Especial
Hay una tercera razón, más lejana pero al mismo tiempo importante. Como del franc hay pocas hectáreas -819 de punta a punta de la Argentina para 2015-, en general enólogos y bodegas apostaron por dos vertientes: los ejemplares caros, por un lado, y los bien diferenciales, por otro, como una manera de aprovechar al máximo su potencial. Y al mismo tiempo, empezar a explorar, de a poco, nuevas variantes gustativas.
Patagonia: Esta variedad se da muy bien en la Patagonia gracias a un ciclo que es corto.
El nuevo viejo franc
Para los viticultores de Loire, Francia, el cabernet franc es un viejo conocido. Allá es la variedad tinta más cultivada. Pero solía ser una tinta muy plantada en Francia hasta el XVII, cuando un híbrido de cabernet franc y sauvignon blanc comenzó una meteórica carrera: el cabernet sauvignon.
En efecto, el cabernet sauvignon es hijo del franc. Y en Burdeos, otra gran famosa región de Francia, resultó mejor adaptada para conseguir vinos de sintonía más fina. Y con el tiempo, el hijo le robó el lugar al padre. El franc quedó, de hecho, como variedad de corte, especialmente para destacar el carácter del merlot y del sauvignon en Burdeos.
En el nuevo mundo, tal como pasó con el malbec, la variedad encontró otros climas y otros suelos. De forma que, desde la llegada de nuevos clones importados de Francia en la década de 1990, el franc comenzó una era de adaptación que terminó dando nuevos vinos en el mercado doméstico. ¿La razón? La misma por la que fue recluido en Francia: el carácter indómito y vegetal del vino, sumado a un ciclo vegetativo más corto que el sauvignon, lo que le permite adaptarse a zonas más frías, como el valle del Loire.
Los franc argentinos
La historia reciente de la variedad habla de algunos productores que le pusieron primeras fichas. En la Patagonia, donde el cabernet sauvignon no siempre madura, completamente mordido por las heladas tempranas, el franc resultó una respuesta natural debido al ciclo más corto.
Humberto Canale, cuyo Marcus Gran Reserva (2011, $332) es un clásico, fue pionera a mediados de los 90. Con ella, vinieron luego algunos de los viñedos más modernos, como los que dan vida a FIN (2012, $329) de Fin del Mundo y Bodega del Desierto, con Desierto 25 (2014, $140), a las que sumó Del Río Elorza al cerrar la década de 2000, cuyo Verum Reserva (2013, $309).
En paralelo, en las zonas altas de Mendoza, la razón para su difusión fue la misma. Sólo que en la provincia cuyana, muy malbequizada en su oferta, el franc sirvió como punta de lanza para trabajar estilos de vinos menos maduros. Entre los productores que destacan en franc para Mendoza, conviene apuntar a los ejemplares de Luján de Cuyo, como Pulenta Estate con XI (2012, $288), Rosell Boher con Casa Boher (2014, $185), Benegas con Finca La Libertad (2012, $338) -otra de las casas pioneras-, Bodega Lamadrid con La Madrid Reserva (2012, $160). En Uco destacan Zaha (2012, $332) y Angélica Zapata (2012, $513).
El juego de la diferencia
En la Patagonia, los años en que el cabernet madura bien ofrece el vino más complejo de la región: aromas frutales, con un paladar firme y de frescura lograda. Así es Saurus Select (2012, $200). El franc ofrece un trazo vegetal que recuerda al pimiento verde con frutas rojas. Buen caso es Marcus Gran Reserva (2011, $332).


