Las carreras de galgos pasaron a la historia. Y no sólo en Neuquén, donde se prohibieron desde julio pasado, sino en todo el país, a partir de una ley del Congreso sancionada ayer a la madrugada.
Fue un debate duro. Quienes promovieron la prohibición hablan de maltrato animal, uso de sustancias prohibidas para mejorar el rendimiento físico de los perros y un negocio de la timba descontrolado. La legisladora rionegrina Magdalena Odarda, autora de la iniciativa, dijo que no hay cifras claras pero que las apuestas clandestinas moverían más de 100 millones de pesos al año.
Los criadores, organizadores de carreras, veterinarios y el público que frecuentaba este tipo de eventos hablan de argumentos supuestamente exagerados de quienes lucharon por erradicar las carreras.
En el medio, como siempre, un variopinto grupo de legisladores permanecieron en silencio durante los debates, pero mostraron con su actitud a la hora de votar en el recinto cuanto menos un apaño a lo peor de las carreras de galgos.
Nadie está seguro de cómo marcharán las cosas en el futuro. Se habla de que más de 4 mil personas forman parte de la “industria” de los galgos (entre cuidadores, proveedores, médicos veterinarios, etc.). ¿Qué pasará con ellos?
Tampoco se sabe a dónde irá a parar esa masa crítica del dinero de las apuestas que se movían alrededor de los canódromos.
El Estado, que es tan buen controlador de las cosas que le conviene y tan malo en aquellas que no le proporcionan intereses o dividendos, tiene ahora la pelota en sus manos. Miles de galgos parecen haber triunfado en una gran carrera. Se verá si se trata de la última.


