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La Mañana

Díaz de resurrección

Había que estar en la piel de los millones de hinchas de River para entender tanto desahogo. Había que estar en la piel de Ramón y de Emiliano para comprender ese llanto familiar expuesto ante un estadio que vivió una fiesta a la que no había sido invitado en los últimos eternos seis años. La resurrección del Millonario, golpeado como nunca en una era en la que estuvo lejos de la gloria tan conocida por su entrenador en épocas de vacas gordas, fue también la del riojano. Tocado por su paso frío por otros clubes, presionado por la nueva dirigencia, con sueldo y apoyo incondicional reducidos, víctima de su saludo televisado a la barrabrava y de los resultados que todo lo definen, Ramón tenía pocas salidas. Era ser campeón o nada. Era ser campeón o dejar el equipo que lo hizo grande. Era ser campeón o cerrar su ciclo como DT más ganador de la historia sin su octava estrella con la banda roja. Todavía lejos de antiguas versiones, sin la misma calidad en los nombres y en el juego, preso de la irregularidad que ya es moneda corriente en el fútbol argentino, le alcanzó con sumar muchísimo en el Monumental (uno de los secretos de su éxito), con ganarle a Boca de visitante tras 10 años y con ese sprint final en el que supo quedarse con lo que el resto no pudo. Su equipo no llenó los ojos de fútbol, pero el Pelado volvió para el renacimiento, para remendar el corazón herido del hincha, y cumplió su parte. Ahora vendrá el nuevo desafío, más compartido con los dirigentes, de recomponer un club al que otros llevaron a la ruina, mientras agiganta una figura que sepultó las críticas de quienes todavía no le ven pasta de estratega con su mejor caballito de batalla: ganar.