La cumbre del Lanín tiene su paso previo en la barda

Medio centenar de personas se ejercita para poder subir al volcán.

Pablo Montanaro
montanarop@lmneuquen.com.ar


Neuquén.- "La distancia entre el querer y el poder se acorta con el entrenamiento". Esa es la frase con la que más de 50 personas, sin importar la edad, se convocan tres veces a la semana en las inmediaciones de la Plaza de las Banderas de esta ciudad para entrenarse con el objetivo de hacer cumbre en el volcán Lanín, el pico emblemático de la cordillera neuquina.

Son las 7 de la tarde de un jueves muy frío, pero eso parece importarle poco a los que integran el grupo de entrenamiento de montaña llamado Montrainers que dirigen Susana Pereyra y Ricardo Boretto, con vasta experiencia como profesores de educación física y como montañistas.

Susana y Ricardo hace cinco años que preparan a quienes se animan a escalar y alcanzar la cima del Lanín, a 3776 metros de altura. Una tentación y un desafío que exige un buen estado físico y un entrenamiento intensivo. "La idea de armar un entrenamiento específico surgió de propuestas de amigos que nos pedían acompañarlos en sus salidas de montaña y no estaban preparados", resume Ricardo. Respecto del entrenamiento, Susana,¡ precisa que son 27 semanas, que se realiza tres días a la semana (martes, jueves y sábados) desde abril hasta noviembre, con una pretemporada en febrero y marzo. "El entrenamiento consiste en un trabajo de resistencia, fuerza y coordinación, entre otras cuestiones, y también de peso; por lo general los sábados es cuando entrenamos con la mochila cargada", comenta.

Los objetivos para llegar a la cumbre son de los más variados. Están los que han incrementado su capacidad física y lo hacen para seguir entrenándose, aquellos a los que les gusta la montaña y los que lo hacen por alguna promesa o superación personal o de salud. "Como decimos, la cumbre es la frutilla del postre, pero hasta donde llegue es la cumbre de esa persona", acota Susana mientras convoca a los asistentes a colocar sus linternas en la frente y hacer la entrada en calor para luego internarse en uno de los circuitos que ofrece la barda.

100 personas divididas en cuatro grupos estiman que entrenarán para subir al volcán.

A los 62 años, Rosa Prospiti siente la misma adrenalina que cuando en mayo del año pasado se integró al grupo de entrenamiento. Hace un año no hacía nada de trabajo físico, sólo caminaba por Parque Norte. Confiesa que haber intentando el año pasado subir el Lanín -llegó a los 3 mil metros- no le cambió la vida aunque aclara que fue un logro llegar hasta ahí para la edad que tiene. "Eso sí, me ha dado una buena vida saludable", agrega.

En noviembre, esta mujer que trabajó 39 años como enfermera del Policlínico Neuquén tendrá su segunda oportunidad de poder descifrar "ese misterio que tiene la montaña". Y me invita a que se lo pregunte en unos meses para así poder explicármelo.

Marcelo Cueto, de 41 años, y Santiago, de 31, son nuevos en el grupo y llegaron por diferentes motivos. "Siempre hice natación. No me gusta encerrarme en un gimnasio, por eso quería hacer algo distinto, al aire libre y en grupo", explica Santiago, que se pasa muchas horas del día sentado por su trabajo como técnico dental. Conoció este entrenamiento de montaña por Facebook y una vez que empezó a andar por los circuitos de la barda "el grupo te ayuda y te incentiva a ponerte como prioridad escalar el Lanín". Dice que no está motivado por ninguna promesa personal, "sólo por gusto y recreación, por el hecho de entrenar y lograr ese objetivo que ahora no me lo imagino, sino que hay que vivirlo y creo que será algo increíble".

El deseo de entrenar fue para Marcelo algo que se postergó más de la cuenta. "No hacía nada, de la oficina a casa y así se acumularon años con la misma rutina", cuenta mientras se abriga para salir a correr. Un día conversó con algunos compañeros de oficina y les propuso iniciar el entrenamiento para hacer cumbre. "El ascenso tiene que ver con una manera de implementar el trabajo en equipo y la solidaridad en montaña, si uno se queda estás para alentarlo, para impulsar a que siga, y eso me pareció interesante", explica Marcelo.

Asegura que después de noviembre seguirá entrenando. "Es como el tatuaje, te hacés uno, te gusta y después querés otro más", reflexiona. Por eso piensa que de concretarlo, "tal vez seguiremos con el Domuyo, el Aconcagua".

A los 50 años, Vilma Vera se propuso hacer lo que venía postergando: entrenar junto a su marido, Juan, para concretar uno de sus sueños. Viven cerca de la barda, así que salir a caminar para ellos era algo habitual. Pero cuando conoció el grupo de entrenamiento, decidieron incorporarse más allá de lo que le dijeron los médicos a Vilma: "Tengo hernia de disco y los médicos me habían dicho que no podía hacer nada de carga".
Así y todo, el año pasado esta mujer, empleada del Poder Judicial, hizo cumbre pero la alegría no fue completa ya que su marido debió abandonar. "Este año vamos de nuevo, espero que él pueda llegar y yo hacerlo más relajada porque el año pasado me costó mucho".
Los profes indican que es el momento de arrancar el entrenamiento, el trote comienza a acelerarse, cada tanto alguno levanta la vista y se imagina los abrazos y sonrisas con sus compañeros en la cumbre del eterno pico del Lanín, y esa infinidad del paisaje que ahora parece tan inalcanzable.

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