El gran crac de octubre de 1929 o la caída del muro de Wall Street
| POR MARIO RAPOPORT Economista e Historiador. Investigador Superior del Conicet La crisis de 1929, que provocó la depresión más profunda y prolongada del capitalismo, tuvo diferentes orígenes, no sólo en Estados Unidos. Pero en el ámbito bursátil y de los negocios de ese país pocos previeron la crisis que se venía. En septiembre, un mes antes del crac el Wall Street Journal decía: “Wall Street entró en la estación financiera de otoño con un estado de ánimo francamente optimista […] se consideran extraordinariamente prometedoras las perspectivas de beneficios de las principales corporaciones”.Otro optimista era Richard Whitney, vicepresidente del Stock Exchange de Nueva York (Bolsa de valores), quien afirmaba por ese entonces que se vivía en una época de prosperidad y que los ciclos económicos se habían terminado. En algo tenía razón, su ciclo propio de negocios finalizó pocos años más tarde cuando fue acusado de malversación de fondos por sus actividades especulativas y enviado a la cárcel de Sing Sing. En los medios académicos el caso de optimismo más célebre en los días previos al crac del 29 fue el de Irving Fisher, principal exponente de la teoría cuantitativa del dinero, que también poco antes del derrumbe bursátil sostuvo que la bolsa había alcanzado su cénit, del que nunca volvería a bajar.A su vez, la Harvard Economic Society una prestigiosa entidad privada de economistas señalaba, es cierto que con un poco más de prudencia, que “era absolutamente improbable que sobreviniese una depresión tan severa como la de 1920-1921”. Sólo voces aisladas pronosticaban un desplome del mercado pero los anuncios bajistas no eran bienvenidos y se consideraban parte de una conspiración para destruir el American way of life. Los expertos financieros y la gente de Wall Street descartaban la posibilidad de crisis como las de 1873, 1893 o 1907. Se creía que el liderazgo existente en el sector financiero, las políticas de la Reserva Federal, la potencialidad económica del país, y el aprendizaje de las lecciones del pasado resultaban factores suficientes para neutralizar otra crisis. Sin embargo, desde junio, la producción de acero venía disminuyendo de la misma manera que el volumen transportado por ferrocarril. Y la industria de la construcción, en descenso desde hacía varios años, se derrumbaba. En general, los índices de producción industrial iniciaban una curva descendente. A principios de septiembre, el alza de los valores accionarios alcanzó su nivel más alto, comenzando a partir de allí una tendencia bajista, aunque con breves interrupciones. Desde entonces se multiplicaron las ventas, hasta que el jueves 24 de octubre el pánico se hizo presente con la venta de 6.500.000 títulos. Posteriormente se supo que un poderoso consorcio de banqueros –convocados por J. P.Morgan– dispuestos a sostener el mercado había provocado una suba de precios para luego vender todos sus valores. La ley de la oferta y la demanda que parecía gobernar los valores en la Bolsa cedió lugar a la mano visible de personas poderosas dispuestas a salvar la propia ropa. De todos modos, no se logró evitar el “martes negro” del 29 de octubre. Ese día se negociaron más de 16 millones de acciones, y el índice bursátil del Times descendió 43 puntos, pulverizando las ganancias de los doce meses anteriores. Numerosos títulos se liquidaron a precios irrisorios y muchas órdenes de venta no encontraron compradores. Las más perjudicadas fueron las sociedades de inversión ya que el valor de sus títulos se desplomó hasta la nada. En tanto, para Andrew Mellon, el inefable secretario del Tesoro, enemigo de toda intervención estatal, el pánico podía resultar positivo pues –según élayudaría a eliminar la corrupción del sistema. Los valores se ajustarían y los individuos más emprendedores desplazarían a los menos competentes. Pero esta terapéutica tuvo sus costos:muchas compañías resultaron afectadas por haber comprometido sus intereses en el mercado de valores mediante préstamos a corredores e inversiones directas.Bancos y empresas industriales especularon y perdieron,debiendo suspender la emisión de nuevas obligaciones. Las ventas de bienes de consumo se detuvieron y las empresas automotrices, de electrodomésticos y de otros artículos fuertemente demandados durante la década se vieron obligadas a despedir a miles de trabajadores,dando lugar a niveles desconocidos de desocupación, miseria y marginación. El auge en el mercado bursátil tuvo todas las características de una burbuja especulativa. El mercado de valores comenzó nutriéndose de los capitales que no encontraban colocación en el aparato productivo norteamericano. Luego absorbió grandes sumas de capital provenientes de Europa. A su vez, este proceso se acentuó a partir del desarrollo de mecanismos para la compra de valores mediante créditos que favorecieron el fabuloso crecimiento de los precios, pero que hicieron más profunda la caída. El índice bursátil Dow Jones cayó de 239 poco antes del crac a 36 en 1931. En definitiva, la prosperidad de los años 20 había despertado en vastos sectores de la sociedad norteamericana la fe en un rápido enriquecimiento sin gran esfuerzo y a través de la especulación. Cuando el encantamiento cedió su lugar a la economía real, se necesitarían toda la década siguiente y una guerra mundial para terminar de pagar los costos de una fiesta que parecía eterna. Sin duda las causas del crac de la Bolsa de Nueva York hay que buscarlas, en gran medida, en el desenfreno especulativo que se propagó a lo largo de la década de 1920. (En el apartado anterior mostramos algunos de los mecanismos utilizados por las sociedades de inversión para obtener ganancias rápidas, facilitados por la política de la Reserva Federal). Dentro de un contexto de prosperidad de la economía real, pero que no podía ocultar sus límites, la multiplicación de las sumas de capital en la búsqueda de ganancias rápidas hizo prosperar los negocios financieros. En una fase de crecimiento del ciclo económico, los agentes y las instituciones financieras pasaban de posiciones cubiertas a posiciones cada vez más frágiles en términos financieros. Todo en el marco de una visión todavía dominada por el laissez faire en materia de intervención en los mercados. Por lo tanto, la ausencia de regulación y control a las actividades financieras permitía el florecimiento de toda clase de negocios con el objetivo de satisfacer la sed de los clientes por obtener beneficios fáciles. Sin embargo, el desenfreno especulativo que llevó al colapso de la Bolsa de Nueva York, es apenas un elemento que permite comprender la profundidad de la caída de los precios de los activos financieros. La política de la Reserva Federal, que no hizo más que alimentar la burbuja con continuas expansiones de la liquidez que facilitaban las condiciones en el mercado de créditos. Esta política le permitía a los bancos acceder a dinero barato, con el que podían otorgar créditos a las sociedades de inversión a fin de realizar préstamos para operaciones puramente especulativas que resultaban rentables para todos los participantes, siempre y cuando los precios de los activos siguieran creciendo.Algo parecido a lo que sucedió con la crisis actual. |


