Aquellos canales de riego que le regalaban frescura a las calles de Neuquén
Fueron vitales para poder mantener la producción y el arbolado público. También fueron el lugar de recreación de miles de neuquinos durante los veranos.
Corrían por un costado de las calles de tierra como pequeños ríos y eran un bálsamo para el pueblo de Neuquén, especialmente en los meses de verano. Durante muchos años alimentaron suelos y permitieron el sustento de huertas, chacras y jardines hasta que el tiempo transcurrió y finalmente los canales de riego quedaron tapados por la urbanización y el progreso.
La mayoría no lo sabe, pero Neuquén tuvo alguna vez muchos canales y pequeñas acequias, el viejo sistema de riego que se implementó en otras ciudades que se levantaron en el desierto y cuyos pioneros aprovecharon para derivar ríos o lagos a través de profundos surcos hechos a fuerza de pico y pala.
Cuesta imaginarse hoy a la moderna Neuquén con un canalito recorriendo la calle Ministro González o bajando por la calle Jujuy o por otros lugares céntricos donde antes predominaban solo las casas bajas y los caminos de tierra. Parece difícil para la gente joven o para quienes llegaron a la ciudad en los últimos años. Pero el pueblo tenía ese aspecto.
Pequeños riachos al lado de las calles
¿Cuántos canales y pequeñas acequias existieron? Uno de los más recordados por los viejos vecinos es el de la calle San Martín, cuya boca toma estaba en la intersección con Jujuy y de ahí derivaba el agua para las colonias ferroviarias, seguía por la calle Independencia hasta las quintas de Villa Farrel y luego bajaba para Villa Eiriz y Confluencia. Había muchos más repartidos de manera estratégica.
Algunos grandes y correntosos; otros tan angostos que se podían cruzar de un salto, pero todos con la misma misión: llevar agua, la principal preocupación de quienes a principios del siglo pasado proyectaron la utopía de crear una ciudad en el medio del desierto.
Durante los veranos agobiantes fueron claves para el riego, pero también para la recreación de los más chicos cuando se escapaban de las siestas obligadas para darse un chapuzón con sus amigos, aun con las advertencias de sus padres sobre el peligro que escondían algunos sifones o sectores de correntada brava. Muchos todavía recuerdan las broncas que se agarraban los tomeros, encargados de administrar aquellos caudales en la zona de chacras, cuando los pibes subían o bajaban las pequeñas compuertas a su antojo con tal de refrescarse. También tienen vivas las imágenes durante los carnavales y los corsos cargando tachos y baldes en la acequia más cercana para jugar a las guerras de agua.
Cursos de agua clave para el desarrollo de Neuquén
Los canales fueron parte del desarrollo productivo, pero también de la vida social de miles de neuquinos. Las tardecitas familiares en la vereda cuando comenzaba a esconderse el sol, las charlas con los vecinos de la cuadra disfrutando la frescura que regalaba el agua a su paso, hasta las caminatas de la vuelta del perro recorriéndolos de manera pausada en toda su extensión.
No son pocos los que cada tanto reviven viejos momentos de felicidad congelados en una foto blanco y negro al lado de uno de esos regueros. Pequeñas postales familiares con el fondo de una Neuquén humilde, agreste y desconocida.
El tiempo pasó rápido como pasa siempre en la historia de los pueblos. Y en el camino llegó el crecimiento, la necesidad de nuevos barrios, el asfalto y una catarata de urbanismo que en pocos años cambió todo.
Algunos canales –los más importantes- sobrevivieron y en la actualidad mantienen su curso de agua, cementados, entubados o escondidos. La gran mayoría de las pequeñas acequias desaparecieron y hoy son cicatrices disimuladas en los costados de las veredas.
Todos estos surcos grandes y chicos guardan la historia en su interior con la misma frescura del agua que alguna vez corrió por ellos. Y encierran el pasado de una Neuquén que nunca será como entonces y que permanecerá solo por poco tiempo en la memoria de los viejos.
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