El tabaco y su renombrado gas tóxico: el humo

El monóxido de carbono les quita oxígeno al fumador y a su entorno.

Casi nueve de cada diez cánceres de pulmón se deben al cigarrillo. Y esta relación también se da con otros tumores como los de boca, esófago, laringe, faringe, riñón, vejiga o páncreas. Eso quiere decir que aún queda mucho por hacer para concientizar. Y aunque parezca sabido, nunca está de más repasar las ventajas de dejar el tabaco, cuya principal víctima es el fumador, porque es una droga que produce más dependencia que la heroína o la cocaína.

El perjuicio del cigarrillo es grande, por lo que causa en el momento y a través del tiempo: la nicotina lo hace adictivo.

Sin embargo, dejar de fumar es posible, y nunca es tarde. Reduce el riesgo de enfermedades (el tabaco ocasiona el 30% de los cánceres, 20% de las patologías cardiovasculares y 80% de las obstructivas crónicas (EPOC)); mejora la agilidad física y el rendimiento en el deporte; aumenta la capacidad respiratoria y la oxigenación de los tejidos y órganos (la piel gana en elasticidad e hidratación y se reducen las arrugas); recupera el olfato y deja de nuevo disfrutar de sabores y comidas; se gana libertad (el cigarrillo condiciona horarios, planes, la economía, la duración de las actividades) y se gana vida: claramente el tabaco es una causa de muerte evitable.

1 a 2 mg es lo que un fumador ingiere de nicotina por cigarrillo. De 40 a 60 moriría por falta de aire.

Se estima que cada fumador pierde una media de 10 años de vida y que la mitad de los fumadores morirán por culpa del tabaco. Y también está el daño que sufre el fumador pasivo, o sea, aquel que, sostenido en el tiempo, respira el humo del tabaco que contamina el aire ambiental. Ese humo (proveniente de cigarrillos, habanos o pipas) está compuesto por unas 4000 sustancias diferentes, 69 de ellas altamente tóxicas y cancerígenas.

Además, la combustión del tabaco desprende un renombrado gas tóxico, el monóxido de carbono (CO), que supone menos oxígeno para el fumador. El CO se absorbe en los pulmones y pasa con rapidez a la sangre sustituyendo al oxígeno. Así, los diferentes tejidos y órganos del cuerpo están menos oxigenados (hipoxia). Cuando la hipoxia se produce en la pared de las arterias, se favorece la formación de depósitos de grasa constituyendo placas de ateroma. Esto se traduce en la aparición de angina de pecho (dolor opresivo en el pecho por disminución de la irrigación del músculo cardiaco) e infarto de miocardio (muerte de las células de una zona del músculo cardiaco).

Alta adicción
La nicotina, que aumenta la tensión arterial, la glucemia y el movimiento intestinal, es responsable de la dependencia física del fumador. Cuando se inhala el humo del tabaco, la nicotina se absorbe muy rápido tanto en la mucosa de la boca (mucosa oral) como en los pulmones, desde donde pasa al aparato circulatorio distribuyéndose por todo el organismo. En siete segundos llega al cerebro donde se une a los llamados receptores nicotínicos, produciendo un efecto placentero y gratificante para el fumador, lo que desencadena la adicción (por eso cuando un fumador deja de fumar, aparece el síndrome de abstinencia). Veinte segundos después, llega a las zonas más distantes del cuerpo. No existe ninguna otra droga que llegue con tanta rapidez al sistema nervioso. La eliminación de la nicotina se produce fundamentalmente a través de la orina, aunque las mujeres también la expulsan en la lactancia, a través de la leche, con las obvias secuelas para el recién nacido. ¿Qué genera la nicotina? El fumador ingiere de 1 a 2 mg de nicotina por cigarrillo (una dosis alta, de 40 a 60, causa muerte por fallo respiratorio). En dosis altas (40-60 mg) causa la muerte en pocos minutos debido a un fallo respiratorio.

Mejor, no fumar.

Enfermedad pulmonar
El EPOC, un típico problema de los fumadores

Las sustancias irritantes son las responsables de las patologías respiratorias relacionadas con el tabaco conocidas como EPOC (enfermedad pulmonar obstructiva crónica), donde se incluyen la bronquitis crónica y el enfisema pulmonar. Estas sustancias provocan una excesiva producción de moco que es difícil de expulsar, por lo que se precisan fuertes golpes de tos para eliminarlo (“la tos del fumador”) y que de a poco va dificultando la respiración. Provocan una parálisis de las células ciliadas, cuya misión es movilizar el moco y las pequeñas partículas que puedan entrar a los pulmones. Los síntomas que el fumador va presentando son tos crónica irritativa sin causa aparente, expectoración cada vez más abundante, disminución de la capacidad pulmonar, infecciones respiratorias y otorrinolaringológicas recurrentes y terminan en insuficiencia respiratoria irreversible.

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