El fin de la pepita
Andacollo > El proceso para llegar al brillante metal es largo, complejo y sobre todo caro. Su explotación está íntimamente ligada a la posibilidad de recuperar lo invertido y que los retornos sean aceptables. En la exploración se determina la pureza de una veta y se estiman los costos que tendrá extraer de allí el recurso: cuando la ecuación no cierra, el cerro no se toca.
Es que la vieja pepita, tan presente en el imaginario popular desde las historias de la fiebre del oro en Alaska, ya prácticamente no existe. “En 40 años vi solamente dos veces oro libre”, cuenta Francisco Gutiérrez, geólogo retirado que aún asesora a Andacollo Gold. Asegura que ahora se encuentra atrapado al cuarzo o la pirita.
El especialista levanta un trozo de roca en la zona de avanzada de la mina Karina y lo ilumina con su linterna. Se ven algunos puntos brillantes. “Si alguien te dice que esto es oro te miente. Está tan disuelto que no se ve a simple vista”, asegura.
Atrás quedaron los pirquineros y su forma artesanal para extraer el metal. Atrás quedaron los relatos de Jack London, donde valientes hombres motorizados por la ambición, muñidos de pico y pala, se aventuraban al frío corazón del norte estadounidense en busca de un pedazo de metal que cambie su destino.
Ahora todo es frío y mecánico, como signo de los tiempos. Se estrujan las entrañas de la tierra en busca de una riqueza que, como toda riqueza, irá a parar a las manos de unos pocos.


