El 27 de noviembre pasado Magnolia Salas volvió de la muerte después de que su ex, el policía Alejandro Lagos, le disparara cinco tiros en distintas partes de su joven cuerpo y acribillara a un amigo que en ese momento estaba en su casa.
Magnolia vive un infierno por haber estado a un segundo de la muerte y por encontrarse y sentirse en total desamparo, sin contención alguna por parte de las autoridades correspondientes a un caso más de violencia de género. Magnolia está sin dormir, asustada por si alguien decide ir a su casa y provocarle un nuevo daño, una nueva herida. Y ese infierno transita también su pequeño hijo, quien fue testigo de la balacera, vio a su madre de 18 años sangrando y el cuerpo del joven muerto. Nadie, según dijo Magnolia, se acercó hasta el momento a su casa para brindarle protección ni contención psicológica a ese pequeño de dos años que, seguramente, no volverá a ser el mismo después de lo vivido.
Magnolia vive un infierno sin contención de las autoridades ante un caso de violencia de género.
Es aquí cuando uno puede afirmar que los estamentos del Estado, vinculados y con responsabilidades ante estas situaciones parecen no haber comprendido los reclamos desde NiUnaMenos y, lo que es peor, el significado y los alcances de la Ley 26485 de protección integral para prevenir, sancionar y erradicar la violencia contra las mujeres.
Con miedo y sin custodia que resguarde su vida y la de su hijo, Magnolia pide también que le devuelvan su DNI, retenido por personal que intervino en su casa, para asistir al hospital Castro Rendón y curarse de las heridas sufridas y esas balas 9 milímetros que quedaron alojadas en su cuerpo. El desamparo de Magnolia es el de muchas otras mujeres, sobrevivientes de la violencia de género que parece no tener fin.


