hectáreas y apenas unas 40 bodegas activas. Sin embargo, la lógica cambió: ya no se piensa en cantidad sino en precisión, identidad y calidad.
Ese giro también modificó la experiencia alrededor del vino. Porque el vino patagónico actual no se agota en la botella. Está en el recorrido por chacras históricas, en las degustaciones entre álamos y canales de riego, en las visitas a pequeños productores que recuperan viñedos de 80 años, en la gastronomía regional y en la posibilidad de conocer historias familiares detrás de cada etiqueta.
“La apuesta hoy está puesta en la calidad”, resume Miras. Y esa búsqueda se nota en los vinos, pero también en cómo las bodegas piensan el turismo y el vínculo con el consumidor.
La ruta de Rio Negro
La Ruta del Vino de Río Negro atraviesa una transformación silenciosa. En lugares como Mainqué, General Roca, Ingeniero Huergo, Villa Regina o Choele Choel aparecen proyectos pequeños, bodegas familiares y productores que entienden que el visitante busca algo más que probar un vino: quiere entender el paisaje. Quiere caminar un viñedo viejo, escuchar cómo funciona el sistema de riego del Alto Valle o descubrir por qué un Pinot Noir del sur tiene una acidez distinta y un perfil más fresco.
En ese sentido, la Patagonia parece haber encontrado una ventaja natural en un mundo donde el consumo global de vino cae y las bodegas necesitan reinventarse.
“El consumidor cambió y nosotros tenemos que escuchar qué quiere beber”, plantea Miras. Hace 25 años, explica, predominaban vinos potentes, con mucho alcohol y fuerte presencia de madera. Hoy el mercado pide otra cosa: vinos más livianos, más tensos, menos intervenidos y más fáciles de tomar.
El cambio también responde al clima y a nuevas formas de consumo. En Patagonia crecieron los blancos y los vinos de menor graduación alcohólica. Chardonnay y Sauvignon Blanc encuentran condiciones excepcionales en las noches frías del sur, mientras que el Pinot Noir continúa consolidándose como uno de los varietales emblemáticos de la región.
Pero Miras insiste en mirar más allá de las etiquetas tradicionales. Habla con entusiasmo de variedades históricas y de viñedos olvidados que algunas bodegas comenzaron a recuperar.
“El material genético de esos viñedos implantados hace 80 o 90 años es muy importante preservarlo”, explica. Allí aparecen nombres menos conocidos para el gran público: Trousseau, Torrontés Mendocino, Pedro Giménez o viejas criollas que sobrevivieron al abandono, a la urbanización y a décadas donde muchos creían que no tenían valor.
Recuperar esos viñedos lleva tiempo y dinero. Pero también construye una narrativa distinta para el vino rionegrino. Una narrativa ligada al patrimonio y a la memoria agrícola del valle.
Y quizás ahí esté una de las claves del presente: la Patagonia ya no intenta parecerse a otras regiones vitivinícolas. Está construyendo una identidad propia.
En las degustaciones de Allen eso se notaba copa tras copa. Había vinos modernos y clásicos, proyectos nuevos y bodegas históricas. También una convivencia generacional interesante: grandes estructuras junto a pequeños productores que elaboran apenas algunas miles de botellas.
Para Miras, ese ecosistema diverso es saludable. Sobre todo en un contexto económico complejo, donde sostener una bodega en Argentina implica atravesar permanentes reacomodamientos.
“Hay que valorar a todas las bodegas que se sostienen en el tiempo”, dice. Y detrás de esa frase aparece otra dimensión del vino patagónico: la resistencia.
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