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El Pasaje del Arte sigue firme, pese a la pandemia

En en barrio Gran Neuquén, a metros del hospital Heller, crece el primer museo a cielo abierto de la ciudad.

De las orillas del río floreció históricamente la vida, y no solo lo saben las primeras civilizaciones, que construyeron sus cimientos en la ribera del Nilo. También lo saben las vecinas del barrio Gran Neuquén, que allí, a pocos metros del Hospital Heller, hicieron un río de azulejos en las veredas de la cuadra, de donde nació el Pasaje de las Artes. "Si el río viene, viene la vida", es el lema con el que inauguraron el primer museo a cielo abierto neuquino.

Allí, entre Rafael Vázquez y Novella, las casas fueron intervenidas artísticamente, tanto en sus fachadas como en sus jardines, y fue tal la magnitud de la obra que cambiaron el nombre de aquella calle de Las Palomas a "Pasaje del Arte". La idea fue presentada por Viviana Campetti, una artista neuquina y docente que vive en el lugar. "Es un proyecto que elaboré para presentar en la cuarta bienal del Museo Nacional de Bellas Artes. Yo quise presentar algo que sea callejero, que salga de las sedes", contó a LMN.

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"Algunos de los murales fueron realizados por artistas locales en función de la casa y los andamios disponibles para trabajar", aseguró. Sin embargo, el contagio del arte movilizó a vecinos y vecinas de la cuadra, desde los más jóvenes hasta los más adultos, que con el correr del tiempo fueron encontrando sus facetas artísticas.

Aunque ahora están encerrados por la pandemia, durante gran parte del año pasado estuvieron en la calle trabajando: "No importaba si era invierno o verano, si había viento o tierra". Tal fue el incentivo que tuvieron en el lugar, que sirvió de excusa para apagar la tele y pasar las tardes planificando arte en la cuadra. "Fue importante, más allá de lo artístico, porque nos conocimos como vecinos y vecinas. Antes solo nos saludábamos y ahora hasta nos ayudamos cuando nos enfermamos", destacó Edith Escudero, una de las vecinas del lugar.

El Pasaje del Arte sigue firme, pese a la pandemia

Es por eso que el proyecto es conocido como "Minga Para un Pasaje al Arte". Dicha palabra proviene de la solidaridad de vecinos y amigos reunidos para hacer un trabajo en común, que los llevó a formar una relación de afecto y hasta una amistad.

El arte, en algunos casos, no solo sirvió para embellecer el lugar. Es que cada familia tiene una historia particular: "Hay casos de violencia dentro de las familias que se fueron sanando con el arte", contó Campetti. Hay paredes en las que los murales fueron pintados encima del hueco de las balas, o sirvieron para ponerle color a muertes infantiles. "Las vecinas lloraban de emoción porque le pusieron vida a muchas tragedias que hubo en el barrio", agregó la mujer.

Los murales son conceptuales y representan "la unidad, la interculturalidad y también a la Pachamama". Por eso, tanto en las paredes como en las veredas, ya sea hechas con pincel o con azulejos, se pueden ver todo tipo de flora y fauna. Desde ranas, colibríes y libélulas hasta cactus, flores y liebres.

-> Arte como trinchera social

“No solo hay colores decorativos, también hay mucho contenido, porque buscamos valorar lo intercultural”, destacó Viviana Campetti, que una vez que termine la pandemia quiere poner la bandera whipala en el museo.

Es que entre la cultura indígena y el culto a la Pachamama, también hay una resignificación desde el arte a los distintos movimientos sociales que han atravesado tanto la provincia como el país.

El Pasaje del Arte sigue firme, pese a la pandemia

Pañuelos de las Madres de Plaza de Mayo y rostros como los de Carlos Fuentealba y Santiago Maldonado pueden verse entre los mosaicos. “La idea del muralismo es poder hacer un puente, por eso también el río, donde desde el arte podamos entender lo que nos atraviesa socialmente”, indicó la artista neuquina que con dedicación y entusiasmo lleva adelante este colorido proyecto.

-> La esencia de Colombia llegó en forma de arte

Si bien la idea del museo a cielo abierto es seguir un patrón, ya sea la naturaleza, los pueblos originarios o el trabajo en colectivo, “le preguntamos a cada vecino lo que le gustaría hacer y lo vamos orientando dentro del proyecto”.

Uno de los casos más emblemáticos de esta idea de trabajo es el de Edith Escudero. Ella vivió y recorrió durante un tiempo largo las tierras colombianas y volvió con un gran amor por aquella nación, pero también con un matrimonio que hasta hoy le hace vivir el día a día acompañada.

Es por eso que la fachada de su casa se convirtió en un culto a las tierras cafeteras. Además del río que cruza por su vereda, hecho con azulejos, donde se pueden apreciar ranas y peces, en los muros de ladrillo a la vista tiene una réplica del Museo del Oro. Aquella famosa institución expone piezas de orfebrería y alfarería realizadas en oro por los indígenas del periodo precolombino.

“Lo fuimos armando de a poquito con obras que fueron donando distintos artistas. Además intervenimos cosas que teníamos en nuestras casas como para darle la identidad al museo”, aseguró la mujer.

Cultural

Lo importante para Edith Escudero y su esposo es poder “tener el reconocimiento de las distintas culturas que conviven en el lugar”. Además, claro, poder homenajear a los indígenas que han levantado los cimientos de Latinoamérica tal como la conocemos hoy.

Por eso tiene en mosaicos la bandera de Colombia. “El rojo representa la sangre de los héroes, el azul el mar que rodea Colombia y el amarillo es todo el oro que tenían los indígenas”, concluyó.

El Pasaje del Arte sigue firme, pese a la pandemia

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