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La Mañana Batalla

Una batalla contra el olvido: la historia de destino, contradicciones y amor detrás de la restauración del mausoleo de Olascoaga

Marcos Barceló descubrió su profesión el día que se despidió de su abuelo. Hoy trabaja junto a la restauradora Abril Pepa en una obra emblemática para Neuquén y para su vida.

Bisturí, anteojos, fosfatizante, cola de conejo, mameluco, paciencia, alcohol isopropílico, amor. Hay un sinfín de elementos que se necesitan para sumergirse en el tiempo a rescatar lo importante o para bien tratar, como le gusta decir a Marcos Barceló, “las cicatrices del pasado”. Hace poco más de dos meses, junto a su amiga y colega, Abril Pepa -ambos conservadores y restauradores de bienes culturales formados en la Universidad Nacional de las Artes-, trabajan en el Mausoleo del Coronel Manuel Olascoaga, el monumento emblemático y controvertido, ubicado en la Plaza de las Banderas de Neuquén, que exigía salir del olvido.

El verano pasado, Marcos fue convocado por la Subsecretaría de cultura de la Municipalidad para hacer un diagnóstico y evaluar la factibilidad de recuperar la obra que el escultor Atilio Morosín construyó entre 1981 y 1983. Una decisión trascendental por la dimensión que tiene el Mausoleo desde lo concreto y desde lo simbólico, desde lo tangible e intangible para el patrimonio cultural neuquino. Pero también por la oportunidad de mirar el pasado, sus heridas, contradicciones y poner en una vez más en tensión el qué hacer con nuestras propias memorias.

Restaurador- Marcos Barceló (6)

“Las huellas siempre sirven, no se puede borrar la historia, por el contrario, está para debatir, no para ser negada. El patrimonio nos permite entender un poco el pasado y dejarles a las generaciones futuras las claves para que puedan comprender de donde vienen. La obra también nos permite percibir a los artistas de esa época, desde qué técnicas y materiales usaban, hasta quienes hacían estos homenajes y por qué. La obra de Morosín en sí misma es hermosa, es importante preservarla como documento histórico y quizá permita abrir un debate respetuoso. Estoy muy contento de poder hacer este trabajo, de ir descubriendo la belleza de la obra a medida que avanzamos, que la vamos recuperando”, explica Marcos.

El trabajo que vienen haciendo Marcos y Abril, además de los informes técnicos que implica el antes, durante y después de la restauración, conlleva una investigación profunda para conocer cómo era la obra original e intentar recuperarla, más allá del paso inevitable del tiempo, para lo cual necesitan registros fotográficos del Mausoleo cuando fue inaugurado. Lo que se busca es despojarla de las intervenciones humanas: muchas por vandalismo, muchas por la animosidad de conservarla sin los elementos, ni técnicas necesarias. “Ahí está la diferencia entre un restaurador y un artista. Nosotros no intervenimos la obra, no dejamos nuestra impronta, sino que buscamos reconstruirla, con mínima intervención y mucho respeto a lo original y la reversibilidad”, detalla Marcos.

En Neuquén, son contadas las veces que se realizaron trabajos de estas dimensione y precisiones, lo que implica no sólo un desafío para la carrera de ambos restauradores. Para Marcos, que es nacido y criado en el Valle, implica también trabajar en el legado de un territorio que no le es ajeno y con una motivación muy personal que tiene que ver con su propia historia.

taller 3

Sobre el destino

La fascinación por los detalles y por el arte llegó a Marcos a través de su familia materna. Recuerda una casa con acceso a esculturas, pinturas y a un abuelo apasionado, sensible y conocedor de ese universo. Leonardo Calí era un prestigioso cirujano italiano que se radicó en Cipolletti, donde fue un ciudadano comprometido, no sólo en la promoción de la salud, sino también porque comprendía los alcances de la cultura. Fue, entre otras cosas, el impulsor y gestor del Monumento a los italianos, más conocido como el monumento de la Loba, que se emplaza en el Parque Rosauer, una obra que le tomó años de esfuerzo y mucho andar, que soñó como un espacio público para las familias, como un punto de construcción de sentido desde la saudade. Marcos dice que su abuelo era un buen conocido del escultor Atilio Morosín, quien estaba muy comprometido en ese proyecto y que además iba a ser el ejecutor de la Loba, pero lamentablemente murió un tiempo antes.

Restaurador- Marcos Barceló (10)

El día que el abuelo de Marcos murió, por esas cuestiones del azar y el destino, le tocó acompañarlo durante algunas horas en soledad. Y en esa bruma de silencio, gratitud y tristeza, no sabe bien si se dijo o lo escuchó decirle: “estás perdiendo el tiempo”. Para entonces, Marcos está trabajando en la empresa familia, luego de haber abandonado los estudiado de veterinaria en 4to años.

“Al otro día hablé con mi papá, y a fin de año me fui a Buenos Aires a estudiar la Licenciatura en Conservación y Restauración en la UNA. De alguna forma, esta carrera me conecta con una parte de mi abuelo: implica estar todo el día con el bisturí y además tiene mucha química".

En noviembre del año pasado volvió a Neuquén, montó un taller donde era el consultorio de su abuelo y donde se dedica a sanar diferentes tipos de obras. Sobre la convocatoria a realizar la restauración del Mausoleo, dice que es una fortuna, un inmenso desafío profesional, que le ofrece la posibilidad de trabajar en equipo y discutir criterios con su colega Abril Pepa, sino también hacerlo sobre la obra exquisita de Morosín, de descubrir los detalles y gestos de un artista que conoció en la infancia de la mano de su abuelo y de poder, en ese proceso, rescatar vestigios de su propio recorrido vital.

Restaurador- Marcos Barceló (1)

Sobre Olascoaga

Pocas figuras más eclécticas y a la vez espinosas en las memorias neuquinas que la del coronel Manuel José Olascoaga. Y al mismo tiempo, pocos homenajes más difíciles de asimilar -más allá de la belleza de la obra de Morosín- para un hombre que amó y proyectó Chos Malal, el norte neuquino y murió cuestionando el traslado de la capital a Neuquén, gesto que le valió que jamás lo nombraran General.

Oascoaga fue el primer gobernador del territorio, con todo lo que implica ubicarse en ese espacio fundacional encarnando el Estado, donde ya había historia y raíz. Fue una pieza clave durante la Campaña del Desierto, un patriota, el exponente de una generación de claroscuros que avanzó sin piedad hacia la pregonada “civilización” y al mismo tiempo, un intelectual lúcido, topógrafo, cartografista, artista plástico, un cronista formidable de su época y el mentor de una Neuquén que se proyectaba sobre la cordillera del viento.

El Mausoleo de Olascoaga fue realizado durante la gestión del gobernador de facto, Domingo Trimarco, en el marco de los homenajes al centenario de la Campaña del Desierto, que el 11 de junio de 1979 había implicado la inauguración de la Plaza de las Banderas, acto del que participó el genocida Jorge Rafael Videla. Por disposición de Trimarco, con autorización de la familia, y a través de la Ordenanza 1584/80, el 10 de junio de 1983, los restos de Manuel José Olascoaga y su esposa Delfina Urtubey fueron trasladados desde Mendoza en un avión de TAN. El día siguiente, se decretó asueto en todas las escuelas y luego de un cortejo honorífico, del que participó la ciudadanía, los restos del coronel y su esposa, fueron reubicados en el Mausoleo que previamente había construido Morosín.

Aunque la medida fue discutida por importantísimas figuras del campo intelectual neuquino, lo cierto es que, desde entonces, Olascoaga descansa en la Capital que siempre padeció.

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Sobre el amor

Horas y horas, a sol y sombra -sin eufemismos- Marcos y Abril intentan quitar del patrimonio neuquino las heridas que dejó la falta de conservación. Desde un Ramones inmenso escrito en aerosol; un María te amo en corrector; a errores de técnica en el afán de recuperarlo, que terminaron complejizando el escenario. “Se restaura cuando falló en el paso previo, que es la conservación. Entonces hay que evitar que estas cosas sucedan. Estas intervenciones no se dan sólo en Neuquén, pasa en todo el país, en todos lados del mundo, por eso esta instancia de restauración es maravillosa, porque permiten trabajar en estrategias para evitar el deterioro”, dice Marcos, sobre la acertada decisión e inversión que está llevando la gestión municipal.

La obra está compuesta por una escultura de bronce de tres metros, un monolito de hormigón, una base de dolomita y tres murales bajo relieve de cal y arena, que recorren los diferentes momentos de la vida de Olascoaga. Toda realizada por Atilio Morosín, el llamado escultor del Comahue: un artista completísimo formado cerca de Luis Perlotti, Quinquela Martín y otros referentes, que dejó en la región más de 100 obras, entre monumentos, bustos, imágenes y esculturas.

Para comenzar la intervención, fue necesario realizar análisis físico químicos de los materiales y evaluar exhaustivamente cómo avanzar sin dañar, sobre todo, comprender sobre qué se estaba interviniendo, los alcances que tiene el arte en un tiempo, en un espacio, en un territorio y que ahora implica un trabajo quirúrgico de infinita paciencia, pero también de amor.

No hay transcurrir sin tensión, no hay síntesis sin contradicción. En esas grietas a veces evidentes, a veces ignoradas, está el patrimonio. Reconocerlo, conservarlo, aprender a observarlo para cuidarlo o cuestionarlo, luchar para que existan más representaciones donde reconocernos, es parte de una tarea elemental que deben darse los pueblos con memoria. Y entre toda esa historia que a veces el tiempo llena de sombra, se necesitan decisiones y un trabajo amoroso para volverlos a la luz.

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