Después de tratamientos médicos y de aceptar que no podría gestar un hijo, Silvina recibió el llamado que esperaba: una beba la esperaba.
Silvina llegó a trabajar aquella tarde sin saber que, mientras seguía con su rutina, una jueza intentaba comunicarse con ella para darle la noticia que esperaba desde hacía más de seis años. No había atendido el teléfono. Fue un amigo quien le avisó con una frase que al principio no entendió: “Así que vamos a ser tíos”. Minutos después, supo que una beba recién nacida la estaba esperando. Tenía 46 años y, después de tantos tratamientos, incertidumbres y años de trámites, estaba a punto de convertirse en la mamá de Caetana.
Para entonces, había atravesado tratamientos médicos, cirugías y la incertidumbre de no saber si alguna vez podría tener una hija. Había imaginado distintas posibilidades, pero no sabía cómo sería el día en que finalmente la tendría en brazos. Tampoco podía anticipar que aquella experiencia que tanto había esperado se sentiría, según recordó, tan natural.
“Yo estoy muy feliz, muy feliz de haber sido mamá. La verdad que sí. Es precioso verla crecer”, contó a LM Neuquén Silvina Vega, que fue maestra, se dedicó al teatro de títeres, llegó a dirigir la Escuela Provincial de Títeres y hoy, ya jubilada de la provincia, continúa dando clases.
Su historia con Caetana es también la de una familia que se fue armando alrededor de una espera compartida. Sus hermanas, su mamá, sus cuñados y sus amigos sabían cuánto deseaba convertirse en madre. Por eso, cuando llegó el llamado, la noticia no fue solamente de ella: todos estaban pendientes de ese momento.
Catorce años después, Caetana escucha la historia de su llegada a la familia como un relato propio, uno que le gusta volver a pedir y que conoce desde que es chiquita. A su lado, Silvina recordó detalles que todavía la hacen sonreír. "Te quiero mucho, sos la mejor mamá", le dijo la adolescente como deseo para el festejo de este Día de la Madre.
Silvina siempre quiso ser madre. No ubicó ese deseo en una fecha puntual ni en una decisión tomada de un día para el otro. Lo recordó como algo que estuvo presente desde chica, en una vida en la que los niños ocupaban un lugar especial.
Viene de una familia de cinco hermanas y, desde muy pequeña, disfrutaba cuidar a los hijos de las amigas de su mamá. Más adelante fue una tía muy presente: acompañaba a sus sobrinos, preparaba tortas, organizaba festejos y encontraba placer en esos momentos compartidos. También trabajó con chicos durante buena parte de su vida.
“Siempre me gustaron los chicos. Me gusta su manera de pensar, de ser libres”, dijo. La maternidad era una posibilidad que había imaginado incluso antes de conocer las dificultades de salud que iban a complicar ese camino.
Antes de cumplir los 30 años tuvo problemas médicos y debió atravesar una operación de ovario. Después llegaron otros tratamientos y la búsqueda de alternativas para poder quedar embarazada. En aquella época, recordó, las posibilidades eran más difíciles de afrontar y los tratamientos debían pagarse, porque todavía no existía el marco de cobertura que hoy permite acceder a distintas técnicas de reproducción asistida.
La búsqueda no dio el resultado que esperaba. Cuando finalmente le dijeron que no podría tener hijos, tuvo que atravesar un momento de crisis. No era solamente aceptar que no iba a gestar un bebé: también debía encontrar la manera de llevar adelante un deseo que seguía intacto.
En ese proceso, el acompañamiento psicológico fue importante. Silvina compartió una frase que la ayudó a ordenar lo que le pasaba y a pensar en el futuro: “Vos ya sos mamá. O sea, decidiste ser mamá y sos una mamá. Ahora tenés que ver cómo hacés eso, cómo lograr serlo”.
La idea abrió una puerta. La adopción no apareció como un premio consuelo ni como una manera de hacer una buena acción por otra persona. Fue una forma posible de construir la familia que deseaba.
“Es el deseo de uno de ser madre, de formar una familia. No es por hacerle un bien a un niño que está solo”, explicó. Para ella, esa diferencia es importante: la adopción no se trataba de salvar a alguien, sino de encontrarse con una hija.
Más de seis años mirando el teléfono
Silvina se inscribió en el Registro Único de Adopción cuando rondaba los 40 años. Estaba sola y sabía que ese dato podía despertar dudas. Imaginaba que quizás una pareja formada por una mujer y un hombre tendría más posibilidades, pero durante el proceso le explicaron que la evaluación no se reducía a ese modelo de familia.
En el registro, recordó, podían inscribirse personas solas, tanto mujeres como varones, y parejas. En su caso, el proceso incluyó entrevistas y evaluaciones para determinar su aptitud para adoptar. También participó de reuniones informativas en las que se explicaba cómo funcionaba el sistema y cuáles eran las situaciones que podían llevar a que un niño o una niña estuvieran en condiciones de ser adoptado.
La espera duró un poco más de seis años. Durante ese tiempo tuvo que renovar periódicamente su voluntad de continuar con el trámite y atravesó distintas etapas, entre la expectativa y la aceptación de que el llamado podía demorarse. Aunque confesó que siempre tuvo esperanza, casi como certeza de que iba a encontrar a su hija.
Había marcado la posibilidad de adoptar una nena o un nene, incluso hermanos. Como no sabía qué edad tendría el niño o la niña que llegara a su familia, preparó una habitación con dos camas. Pensaba que quizá sería más probable que le asignaran hermanos más grandes que un bebé recién nacido.
Pero, cuando la trabajadora social fue a su casa, se animó a expresar cuál era su deseo más íntimo. “Mi ideal es una nena recién nacida”, le dijo, aunque enseguida aclaró que sabía que era difícil y que estaba dispuesta a recibir al niño o la niña que llegara. La respuesta de la profesional quedó resonando: “Nunca se sabe”.
La llamada que puso a todos en movimiento
El día en que le avisaron que había una beba, Silvina ni siquiera atendió el teléfono cuando la llamaron desde el juzgado. Tiene la costumbre de no responder de inmediato y suele devolver las llamadas más tarde. Esa mañana, mientras la jueza intentaba comunicarse, ella seguía con su rutina sin saber que estaba a punto de recibir la noticia más esperada.
A las dos de la tarde llegó a su trabajo. Un amigo la recibió con una frase que no entendió: “Así que vamos a ser tíos”.
Silvina se quedó desconcertada. Entonces le explicaron que la jueza la había estado buscando y que debía devolverle la llamada. Cuando finalmente pudo hablar con ella, recibió la confirmación: su hija la esperaba.
La escena se volvió colectiva. Sus compañeros de trabajo se acercaron mientras hablaba por teléfono, atentos a cada palabra. Sus hermanas, su mamá, sus cuñados y sus amigos también estaban pendientes. Habían pasado tantos años acompañando la espera que la noticia era, de alguna manera, de todos.
Su familia le recomendó que no contara demasiado hasta tener a la beba en brazos. Pero la maquinaria afectiva ya se había puesto en marcha. Alguien tenía un cochecito, otra persona podía acercar un moisés, aparecieron ropita y objetos para recibirla. Silvina no había preparado todo porque no sabía que sería un bebé, y mucho menos que el encuentro llegaría de un día para el otro.
Finalmente, fue a buscarla un viernes, acompañada por su mamá y su hermana menor, que llevó una filmadora para registrar el momento. La emoción fue tanta que, según contó Silvina, la grabación terminó mostrando buena parte del piso y del techo.
Cuando llegó a su casa con Caetana, la alegría se mezcló con una pregunta que probablemente muchas madres recuerden de sus primeros días: “¿Y ahora?”.
Su hermana se quedó a dormir con ella esa primera noche. La habitación estaba preparada, pero Silvina decidió tener a la beba cerca de su cama. Durante un tiempo durmió a su lado. Quería acompañarla, conocerla y construir ese vínculo que tanto había imaginado.
Silvina había leído y pensado sobre la relación que se establece durante el embarazo. Se preguntaba cómo sería crear un vínculo con una hija que no había llevado en su vientre, que no había compartido durante nueve meses sus latidos ni su olor.
Por eso se fabricó un fular para llevarla pegada al cuerpo. En aquel momento no encontraba fácilmente esas telas, así que resolvió hacer una por su cuenta. La llevaba a todos lados, cerca de ella, en un contacto cotidiano que sintió importante para empezar a conocerse.
“Yo pensaba: tengo que armar este vínculo que no tuvo estos nueve meses conmigo, con mi ritmo cardíaco, con mi olor”, recordó. No sabe cuánto influyó ese gesto, pero sí recordó que la maternidad llegó de una manera muy fluida. “Yo lo sentí muy natural”, dijo.
Caetana era una beba saludable, dormía bien y, con el paso de los días, la vida familiar fue encontrando su ritmo. Silvina se sorprendía incluso de que, en ocasiones, se olvidaba de que no compartían la misma herencia biológica. Alguien señalaba un parecido, una boca o un gesto, y ella volvía a recordar que no había un vínculo genético detrás de esas coincidencias.
Sin embargo, hay algo que sigue llamando la atención de quienes las conocen: se parecen mucho. Caetana también lo escucha de los demás. “Se sorprenden cada vez que digo que soy adoptada, porque dicen que nos parecemos mucho”, contó.
La historia de su llegada nunca fue un secreto. Silvina comenzó a contársela desde que era chiquita, con palabras que pudiera entender y a partir de las preguntas que surgían. Caetana creció sabiendo que fue adoptada y, lejos de sentirlo como algo extraño, siempre le gustó conocer su historia.
Cuando era más chica, le pedía a su mamá que le contara una y otra vez cómo había ido a buscarla. Quería escuchar los detalles, volver a recorrer ese camino que las había unido.
Silvina tiene una manera propia de narrárselo: le dice que, de alguna forma, Caetana iba a ser su hija y encontró el camino para llegar hasta ella. “El camino que teníamos era que estuvieras en el vientre de otra mujer porque en el mío no podías”, le explicó.
Para Silvina, la adopción no es una maternidad más extraordinaria que otra. Es una manera de encontrarse. “Es encontrar ese vínculo de la manera que uno puede”, sostuvo.
Una maternidad que crece con ella
Silvina pensaba que, como le gustan mucho los bebés, quizás la relación cambiaría a medida que Caetana creciera. Pero ocurrió lo contrario: siente que cada etapa trae algo nuevo y que el vínculo se vuelve más profundo.
“Cada día es más lindo verla crecer, verla desenvolverse con sus amigos. La verdad que es maravilloso”, dijo. La maternidad, para ella, también consiste en acompañar la independencia de su hija, permitirle compartir tiempo con sus amigos y estar disponible cuando la necesita.
Se definió como una mamá presente. Le gusta compartir actividades con Caetana, pero también disfruta verla construir su propio mundo. Entre las cosas que más les gusta hacer juntas están los juegos de mesa, una de esas formas sencillas de pasar tiempo en familia.
Caetana va a la escuela, tiene buenos amigos y atraviesa esa edad en la que comienzan a aparecer nuevas decisiones, proyectos y expectativas. Ahora, además, las dos están metidas de lleno en la organización de los 15 años. La adolescente quiere una fiesta y Silvina, que al principio no estaba tan entusiasmada con la idea, terminó contagiándose de la emoción. Ya empezaron a buscar el salón y a pensar en el vestido y la decoración. La familia también participa: los primos, contaron, van a tocar música durante la celebración.
Este domingo, en el Día de la Madre, ambas se van a disfrutar y agradecer haberse encontrado como madre e hija.
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