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Playas Doradas: el paraíso que verá los tanques del VMOS a la vuelta de la esquina

Cómo se prepara la localidad turística del Atlántico rionegrino a los cambios en su escenario natural. Los preparativos, esperanzas y requerimientos de los pobladores que nunca se fueron.

Llegar es sencillo: unos 28 kilómetros separan al balneario marítimo de su municipio controlante, Sierra Grande. La ruta provincial está en buen estado tras la extensión realizada en los últimos años. Llegó tarde, sí, pero llegó. Hasta la puerta del barrio. El resto es ripio.

“Con mi marido fuimos los primeros en llegar, hace 47 años; éramos tres y no nos fuimos nunca más”, cuenta Esthela, propietaria de una de las casas de alquiler.

—¿Y cómo es vivir con el viento?

“No pasa nada: si hay mucho, te quedás adentro”, dice, como si conjurara el temor de los visitantes.

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La playa es un atractivo increíble: casi un kilómetro desde la costanera hasta el borde del mar durante la bajamar, y más de cinco kilómetros de largo entre las Restingas y una laguna que se forma en el extremo norte. Pero es en el extremo sur del barrio donde el cambio viene con todo… irrefrenable.

El proyecto de infraestructura más importante desde las represas o los gasoductos Neuba es el Vaca Muerta Oil Sur (VMOS): un caño de 30 pulgadas y 437 kilómetros para exportar crudo liviano por Punta Colorada, donde levantarán —por ahora— cinco tanques de 120 mil metros cúbicos cada uno.

Las obras de soterramiento del ducto cruzan la Ruta 3 antes de llegar a Sierra Grande, y otro brazo se mete bajo la ruta provincial 5, camino a Playas Doradas.

El sol pega fuerte en noviembre. El viento decide la altura de las matas achaparradas —coirones, alpatacos, botones de oro con sus flores amarillas, jumes— de esta tierra agreste. El viento es constante.

Los negocios

-¿Y cambió algo desde que empezó la obra?

“No mucho”, responde Esthela. Aunque reconoce que se ven camionetas de Techint, Técnicas Reunidas, CBS, YPF, Milicic. También revela el primer negocio que se les ocurrió a algunos avivados:

“Me vinieron a alquilar las cabañas, pero no me cerraba: en el contrato se reservaban el derecho a subarrendar”, dispara.

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Sacamos cuentas al aire: la cifra que le ofrecieron era poca cosa comparada con lo que se paga en otras zonas petroleras. El subalquiler es la ganancia de los veloces agentes inmobiliarios que ya pululan.

“Perdía el control de mi propiedad; me tenía que hacer cargo de los servicios y de la limpieza por poco menos de lo que gano en temporada. Está bien, me alquilaban todo el año, pero no era negocio para mí”, agrega.

Quizás algunos aceptaron: se ven camionetas con logos de empresas vinculadas al petróleo estacionadas en la villa.

El calor vuelve en forma de viento y arenilla, golpea la piel. Los habitantes permanentes están acostumbrados: es parte del paisaje y del pacto para vivir en este paraíso surgido como área de descanso del personal de la mina de hierro. El marido de Esthela —murió hace unos años— trabajó hasta un retiro voluntario durante la crisis de la mina y del puerto, ahora operado por la china Metallurgical Group Corporation (MCC), que en 2006 adquirió la mayor parte del paquete accionario.

“Hoy trabajan unas diez personas, solo mantenimiento”, cuenta Laura, dueña de una heladería y waflera de franquicia sobre la avenida Buccino, la principal de Playas Doradas después de la costanera.

Laura es docente en la escuela primaria; en su tiempo libre atiende la heladería, una marca con presencia en varias ciudades costeras. “La mayor parte de quienes viven en Sierra trabajan en Madryn o en San Antonio; incluso algunos en Neuquén. Acá se vive del empleo público principalmente”, explica. Pesca embarcada, minería, hidrocarburos: regímenes 2x1 o 1x1 que moldean la vida. Sierra Grande ya no es lo que fue. Hoy busca deshacerse de la resaca del abandono (minería) y abrirse a un nuevo horizonte (midstream). Y su barrio más hermoso, Playas Doradas, no es ajeno a ese intento.

Fábrica fantasma

Al sur de la playa se recorta el gigantesco edificio de MCC y el muelle interminable para buques. Un alambrado con carteles de prohibición separa esa fábrica fantasma —misteriosa, sucia— de la villa. El abandono es evidente. El esplendor se fue, y el golpe de la desocupación dejó una marca profunda. Ahora asoma una luz, otra apuesta que podría torcer ese destino.

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Mientras tanto, por la Ruta 3 circulan camiones con compresores y maquinaria pesada con destino evidente: la obra del VMOS.

Huelga decirlo: tanto Sierra Grande como Playas Doradas padecen un abandono visible. Veredas —cuando las hay— con grietas llenas de plantas silvestres que buscan vivir; gramilla amarilla bajo el sol; plásticos libres que el viento pasea como si fueran mascotas sin dueño; calles de tierra, pintura descascarada, carteles borroneados por la erosión. En Playas Doradas la entropía toma forma de tránsito vehicular. El viento y la sequía cincelan todo: vegetación achicharrada, achaparrada, exigida. Apenas sobreviven olivillos, sauces y eucaliptos que se atreven a rebelarse.

Playas Doradas vive entre dos pulsos: el del viento que arrasa y el del futuro que avanza; ninguno pide permiso.

Plaga asiática

Playas Doradas no es linda más allá de la precariedad habitual de las villas costeras sui generis del mundo, pero su belleza agreste y exuberante llena el alma del que busca tranquilidad. Es un prospecto turístico perfecto, aunque hoy su realidad se expone en vegetación reseca y calcinada. Además, sufre un problema común a gran parte de la costa argentina: la irrupción de una plaga asiática que el mar arranca del fondo y deja morir en las playas desde Puerto Deseado hasta Bahía Blanca: el alga wakame (Undaria pinnatifida).

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Carola Puracchio, cocinera en Chubut, según leo en internet, la usa en gastronomía; algunos químicos extraen fertilizantes o insumos cosméticos. En Madryn la rastrillan para cuidar el turismo. En Playas Doradas la dejan al capricho del mar: algunas vuelven al agua, otras se secan al sol. Son feas, gelatinosas, inocultables: afean el fantástico paisaje de arenas calmas y conchillas perladas arrastradas por las olas, como en una poesía de Storni.

En el supermercado La Anónima, el más grande de Sierra Grande —donde todos hacen las compras—, la cajera cuenta que “se ve algo más de movimiento” y lo atribuye a que las viandas del personal del VMOS se canjean allí. Algunos trabajadores de YPF, que paran en la villa, después de jornadas extensas prefieren sentarse en un novel restaurante en la rotonda del acceso, “en Playas”, como dicen algunos.

En la recepción de un restaurante descansan papeles cuadriculados con escaques de Excel que esperan firmas para certificar el beneficio de la vianda usada. Llegan unos “viejitos” perfumados y renovados tras una ducha reparadora; se sientan frente a una TV a ver un partido de fútbol.

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Hablan del trabajo, del VMOS y de un tal “Turco”, quizás un experto que formó parte de la fase de soldadura del ducto. Afuera, antes de ingresar a la villa, a unos cinco kilómetros, retroexcavadoras urgentes levantan polvo seco que delata el trazado de la obra.

Muchos otros prefieren cocinar: comer bien en un restaurante es casi una quimera homérica. Una porción de rabas o langostinos apanados y una bebida puede costar 70 u 80 mil pesos para dos. Ni hablar del pescado fresco: aparece seco, mal cocido, como si salmón, merluza o corvina hubieran sido elegidos para pagar algún karma del fondo del mar. Quizás se lo merezcan; el comensal no lo sabe: solo lo padece.

La temporada estival se acerca y los dos o tres puestos que venden minutas o jugos frente al mar —o a la infinita playa de arenas finas— esperan una buena racha. “Por ahora no se ve mucho movimiento más allá del finde largo”, dice la dueña de un carrito de sándwiches y conos de papas fritas. Unos metros más allá, cruzando una plaza seca con pinos esforzados y petisos, un grupo de jóvenes de piel cetrina escucha música caribeña y toma cerveza fría. Hablan con fuerte acento centroamericano. La vendedora de helados confirma que, desde que empezó la obra del oleoducto, llegaron muchos extranjeros. Se los ve estacionar, reír, comprar en el mínimo centro comercial frente a la playa.

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Más allá —rumbo sur, después de las verdinosas Restingas, esas espinas de piedra que asoman cuando la marea se retira como un animal cansado— avanzan loteos. Varias construcciones sencillas puntean el semidesierto. Incluso allí, poco más allá de una playa pequeña denominada “de los suecos” y antes de la “de las casitas”, se levanta un hotel y un restaurante, cerca de la minera china y frente al mar. Al menos cinco loteos y varios proyectos más se ofrecen en redes y en la ciudad. Hace unos años, por 500 dólares se conseguía tierra. Hoy los lotes con servicios rondan los 20 o 30 mil dólares.

El VMOS promete futuro. Muchos lo avizoran. Pero la sinfonía no puede desafinar: perder la potencialidad turística del sur rionegrino sería un pecado irreversible.

Las experiencias de localidades que conviven con industrias extractivas —incluso la historia minera de Sierra Grande— son testigos difíciles de soslayar. Punta Colorada tendrá el puerto exportador de crudo, y detrás vendrán los proyectos de gas de PAE y el FLNG de Golar e YPF; y una zona franca que se acaba de aprobar en la Legislatura rionegrina. Estas promesas —como cirrostratos difusos— dibujan un futuro posible para un pueblo en semiestado de abandono, pero implican un desafío profundo para la comuna y para la provincia: reforzar servicios, gastronomía, hotelería, medio ambiente, infraestructura vial, redes básicas.

Es urgente: hay que hacerlo antes de que la localidad quede como ese pescador de rambla que mira pasar los barcos: quieto, paciente, olvidado, mientras todo lo importante ocurre lejos.

La construcción de un paraíso no es únicamente libre albedrío. “Tuvimos la oportunidad de irnos cuando cerró la mina, pero elegimos quedarnos”, cierra Esthela en una oración que representa a quienes se asentaron a pesar de las dificultades. Aquellos sueños aún persisten y esperan que la belleza que los arrojó en este rincón del mar no se pierda ni desaparezca.

El viento es solo un vecino más; la belleza del lugar enamora para siempre.

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