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La Mañana

Europa, crisis y después

La eurozona vive uno de los peores momentos de su historia, con países endeudados, alto desempleo y un fuerte corset financiero que le impide salirse del euro mientras su productividad cae. Hasta ahora la única receta fue el ajuste, muy resistido por la sociedad. Los casos de Grecia y España y la inevitable comparación con la Argentina de 2001. Breve historia de una integración que hoy enseña sus principales limitaciones.

Por Humberto Zambon

La idea de una Europa unida es tan antigua, que inclusive se la puede rastrear en Julio César y en Carlomagno. Renació con fuerza con la modernidad, casi siempre asociada a las ideas progresistas de cada época: así se puede citar a pensadores como Erasmo, Kant, Rousseau, Voltaire, Hegel y Marx. El comienzo de su concreción vino al finalizar la segunda guerra, con la creación en 1951 de la Comunidad Europea del Carbón y el Acero (CECA), que procuraba eliminar el principal punto de conflicto entre Francia y Alemania, la posesión de la región fronteriza rica en ambos insumos básicos. Adhirieron inicialmente, además de esos dos países, los tres del Benelux (Bélgica, Holanda y Luxemburgo) e Italia, en lo que constituyó el núcleo de la actual Unión Europea.
Los progresistas del continente apoyaron decididamente la conformación de la Unión Europea, en la cual vieron la concreción de sus principios internacionalistas y un camino hacia la igualdad de pueblos y naciones. Pero, ironías de la historia, con la creación de la unidad monetaria se convirtió en el baluarte mundial de la derecha y del pensamiento neoliberal.
La concepción liberal de que el mercado asigna en forma perfecta los recursos disponibles y tiende al equilibrio con ocupación plena, siempre y cuando exista flexibilidad de precios y salarios y no intervengan factores ajenos al mismo como el Estado, se hizo fuerte luego de la crisis de los años 70 y de la estanflación que le siguió. Así como la lucha contra la desocupación fue la bandera de la postguerra, a partir de entonces se planteó como prioridad el luchar contra la inflación. De esta forma surgió, entre otras cosas, la idea de la independencia del Banco Central.
El neoliberalismo, preconizado primero por Friedrich von Hayek  y luego por Milton Friedman y los “Chicago boys”, -resumido más tarde en el llamado “Consenso de Washington”- era muy difícil de llevar a la práctica en un país democrático. Pero encontraron un escenario favorable en Chile, con la dictadura de Pinochet, luego en Turquía con el general Evren y también en la Argentina de Videla. Más tarde se recurrió a otras armas, como la presión con la deuda externa: ante la situación de imposibilidad o gran dificultad para cumplir las obligaciones contraídas, se renovaba la deuda ampliándola, sujeto a privatizaciones, desregulaciones y flexibilidad laboral. Fue el caso de nuestro país en los años 90.
En Europa pasó algo similar. Con motivo de la crisis financiera desatada en Estados Unidos, los bancos europeos tuvieron serios problemas de liquidez y solvencia; como el Banco Central Europeo tenía como única misión defender la solidez del euro y no actuar como “banco de bancos” -como hace el Banco Central Argentino- fueron los estados nacionales quienes tuvieron que endeudarse para auxiliarlos. A eso se sumó la recesión económica, que se tradujo en menores ingresos tributarios y mayores gastos públicos, ampliando el déficit fiscal y el endeudamiento público. La deuda pública creció en forma exponencial.
Una tecnocracia enquistada en los organismos de la Zona Euro y, principalmente, en el Banco Central Europeo, embebida en la lógica del neoliberalismo, utilizó el ahogo de deuda de los estados miembros y la necesidad de auxilio financiero para exigir ajustes fiscales, flexibilidad laboral y la privatización de los servicios públicos y de las empresas productivas en manos estatales. Se repite así en el escenario europeo la historia que en Latinoamérica –y sobre todo en Argentina (ver aparte)- se había vivido 20 años atrás. Con el Pacto de Crecimiento y Estabilidad  del 17-6-97, reforzado por el Tratado de Estabilidad, Coordinación y Gobernanza de la Unión Económica y Monetaria, que está en trámite de aprobación, los países fueron cediendo atribuciones soberanas. Además, se resolvió la creación del Mecanismo Europeo de Estabilidad (MES), una especie de FMI europeo, que estará en vigencia a partir de 2013 para “tranquilizar a los mercados financieros”, con la idea de que le sigan prestando dinero, no para el desarrollo económico y social de sus pueblos, sino para que prosigan con el pago de las deudas a los poderes financieros.
Los críticos a las políticas de ajuste señalan sus consecuencias: la creación de círculos viciosos que agravan la situación, como se puede visualizar en el esquema adjunto que, como todo esquema, es una simplificación de la realidad.


Problema de productividad
Pero, de todas formas, los problemas de la comunidad monetaria europea son anteriores: se trata de un problema de productividad relativa. Para comprenderlo, supongan la existencia de dos países imaginarios que llamaremos Inglaterra y Suiza (que no tienen nada que ver con los reales), cuyas monedas son la libra esterlina y el franco suizo respectivamente. Supongan también que para producir una unidad combinada de mercaderías en Inglaterra se necesita una hora de trabajo y en Suiza dos, y que en todos los países cada hora se paga con una unidad monetaria. Resulta claro que esa mercadería en Inglaterra se vende por 1 libra y que en Suiza, la misma mercadería tiene como precio 2 francos. Si ambos países comercian, hay un solo tipo de cambio de equilibrio: 2 francos suizos = 1 libra esterlina, de forma tal que en los dos países la misma mercadería vale lo mismo, independientemente de donde esté fabricada (1 libra o 2 francos). Fíjense que si por un adelanto técnico en Inglaterra se necesitara ahora solamente media hora, sin modificarse la productividad en Suiza, el tipo de cambio de equilibrio sería  4 francos = 1 libra. Es decir, el tipo de cambio está relacionado con la productividad de los países.
Cuando se creó el Euro, se estableció una relación de cambio entre cada moneda nacional y la común y hubo un lapso de adaptación. Al principio funcionó muy bien, pero la relación de productividades era como una foto cuya realidad se fue modificando: en Alemania creció fuertemente la productividad mientras que los costos (en particular los salarios) estaban prácticamente congelados, cosa que no ocurrió en la periferia. El resultado fue que Alemania creció y exporta, mientras que los países de la periferia no pueden competir con los productos germanos. Alemania tiene un crecimiento anual del 5,7% del PBI mientras que España, Italia y Francia tienen déficits del 3,5%, 3,2% y 2,2%, respectivamente. Si cada país mantuviera su moneda nacional, el tema se solucionaría con una devaluación, pero con el euro han perdido la soberanía monetaria y esa salida les está vedada. Esos déficits anuales significan aumento de la deuda externa, lo que se suma al problema de deuda generado a partir de la crisis del 2008 y que vimos anteriormente.
De acuerdo al neoliberalismo el problema central, el de la asimetría en las productividades, se podría solucionar con la disminución de los costos, con flexibilidad laboral y baja de los salarios, lo que –lo dice la experiencia histórica- resulta inaceptable para los pueblos. En el otro extremo, se podría pensar en una reestructuración a largo plazo de las deudas públicas y la redistribución del ingreso en Alemania, con importante suba de salarios y, por lo tanto, de los costos de su producción, con el compromiso de equilibrar el comercio interzona. Sin embargo, ni las empresas ni el pueblo germano parecen dispuesto a asumir esos altos costos.
Ha aparecido en el escenario europeo un nuevo protagonista, que en la democracia era de esperar: la irrupción de las masas populares. Por la información que se posee a la distancia, la generalidad de la opinión pública alemana ve a los pueblos del sur como gozadores de la vida y con poca contracción al trabajo, por lo que son renuentes a asumir los costos de una solución global. Por otro lado, las masas de los pueblos del sur no están dispuestos a cargar los costos del ajuste neoliberal. A todo ello se suma una migración intereuropea, desde los países en crisis hacia Alemania e Inglaterra, que ya empieza a preocupar a estos gobiernos. En estas condiciones es posible pensar en la salida del euro de los países periféricos y que esta moneda se reduzca a los países centrales, incluido Holanda y Francia. De todas formas, cualquier solución implica la reestructuración de la deuda pública, haciendo que los acreedores paguen parte de los costos.
El fracaso de la unidad monetaria, originado en esa asimetría de las productividades y en la crisis financiera iniciada en el 2008, amenaza con hacer naufragar a la misma Unión Europea, que fue un gran avance en la historia contemporánea, y hace tambalear a la economía mundial.

España: el fin de la burbuja inmobiliaria

Hasta el año 2007 España tenía un importante crecimiento económico, en parte motorizado por el sector inmobiliario e industria de la construcción. La situación fiscal era muy buena: un superávit público del 1,9% del PBI y una deuda estatal que representaba solamente un 27% del PBI. Al estallar la crisis financiera de 2008, primero en Estados Unidos y luego extendida al resto de los países, estalló en España la burbuja inmobiliaria. Se vio allí que la prosperidad ocultaba a una sociedad especulativa, en parte originada en una política de crédito fácil seguida por bancos españoles y extranjeros, de forma tal que el endeudamiento privado se calcula en el 227% del PBI. Ambos factores, la crisis internacional y la propia crisis inmobiliaria, hicieron tambalear al sistema financiero español, que tuvo que acudir al Estado para que este asuma la deuda pública, mientras que la crisis se extendía a la economía real. La deuda este año creció al 88% del producto, el déficit fiscal fue del 9,3% en 2010 y del 8,5% el año pasado y la desocupación llegó al 25% de la fuerza de trabajo (en mayo de 2012 se estimó en  4.720.500 la cantidad de desempleados).   
Las medidas de ajuste tomadas para reducir el déficit fiscal (suba del IVA del 18 al 21%, recortes salariales y del gasto público, etc.) repercuten en la economía real, de forma tal que para este año se estima una reducción del PBI del 1,5%.

Argentina, el espejo del viejo mundo

La comparación entre la Argentina de la crisis del 2001 y su default y la situación de los países del sur europeo parece inevitable. La deuda externa en nuestro país en 2003 era de 173 mil millones de dólares que representaban el 166% del producto. Actualmente, Grecia, luego del último acuerdo que implicó una disminución de veinte puntos, tiene una deuda del 132%, Italia 123% y Portugal 112% mientras que la deuda pública de la zona del euro en el primer trimestre del corriente año había subido al 88,2% del producto global.
La desocupación en Argentina del 2001 era del 16,4% y subió al año siguiente al 21,5%. Los países del sur europeo muestran cifras parecidas o mayores. Las políticas de ajuste aplicadas en Argentina se tradujeron en decrecimiento del PBI (tasas negativas desde 1999 al 2002); algo similar ocurre en el sur europeo, con el FMI pronosticando varios años más con un nivel del PBI inferior al del 2008.
Argentina superó la crisis mediante un cambio total de política: una fuerte devaluación, reestructuración de deuda e impulso a la demanda global. Cómo seguirá la situación europea es algo imposible de asegurar, pero no parece que profundizar los ajustes y privatizaciones sea una solución.

Grecia y el camino de retorno al dracma

Grecia representa sólo el 2% del PBI europeo, por lo que puede considerarse como una economía marginal en el concierto continental. Fue el primer país en sentir la crisis y  el  que la soportó con mayor profundidad: desde el año 2008 está en recesión y en el último año resultó muy golpeada por las consecuencias de los ajustes exigidos por la Unión Europea y el Fondo Monetario Internacional por los acuerdos de  “rescate” alcanzados.
El 2011 cerró con una deuda pública superior a una vez y media su PBI, producto de la ayuda a los bancos y la necesidad de cubrir el déficit  fiscal, que representó un 9,3% del PBI. La tasa de desempleo alcanzó al 22,6% de la población activa, que en el caso de los menores de 30 años supera al 50%. Desde el punto de vista social, aumentó la emigración, especialmente a otros países de la Unión Europea como Gran Bretaña y Alemania, y la tasa de suicidios se incrementó un 20%.


Millonarios ajustes
Los ajustes al sector público, consistentes en aumento de impuestos y reducción de gastos, especialmente de los salarios, fueron del orden de los 17 mil millones de euros, pero se necesitaría al menos 12 mil millones adicionales para cumplir la promesa de reducir el déficit al 3%, menos de un tercio del resultado del año pasado. La consecuencia del ajuste es la caída del PBI, que se calcula que será del 20% en cinco años.
Una  solución visible de la crisis podría ser el retiro de la Zona del Euro (tratando de conservar al país en la UE), con la vuelta al dracma (moneda nacional hasta su incorporación en 2002 a la unión monetaria). Implicaría una fuerte devaluación respecto al euro y una reestructuración de su deuda externa y la adopción de una política de estímulo a la demanda interna; es decir, una política económica similar a la argentina a partir del 2003.
Ya lo había anticipado Constantino Lapavitsas, un economista griego que expuso en Buenos Aires en las Jornadas Monetarias y Bancarias del Banco Central 2011. Para él veremos “un default en Grecia como producto de las ridículas políticas de ajuste que están agravando brutalmente la situación y eso se producirá seguramente antes de 2015”.
 

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